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Confesiones de un padre de adolescentes

Así son ellos: van a una velocidad endiablada. Son los signos de los tiempos. Nuestros abuelos usaban la radio. Nuestros padres el televisor. Nadie sabe en qué terminarán ellos.

El Diario de Hoy
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Soy padre de adolescentes. En esa medida, tengo todas las ideas duras y prejuicios de un padre cuarentón que ve cómo sus hijos se desprenden de la niñez y van, a una velocidad endiablada, hacia la madurez.

A veces pienso que lo primero que debemos entender los padres de los adolescentes es que ninguno de ellos puede ser una copia exacta de lo que somos ni cómo nos hicieron.
Por eso me asustó leer los apuntes de una reunión de padres de jóvenes convocada por El Diario de Hoy en la que José pronunció su sentencia: “En mi casa, Mussolini no era nada a la par de mi tata. Hitler no era nada a la par de él. Pero, funcionó”.

Probablemente me equivoco pero creo que, a lo más que podemos aspirar los padres de los adolescentes, es heredarles parte de lo mejor que tenemos y dejarle otro porcentaje de construcción a las cosas buenas de los tiempos nuevos, al cambio en que esos jóvenes están inmersos.

¿Cómo encontrar la mejor fórmula? No lo sé. Pero, si algo sabio dijo otro padre a El Diario de Hoy es que “el peor negocio y la peor profesión que existe es la de ser padre. Es trabajo que dura 24 horas al día. Se ejerce durante toda la vida y no se recibe, a cambio, ninguna remuneración”.

Confieso que a mí me pasa lo que le sucedió a mis padres conmigo: me cuesta entender a los adolescentes, aunque me esfuerzo por hacerlo. Al mirar a mis compañeros de colegio más exitosos en las conquistas y en el amor, deseaba tener una mejor cara o un cuerpo más atractivo. O, al menos, coraje para invitar a bailar a alguna joven a la que deseaba susurrarle alguna cosa en el oído, sin que mi cara se pusiera roja.

Aquellos eran tiempos en que, a pesar de que me esforzaba, por mejorar mi pensamiento crítico, siempre caía en abstracciones. Al final, a esa edad no veía las cosas como son sino como quería que fueran.
Confundía, como todo adolescente medio, lo ideal con lo real. Ahora, ya viejo, muchas veces me pasa lo mismo. Mi hija Karina dice que reincido en esa trampa de lo no objetivo porque soy del signo piscis.

Cuando traspasé los 16 años y llegué a la adolescencia superior maduré, mentalmente. Creo que me ayudó muchísimo los libros que me tragaba desde el día en que mi abuela “Lula” me dijo: “deja de haraganear y dedíquese a leer como lo hizo tu abuelo”.

Fue así como, de pronto, me encontré en medio del mundo con algunas capacidades nuevas. Trataba de comprender el mundo y me empeñaba en relacionarme con él al acercarme a los demás. Ahora pienso que, poco a poco, me sentía más libre y más responsable.

Pero, todo eso son ahora recuerdos. Ahora me encuentro en la sala de un hotel capitalino. Es la media mañana de un caluroso sábado y estoy a punto de empezar un encuentro con un grupo de jóvenes entre 14 y 22 años. Tengo un encargo: revisar con ellos, de la forma más crítica posible, los hallazgos de una ambiciosa encuesta que se hizo a 1,600 jóvenes y no sé por donde empezar.

Sentados en mesas circulares y divididos de acuerdo con sus edades está casi una veintena de jóvenes. Miro a dos mujeres: son hermanas que visten sin mucha arrogancia o devaneos modernos.
A algunas como ellas -no muchas por cierto- las conocí en el colegio en el que estudié la secundaria. Sin empezar siquiera a hablarles casi podía adivinar que les gustaba leer, que formaban parte de una familia gobernada por padres tradicionales, que son buenas estudiantes y que, llevan consigo, lo mejor del conservadurismo.

Así fue: una hora después sabía que no estaba equivocado: defendían, por ejemplo, el matrimonio y se alarmaban cuando alguno de sus compañeros de sala defendían, con buen galillo, la unión libre como una opción más moderna. Tal vez porque nací en un hogar de padres muy cristianos y conservadores, y porque a la edad de ellas, poseía los mismos gustos, me identifiqué con esas dos adolescentes.

