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En
manos de la municipalidad
A partir de la primera década del siglo XIX, la municipalidad
de San Salvador asumió la organización y conducción
de los festejos agostinos
El Diario de Hoy
Para ello, cada mes de mayo nombraba un comité de
16 personas, entre hombres y mujeres, quienes asumían
sus cargos como mayordomos o capitanes de barrio y se encargaban
de recolectar fondos de manera ingeniosa, suma que era utilizada
luego para los materiales con los que cada fracción
poblacional de San Salvador honraba a su santo patrono en
un día determinado de la semana de celebraciones.
En 1809, la primera capitana nombrada fue la señora
Dominga Mayorga, quien organizó una alegre alborada,
una fastuosa entrada a la Plaza Mayor y una carroza con forma
de barco cargado de flores, las que fueron repartidas entre
el público al cerrar su recorrido frente a la Iglesia
Parroquial.
Al año siguiente, la celebración agostina principal
fue la representación del Monte Tabor en el atrio de
la Iglesia Parroquial, donde el Crito de Silvestre García
fue el centro de atención y atracción.
Para 1811, un año convulso por los ánimos independentistas
reinantes, fue construido un carro modesto, de madera, tirado
por bueyes y adornado con papeles de colores y muchas flores,
entre las que se colocó al "Colocho" y se
le llevó a recorrer las calles, por entre el júbilo
de la población. Al final del recorrido, frente a la
Iglesia Parroquial y la Plaza de Armas, se produjo por primera
vez la "Bajada" o cambio de ropas para el Cristo
transfigurado. Así se dio origen a un ritual que perduró
hasta 1999, cuando el momento de la "Bajada" fue
trasladado ante la fachada de la nueva Catedral Metropolitana,
al norte de la Plaza Barrios.
¡Fiestas de agosto!
¿en diciembre?
Las celebraciones civiles y religiosas dedicadas al Salvador
del Mundo superaron los convulsos tiempos de la Independencia,
la anexión forzosa a México y las guerras federales.
Pese al abandono de la ceremonia del Pendón Real, al
fragor de las batallas o a la virulencia de las pestes de
viruela o de cólera morbus, pocas veces fueron suspendidas
en todo su esplendor y reducidas únicamente a la celebración
de la misa solemne del día seis de agosto.
Pero un decreto ejecutivo del 25 de octubre de 1861, firmado
por el general Gerardo Barrios, le dio un súbito giro
a las principales festejos de la ciudad capital. Por medio
de ese texto legal, el mandatario transfirió las fiestas
agostinas para el 25 de diciembre, día de la Natividad,
con el propósito de que esa ocasión fuera no
solo el festejo titular de la ciudad de San Salvador, sino
que fuera la última feria comercial y agropecuaria
del país y la primera del año siguiente.
Esa disposición gubernamental, de clara intervención
del Estado en los asuntos de la Iglesia, solo tuvo vigencia
hasta el 12 de abril de 1864, cuando el licenciado Francisco
Dueñas emitió otro decreto que devolvió
las fiestas agostinas a sus fechas tradicionales.
Dotados aún de fervor religioso, los festejos anuales
fueron adquiriendo un gradual tono mundano y comercial, debido
a que las personas se preocupaban por estrenar ropas nuevas
y los comerciantes se motivaban a "hacer su agosto",
mediante jugosas ventas, que podían incluir descuentos
o precios más voraces que en temporadas normales.¿Festejos
solo para San Salvador?
Un decreto ejecutivo del 24 de junio de 1905 elevó
las fiestas patronales de San Salvador a la categoría
de feria, lo cual permitió que, entre el 1 y el 6 de
agosto, se diera una mayor solemnidad y capacidad comercial
en la capital salvadoreña.
Dieciocho años más tarde, un acuerdo ejecutivo
del 23 de junio de 1923 declaraba que las fiestas titulares
de San Salvador deben ser consideradas, en el futuro, como
Feria Nacional de El Salvador, pues están dedicadas
al patrono religioso de todo el país, efigie símbolo
que ha merecido un monumento en la Plaza de las Américas,
inaugurado en diciembre de 1942 y dañado por el terremoto
del 10 de octubre de 1986-, emisiones de sellos y tarjetas
postales, recuerdos religiosos y hasta un espacio azul en
las nuevas placas de los automóviles salvadoreños.
Para esa segunda década del siglo XX y las posteriores,
las fiestas agostinas revestían ya una combinación
de elementos religiosos, comerciales y mundanos, envueltos
en las alboradas, mascaradas, carrozas de flores y bellas
mengalas (señoritas), juegos florales, trajes de gala;
valses, mazurcas, polcas y demás danzas que eran ejecutadas
en los salones de la Sociedad de Empleados de Comercio, La
Concordia, Sociedad de Obreros Confederada, Casino Salvadoreño
y El Salvador Country Club.
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