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Modestia y talento


Manuel Bermúdez
escenarios
@elsalvador.com

La mujer que nos espera en el pequeño hotel, en la Colonia Escalón es bajita, con mirada aguda y sonrisa fácil. Su rostro no ha abandonado los rasgos de la bella veinteañera que cultivaba admiración en los pasillos del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), en los años 50.

Es metódica y con una serenidad a toda prueba. Alicia Lardé, una salvadoreña acostumbrada a codearse con algunas de las mentes más brillantes de la aeronáutica espacial desde hace medio siglo, es una celebridad. Su vida junto al Premio Nobel de Economía, el genio matemático John Nash, fue llevada al cine y es candidata para ocho premios Óscar. Ella sonríe, es aficionada al cine.

A su lado está un hombre alto profusamente canoso, vestido con bermudas y una camisa de cuadros. El típico académico norteamericano pensionado: Flaco, largo, muy blanco y con mirada atenta. Pero ninguno de los dos ha abandonado sus trabajos. John tiene su oficina en Princeton University, desarrolla investigaciones y dirige estudiantes; Alicia trabaja en un instituto de informática.

El periodista Lafitte Fernández, el investigador histórico Carlos Cañas y quien firma este artículo, estamos sorprendidos y un poco inquietos. Doce días atrás, apenas descubrimos una pista: En la película “Una mente brillante”, nominada a los Óscar, aparece una salvadoreña. Vimos la película y, en el momento en que al protagonista John Nash le presentan a su futura esposa, el nombre Alicia Lardé hizo saltar en su silla a Fernández:

¡Esa es la salvadoreña!

El resto fue una búsqueda frenética por New York, Washington, Londres y miles de sitios en internet. Hasta que una dirección electrónica nos puso en contacto con Silvia Walter, una prima de Alicia. Ahora la tenemos enfrente, hablando pausada y con el acento nacional, pese a haber dejado su tierra desde los 11 años. Durante toda su vida no ha dejado de visitar El Salvador. Pero ahora lo encuentra más tranquilo, pues recuerda una visita anterior en 1986, cuando la tensión se sentía por todas partes y había mucha gente armada en las calles.

Respira profundo, casi un suspiro, y sus ojos destellan con el cálido sol de una mañana de marzo.
Llega el fotógrafo Carlos Hermann Bruch, saca la cámara y se acomoda para hacer su trabajo. Discreta pero presurosa, Alicia Lardé saca su lápiz labial y un pequeño espejo.

Le comento su parecido físico con la bellísima actriz que la interpreta en la película, Jennifer Connelly, y ella sonríe con modestia, pero no lo desmiente. John Nash no quiere fotografía y se manifiesta cansado para dar entrevistas o declaraciones. “No he preparado nada”, se excusa. El veterano profesor de Princeton acostumbra hablar poco y en general no le gusta la prensa.

Finalmente accede amable a las fotografías. Carlos Hermann le dice que eso le pasa a las estrellas y él responde: “Yo no soy una estrella. Una estrella es Paul McCartney”.

Con esa facilidad y modestia se toman las cosas estos dos académicos, cuyas vidas saltaron a la agitación pública cuando en 1994 a John Nash se le otorgó el premio Nóbel en Economía. Entonces tampoco dictó un discurso; simplemente se limitó a dar las gracias y a reconocer a su esposa su invaluable apoyo. Ahí estaban ambos, en la Academia Sueca, después de una vida cargada de genialidad y sinsabores, cuando sólo un amor muy grande pudo ayudarlos a vencer la enfermedad que afectó a John durante décadas, la esquizofrenia.

El próximo domingo 24 asistirán invitados a la 74 entrega de los premios Óscar. Como amantes del cine disfrutan la expectativa de cruzar la famosa alfombra roja. Alicia se siente confiada de que la película alcanzará al menos una de las categorías en que está nominada.

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