| |

Luchar
contra la pobreza
Un deber ético y cristiano, un principio
de agradecimiento
Amigas, amigos: Se gradúan en un momento singular de
El Salvador. Nuestra tierra vive cada día más
a costa de los más pobres. Nuestra economía,
la nacional y en cierto modo la personal, es viable gracias
al trabajo de los más pobres. Porque, en efecto, son
los pobres de El Salvador los que más producen en este
momento para el país. Son ellos los que se han ido
masivamente a Estados Unidos y los que envían con mayor
fidelidad remesa tras remesa, día con día, movilizando
la economía local. Son ellos los que pueblan el comercio
informal, la pequeña y microempresa, la maquila y el
campo, las grandes instancias proveedoras de trabajo y, con
frecuencia, la menos retribuidas.
Suplemento contratado
UCA / Universidad
Centroaméricana José Simeón Cañas
En este contexto, para ser buenos profesionales, además
de utilizar adecuadamente todos los instrumentos teóricos
adquiridos, tendrán que poner en juego algo todavía
más importante: su propia responsabilidad social y
su generosidad. Responsabilidad tanto más apremiante
en cuanto que ustedes, al igual que la Universidad, al igual
que todos, han sido beneficiados por el esfuerzo de esos pobres.
Y porque han vivido, hemos vivido, a expensas de los campesinos,
de los comerciantes informales, de los que desde sus pequeñas
pero sustanciales inversiones activan la economía salvadoreña.
Esta responsabilidad social se hace más importante
dado que vivimos en tiempos de globalización. Si los
mercados mundiales se dirigen hacia una concentración
del control de los mismos en muy pocos centros de decisión,
tenemos dos caminos: convertirnos en fieles servidores de
los más poderosos, permitiendo que nos releguen al
papel de proveedores de mano de obra barata, y esperando que
nuestro servilismo sea recompensado con las migajas que caigan
de la mesa de los satisfechos, o tratar de poner toda nuestra
inteligencia y recursos en la construcción de un país
que, aun viviendo en un mundo globalizado, trate de compartir
recursos, de mantener una equidad interna básica y
de ofrecer educación y salud como bases de desarrollo
humano.
Ser responsables frente a nuestra realidad e historia concreta,
de país pobre inserto en un proceso de globalización
complejo, implica toda una serie de actitudes y compromisos
para quienes nos llamamos profesionales. El primero de ellos
sería el mantener los ojos abiertos a la realidad en
su complejidad. Un profesional que no capte la dimensión
compleja de los problemas, que busque soluciones simplistas
o simplemente apegadas a la ley del mayor beneficio individual,
aportará muy poco o ninguna solución a la problemática,
las necesidades y las carencias que nos aquejan. Ver la realidad,
contemplarla, distinguir lo verdadero de lo falso, lo que
encubre y distorsiona de lo que esclarece e ilumina, es la
primera tarea que un profesional tiene por delante.
En segundo lugar, debe poseernos un verdadero espíritu
de lucha contra los problemas que vayamos encontrando en nuestro
ver y caminar. Un espíritu de lucha que aúne
y solidarice a todos los hombres y mujeres de buena voluntad
que viven en nuestro país y que son muchos, la gran
mayoría. No un espíritu de lucha violento, desesperado,
que tienda a dividir a la sociedad salvadoreña en amigos
y enemigos, en buenos y malos, sino un espíritu de
lucha que sepa enfrentar con honestidad, claridad e incluso
sacrifico personal las lacras institucionales, sociales y
personales que permanecen aún entre nosotros.
Si no enfrentamos la pobreza, no podremos ni construir una
sociedad armónica ni insertarnos productivamente en
el mundo globalizado. La pobreza de muchos puede ser rentable
para el egoísmo de unos pocos, pero nunca productiva
para el desarrollo histórico y social de un país.
O enfrentamos la pobreza, o estaremos condenados a repetir
la historia de violencia fratricida que cíclica y desgraciadamente
nos ha tocado vivir. Si decimos que los pobres nos mantienen,
luchar contra la pobreza no es sólo un deber ético
y cristiano, sino un principio básico de agradecimiento.
Frente al círculo vicioso de la pobreza que genera
ignorancia y violencia, se suele hablar del círculo
virtuoso de la educación. Superando la ignorancia,
dispone a la persona no sólo para integrar mejor las
dificultades y esfuerzos que sobrevienen en la vida, sino
que la prepara, además, para tener un trabajo más
productivo y con mayor rentabilidad. Beneficiados por esta
situación, ustedes tienen que apostar en favor de una
ampliación básica de los niveles educativos
del país.
Por otro lado, nuestro país necesita ordenar su convivencia
sobre la igual dignidad de la persona humana, y si para ello
debe vencer el problema grave de la pobreza, debe también
invertir en una regulación y en la conformación
de una cultura adecuada de la convivencia. No construiremos
ni el desarrollo ni la democracia sobre una sociedad en la
que impera la ley del más fuerte. Los modos de proceder
de buena parte de los que nos gobiernan dejan ver con claridad
que en nuestro país existen, cuando menos, dos clases
de ciudadanos: los que estamos sujetos a las leyes y los que
están por encima de ellas; los que tratamos de crear
una cultura de la igual dignidad y de la protección
de los débiles, y la de los que cultivan el autoritarismo
y la manipulación de las leyes a su servicio o al servicio
de quienes tienen dinero para pagárselo.
Si algo hay odioso en una democracia es la arbitrariedad de
los más fuertes. Y cuando la arbitrariedad se convierte
en corrupción, como es frecuente, ni la democracia
se mantiene a largo plazo, ni se puede alcanzar el desarrollo.
Organizar la sociedad para el desarrollo implica redistribuir
beneficios de una riqueza producida por todos. Supone tener
conciencia social, regular la convivencia de tal manera que
ni el poderoso quede impune, ni el débil se vea orillado
y abandonado en sus derechos. Incluye actuar preventivamente
ante los problemas en vez de esperar a que sobrevenga la catástrofe
para reaccionar.
Ante situaciones difíciles, especialmente cuando la
propia sociedad ofrece salidas prósperas a los mejor
preparados, es necesario recobrar el vigor ético y
cristiano. Ser responsable exige reaccionar ante la situación,
no plegarse a la misma. A lo largo de su desarrollo profesional
tendrán ofertas que incluirán, además
de un buen salario, el olvido de sus principios y el menosprecio
de los más pobres. Si ustedes se volvieran, a lo largo
de su desarrollo profesional, incapaces de tener ideales altruistas,
generosos y solidarios, poca esperanza nos cabría.
También hay que recalcar que son parte ustedes de un
pueblo generoso y valiente. Un pueblo de gente idealista,
de mártires y de profetas que supieron decir la verdad
y permanecer con el evangelio en la mano al lado de los más
pobres y desamparados. Súmense a esa corriente de los
generosos, y no se dejen arrastrar por quienes niegan en la
práctica la igual dignidad de todas y todos los salvadoreños.
Tengan confianza en el Dios bueno que les concedió
el privilegio de tener estudios universitarios. Si les ha
ayudado a llegar hasta donde están es porque les quiere
dar una misión: la de transformar a este país,
por usar términos bíblicos, en un lugar donde
las armas se conviertan en arados, en donde la justicia y
la paz se besen, en donde todos nos podamos llamar hermanos
y hermanas, y en donde el abuso, la injusticia, la pobreza
y la irresponsabilidad social queden desterrados para siempre.
La ayuda del Señor está garantizada, la misión
es clara, sólo queda ponerse en pie y comenzar a caminar.
< Regresar al inicio
|
|