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La
historia de un buen camino
María de Boet
Su
cita bíblica favorita dice: Trata a los demás
como te gustaría que te trataran a ti mismo (Lucas,
6:31). Ese ha sido su fervor y práctica durante años,
al punto de convertirse en una de las empresarias mas prominentes
de este siglo.
Nacida
el 23 de abril de 1922 en San Miguel, María Rodríguez
de Boet recuerda con una sonrisa el génesis de uno
de un próspero negocio: almacenes Kismet.
La inquietud surgió a medio siglo: instalar un taller
para reparar equipos electrónicos y vender discos en
esta capital. Esos eran los planes de María de Boet
y Paul J. Boet, con quien se había casado en 1949.
Ella, una mujer joven, graduada de secretaria ejecutiva y
administración de empresas en el Pasadena City College,
de Estados Unidos, en 1947. El, un estadounidense, técnico
en telecomunicaciones, que había venido al país
en una misión militar.
El ensayo del negocio inició con un préstamo
de diez mil colones, aunque necesitaban más dinero.
Desde el inicio, el proyecto contó con el respaldo
del padre de María de Boet, Juan Ramón Rodríguez,
quien por años fue uno de sus principales pilares.
En el sosiego de su pequeño edén, a doña
María se le humedecen los ojos cuando lo recuerda.
El 2 de abril de 1950, el pequeño Kismet - palabra
árabe que significa camino o destino- fue inaugurado
formalmente. Tenía cuatro empleados y tal como lo quería
Paúl Boet, el negocio fue instalado en una casa de
esquina, ubicada en la 7a. Avenida Sur y Calle Rubén
Darío, de San Salvador.
En la época, era un negocio revolucionario, pues, además
de reparaciones de equipos electrónicos, eran uno de
los primeros en vender discos de acetato - long play
-. Fue la sensación del momento, ya que los long
plays - debido al material del
que estaban hechos- no se quebraban, como los anteriores.
Inmediatamente, Kismet creció. Los capitalinos estaban
ávidos de música. Iniciaba la quinta
década del siglo. Era la época de Glenn Miller
y su orquesta, Lucho Gática y Libertad Lamarque.
LOS CAMINOS
Cinco años más tarde y por diferentes circunstancias,
María de Boet asumió el control y la administración
del negocio. Decidida y visionaria, la empresaria dio otro
paso firme: alquilar un local más amplio en el nuevo
centro comercial, ubicado en las cercanías del parque
Libertad. De pagar 275 colones mensuales, paso a cancelar
mil 500 colones. Un atrevimiento para esos tiempos.
Para los nuevos retos, seguía la sombra incondicional
detrás de ella: su padre, quien le servía de
fiador para adquirir nuevos créditos. El le había
dicho: nunca te atrases en pagar tus
cuotas (de los créditos), ni un día después.
El crédito hay que cuidarlo.
Consejo sabio que sigue siendo un principio fundamental para
la empresaria,
madre de cinco hijos - dos de ellos fallecidos- y abuela de
13 nietos. Esta vez, Kismet contaba con otro invento: el
bar musical - diseñado por un alemán,
vendedor de radios-, en el que los clientes podían
escuchar las últimas composiciones.
Ese fue otro gran éxito para Kismet, lugar que durante
años se convirtió en la vitrina preferida por
donde pasaban los artistas famosos de la época, que
visitaban el país. Imaginese que una vez había
venido Virginia López e iba llegar a firmar autógrafo
a la tienda. Cuando llegamos, toda la calle estaba inundada
de gente. No cabía nadie. Así que tuvimos que
entrar a la cantante por la puerta de atrás recuerda
la Señora de Boet, quien confiesa un gran pavor
a los alborotos.
EL SENDERO DEL EDÉN
Kismet crecía sólido, mientras doña
María dedicada su tiempo a la empresa y a sus hijos.
A inicio de las década de los 70, el almacén
fue trasladado a un nuevo local, que actualmente ocupa en
la calle Rubén Darío. El paso requirió
una fuerte inversión. En el buen camino, la banca la
seguía apoyando.
Esa misma década, Kismet abrió un nuevo establecimiento
en centro comercial Metrocentro. Esta vez, María de
Boet ya contaba con la ayuda de sus hijos, para la administración
de las tiendas.
Pero debido a las limitaciones que tenían las importaciones
fuera del área centroamericana, uno de los hijos de
doña María tuvo una ocurrencia, al final, otro
éxito para Kismet: vender ropa, producida en la región.
Así y con la ayuda de dos profesionales estadounidenses,
organizaron un almacén por departamentos.
Cuando Kismet creció por muchos lados, incluso en
Guatemala en donde inauguraron una sucursal en octubre de
1979, doña María dejo el negocio en manos de
sus hijos. Desafortunadamente, a mediados de los 80, ella
retomó las riendas de la empresa, debido a la muerte
de sus dos hijos varones.
Pero años mas tarde, los esposos de sus hijas retomarían
la dirección de Kismet. Era la hora de descansar para
la empresaria, que ha recibido los mas altos galardones de
este país.
En la actualidad, el almacén tiene más de 600
empleados distribuidos en seis sucursales. Durante 49 años,
Kismet, afortunadamente, ha seguido el buen camino, que, al
final, llega hasta el pequeño paraíso en donde
descansa María de Boet. El cruficijo en su pecho es
otra señal del sendero recorrido, de la fe y la confianza.
Es la historia de la empresaria.
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