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Edición:
3 de agosto de 2003

El arte
de la imaginería parece conducirse hacia el opacamiento
de su fulgor, pero la devoción de los feligreses apunta
a que es una tradición que no morirá.
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Nuestra
Señora de la Presentación es una de las
más antiguas del país y se exhibe en una
iglesia de la capital.
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Cada vez
que las procesiones de festividades patronales o de Semana
Santa recorren las calles de las diferentes ciudades de el
país, una imagen con su rostro calmado o angustiado
se tambalea en los hombros de los feligreses que lo cargan.
Esas figuras de madera no sólo son las protagonistas
de estos acontecimientos. Desde la época colonial hasta
los tiempos actuales se han convertido en recursos importantes
del arte de la Iglesia católica.
De eso se han encargado los imagineros españoles, guatemaltecos
y salvadoreños que han desbordado sus habilidades para
matizar de belleza y de sensualidad las instalaciones de los
templos religiosos del país.
Uno de ellos es el izalqueño Manuel Quilizapa, quien
heredó de su padre la vocación por el tallado
en madera. A los cinco años pulía piezas y se
encargaba de hacer los deditos de las imágenes.
Ahora cuenta con un taller y con un extenso recorrido por
este campo. Sus clientes no sólo son sacerdotes, sino
coleccionistas y devotos de los santos que vienen, incluso
de Estados Unidos para pedirle las obras.
La variedad de compradores y los fines que éstos les
dan a los santos es una de las ventajas a favor de Quilizapa,
pues según Pedro Escalante, secretario de la Academia
Salvadoreña de la Historia, hay una tendencia de disminuir
las imágenes en los templos.
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La
iglesia El Carmen ha sustituido las imágenes
en madera por los vitrales.
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Las capillas
modernas como El Rosario y El Carmen, en la capital, sólo
exhiben a su patrona y otras pocas figuras que están
lejos de evocar a las iglesias de los siglos pasados.
En ellas se vislumbraban el colorido de las esculturas en
madera y el estilo barroco que buscaba la explotación
de los sentimientos a través de la representación
del dolor, el realce de las curvas y al movimiento de los
ropajes y las manos.
Pasará
mucho tiempo
Pero en el arte de la imaginería, la tendencia a disminuir
los santos en los altares de los templos se cruza con la escasez
de personas dedicadas a la talla en madera.
José Saravia, jefe de fomento artesanal del Consejo
Nacional para la Cultura y el Arte (Concultura), comenta que
sólo se han identificado unos 60 talladores a nivel
nacional. De éstos el 75% son adultos que heredaron
las habilidades de sus progenitores.
El resto son jóvenes que han aprendido el arte de santeros
reconocidos. Uno de estos maestros es Raúl Ávila,
de 69 años, quien ha abierto las puertas de su taller
para recibir a las nuevas generaciones.
El mayor número de artistas en este campo se halla
en la zona occidental, sobre todo en Izalco, Ataco y Nahuizalco.
Esto obedece a que son pueblos que conservan el fervor religioso.
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La
sensación de movimientos es parte del estilo
barroco de las imágenes.
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Saravia
agrega que esta tradición pierde un halo de vida cada
vez que muere uno de sus representantes. Cuando fallece
un tallador, el arte también se va con él,
subraya.
Además se esfuman fragmentos de la imaginería
cada vez que un escultor decide dejar este trabajo para dedicarse
a otros oficios más rentables. Tal es el caso de un
artesano de San Francisco Gotera, Morazán, que cambió
el mazo y la gurbia por las tijeras al convertirse en barbero.
Sin embargo, aunque estos nuevos senderos parecen dar visos
del desaparecimiento de la imaginería, Rafael Alas,
investigador del arte religioso de la universidad Albert Einstein,
cree que no puede extinguirse porque está muy arraigada
en la población.
La imagen se ha utilizado como el instrumento para expresar
devociones. Es difícil imaginar los rituales de Semana
Santa sin los santos y no se puede pensar en una fiesta patronal
sin el protagonista de ella, añade.

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Dar
el toque de expresión a los rostros de las imágenes
es una de las cosas más difíciles para
los talladores.
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Su taller,
situado en la ciudad de Santa Tecla, está repleto de
pedazos de madera. Trozos desuniformes y sin un toque de gracia,
que luego de ser tallados por sus manos de artista se convierten
en expresivas imágenes.
Lo más difícil de crear son las manos y los
rostros. Que la Virgen María transmita serenidad y
paz y que San Jerónimo aparezca con una sensación
de angustia es algo que Raúl Avilés logra gracias
a la habilidad que siempre lo ha acompañado.
Cuando tenía siete años se iba al pueblo (San
Juan Opico) para presenciar misa dominical junto a su madre.
Pero después de que finalizaba la homilía, sus
ojos negros se quedaban ensimismados en los retablos y en
los santos que veían en el altar y en las alas de la
iglesia.
Las miraba, mas no las tocaba porque les tenía
respeto, recuerda Avilés, ahora de 69 años.
Al regresar a su casa trataba de atrapar con el barro las
figuras que había contemplado en la iglesia.
Sus aspiraciones de niño lo llevaron a experimentar
con la madera. Los primeros santos que creó, relata,
fue un San Antonio del Monte y un San José.
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Raúl
Ávila visitó Francia para enseñar
el tallado y vio la forma en que trabajan los imagineros
de Italia.
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El día
que vendió su primera obra le dieron a cambio 300 colones.
En ese tiempo era un gran dineral, dice. Este
dinero le ayudó para solventar la pobreza en que vivía
junto a sus padres y seis hermanos.
Por un
tiempo dejó el tallado en madera, hasta que a los 24
años, un sueño le mostró que esa era
su vida. Soñó que había hecho un corazón
de Jesús y un Jesús de Nazareno y decidió
convertirlo en realidad.
Los encargos comenzaron a llegar. En esos día salió
de moda San Martín de Porres y él aprovechó
para tallarlo en madera y junto a otro compañero partió
hacia Guatemala y Honduras con varios ejemplares.
Al regresar instaló su taller en Santa Tecla y desde
entonces, las iglesias, los coleccionistas y las personas
que adoran los altares en sus casas no han dejado de hacerle
pedidos.
Sus obras se exhiben en diferentes iglesias del país,
Estados Unidos, Canadá y España. El Papa
(Juan Pablo II) también tiene tres de nosotros,
comenta con orgullo, al referirse a los jóvenes aprendices
que han aprovechado sus enseñanzas.
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