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Edición:
2 de noviembre de 2003


Pese a su exclusión,
líderes de las comunidades originarias
en A.L. se apropian sin pausa de nuevos espacios políticos.
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| Indígena
boliviana protesta el 17 de octubre, día de la
renuncia del presidente Sánchez de Lozada. |
En menos
de una década, movimientos indígenas de América
Latina derrocaron dos presidentes, promovieron nuevas rutas
en los procesos políticos y dejaron huella en parlamentos,
ministerios, alcaldías y hasta en una vicepresidencia.
A fuerza de protestas, participación electoral y una
organización ascendente, en los últimos 10 años
los indígenas pusieron contra la pared a más
de un sistema político y económico.
“En la construcción democrática ya no
es posible descartar a los indígenas y eso lo dicen
las movilizaciones”, dijo a Tierramérica el nativo
aymara Víctor Hugo Cárdenas, quien ejerció
la vicepresidencia de Bolivia entre 1993 y 1997.
Hay casi 50 millones de indígenas en una población
latinoamericana de 400 millones. Ochenta por ciento vive al
filo de la miseria, un pozo del que sale lentamente pero sin
pausa, para reivindicar su cultura, sus derechos y un espacio
político propio.
En Bolivia, una revuelta de indígenas dirigida por
el líder aymara Evo Morales derrocó el 17 de
octubre al presidente Gonzalo Sánchez de Lozada.
Morales, diputado del boliviano Movimiento al Socialismo,
obtuvo en junio de 2002 el segundo lugar en las elecciones
presidenciales, a tan sólo 1,5 por ciento del triunfador
Sánchez de Lozada.
En Ecuador, protestas indígenas también terminaron
en 2000 con el mandatario Jamil Mahuad.
Ambos países, junto a Guatemala, Perú y México,
son los de mayor presencia de nativos en la región,
y en conjunto suman más de 30 millones de indígenas.
“Hemos aprendido de nuestra irrupción en la política
que con unidad se puede avanzar en objetivos y
propuestas. Se trata de una unidad que reivindica la autoestima
individual y colectiva de los pueblos originarios excluidos”,
señaló a Tierramérica la indígena
Nina Pacari, canciller de Ecuador en los primeros siete meses
de este año.
Gracias al empuje del movimiento indígena ecuatoriano
con el que suscribió un acuerdo electoral, el ex militar
Lucio Gutiérrez ganó la presidencia en 2002.
Hoy, cuatro diputados de los 100 en ejercicio son nativos
y decenas de otros ocupan cargos en gobiernos locales.
Pacari y varios de sus compañeros ocuparon cargos ministeriales
en los primeros siete meses de gobierno de Gutiérrez,
pero luego rompieron la coalición, considerando que
el mandatario no cumplió con sus promesas electorales.
En México, con 10 millones de indígenas, el
guerrillero Ejército Zapatista de Liberación
Nacional, integrado en su mayoría por nativos, se levantó
en armas a inicios de 1994 para reclamar democracia política
electoral y justicia para los pueblos originarios.
Gracias a su presencia y a otros factores que cimbraron el
sistema político dominado desde 1929 por el Partido
Revolucionario Institucional, México estrenó
en 2000 un gobierno ajeno a esa agrupación y consolidó
un sistema electoral más transparente.
“Los pueblos indígenas se han organizado políticamente
y eso es un fenómeno nuevo en América Latina
que hay que considerar”, dijo a Tierramérica
el relator de la Organización de las Naciones Unidas
sobre Derechos Humanos y Libertades Fundamentales de los Indígenas,
Rodolfo Stavenhagen.
Está claro que “nuestras instituciones políticas
no han tomado en cuenta la pluralidad cultural, pero eso ya
no se puede ignorar bajo la ficción de que todos somos
iguales, lo que nunca fue cierto ni ocurrió”,
expresó.
En Guatemala, donde en los años 70 y 80 los indígenas
sufrieron una dura represión política que costó
cientos de miles de vidas, 17 de los 113 diputados actuales
son indígenas, una nativa es ministra de Estado y otros
cinco se desempeñan como viceministros.
Además, 106 de los 331 municipios son conducidos por
indígenas, un hecho impensable menos de una década
atrás en ese país centroamericano.
Para Pablo Ceto, diputado por la ex guerrillera Unidad Revolucionaria
Nacional Guatemalteca, las organizaciones indígenas
de su país deben madurar, pero se están reforzando
“en un proceso generalizado, que en dos o tres años
dará un salto de calidad”.
Ceto, candidato a la vicepresidencia para los comicios del
9 de noviembre, dijo a Tierramérica que “en unos
cinco años habrá una renovación de la
dirigencia, porque ahora hay muchos jóvenes que están
acumulando experiencia política”.
En Perú, con 12 millones de indígenas, el mayor
número de la región, la exclusión política
de los pueblos originarios salta a la vista.
De los 120 miembros del Congreso legislativo, la diputada
Paulina Arpasi, de la etnia aymara, es la única que
se declara indígena y dice representar a su cultura.
Según Roger Rumrrill, quien dirige el Centro de Culturas
Indígenas del Perú, el atraso político
de la población indígena se debe, entre otros
motivos, al trabajo político y militar que en los años
80 realizó el grupo maoísta Sendero Luminoso
en las comunidades nativas.
“El liderazgo indígena en nuestros países
tiene que democratizarse plenamente, dejar atrás algunas
tentaciones autoritarias y estar a la altura del desafío
histórico”, aconsejó el ex vicepresidente
boliviano.
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