Pero, terminaré de describirles a los restantes miembros del grupo de jóvenes. Sobraban algunas mujeres de esas que visten a la moda: enseñan buena parte de su cintura, se enfundan en blusas ajustadas, pagan por colocarse un tatuaje en la piel y defienden sus nuevos hábitos y valores como muchos defienden el peñón de Gibraltar.

Pero, aunque me identifico con las hermanas atractivas, sé que quienes les gritan “ya vas a ver cuando tengás nuestra edad y entonces defenderás la convivencia libre frente al matrimonio”, tienen todo el derecho a pensar cómo quieran. Al fin y al cabo, para eso se inventó la libertad.

De pronto, se me ocurre tomar, nerviosamente, una taza de café. Creo que, en el fondo, lo que deseo es desarrugar la paradoja que llevo adentro: muchas veces no sé cómo tratar algunos temas con mis propios hijos adolescentes y ahora me corresponde conversar con un puñado de jóvenes sobre algunos temas que rehuyo hablar con mis propios vástagos y otros, sobre los que, quizá sin pensarlo, nunca les tomé importancia.

Tomo y leo un grueso cartapacio con los resultados del estudio de la empresa encuestadora Gallup. Mis dedos resbalan por las páginas de la sexualidad. Aún antes de ese día, ya sabía que las prácticas sexuales comienzan, ahora, a una edad promedio de 14 ó 15 años. Es absurdo, digo, pero no puedo preguntarles a ninguno de ellos, ni pública, ni privadamente, si ya se acostaron con alguien y por qué lo hicieron –quienes lo han hecho– a tan corta edad.

El tema de la sexualidad preferí saltármelo, como moderador del conversatorio con los jóvenes. Al fin y al cabo, terminé actuando como padre.

¡Cómo nos cuesta hablar de eso! Y, a pesar de que eso ocurre, nos quejamos de sus actuaciones en esos asuntos y acabamos enterándonos, como lo dijeron los adolescentes, que realmente aprenden los secretos del sexo en el colegio o en la universidad.

Quizá por eso, aunque todos las jóvenes le temen a los embarazos prematuros, los hospitales se llenan, cada vez más, de niñas que, a cambio de jugar con muñecas, se convierten en verdaderas madres a los 12 ó 14 años, sin estar preparadas para eso.

Por eso logré entender, a la perfección, a una joven de 21 años, con cabello de corte bajo apretado contra el cráneo por una buena dosis de gel, que, desde que su padre se casó, por segunda vez, con una mujer apenas dos años mayor que ella, al fin encontró a alguien que la lograra comprender. Es cierto: ¡Cómo cava brechas, el tiempo, entre las generaciones! El buen diálogo siempre será hijo de la contemporaneidad.

Muchos de los jóvenes con las que conversé, ese día, se quejaron de lo mismo: “mis papás no entienden que las cosas se hacen ahora diferente. Me quieren vestir como abuela. Me quieren tener encerrada. Choco con todos. Aún con mi mamá”, me dijo una joven de fresco cutis que tosía quejas con tanta persistencia que parecía que había encontrado un sitio para hacer una catarsis.

¡Cuidado! Si algo le digo a mis hijos es que, entiendo, perfectamente, que las cosas han cambiado. Que jamás pude llegar a mi casa, a pesar de ser varón, después de las diez de la noche. Sin embargo, esa es la hora en la que muchos jóvenes comienzan a salir para divertirse. Cuando yo llegaba, para muchos apenas comienza el jolgorio.

Todo cambia. Cuando fui un adolescente también representé un cambio. ¿Y no caminamos por las calles con el pelo largo, escuchando la música de Credence, alabando, muchas veces todo lo que significara rebeldía?
Es cierto: el tiempo corre ahora más rápido. La velocidad de los cambios es tal que muchas veces nos quedamos mudos. ¿O usted, soñó, alguna vez, tener internet en su casa o mirar cómo las pantallas de televisión nos transmitían, en vivo, una guerra en la que los cohetes los dirigían los satélites?

Somos de una generación en la que Julio Verne era un visionario y adelantado. Para la de ellos, no es más que un escritor al que, posiblemente, es parte de la arqueología social.

Lafitte Fernández



 
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