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La Troncal de los lamentos
Pocas veces se ha observado a semejante multitud caminar, cabizbaja
y desorientada, intentando buscar una salida. Aunque fue difícil,
muchos lo lograron; otros, desistieron
Óscar Tenorio
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
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José Luis Cruz pasa frente a una
de las mantas que médicos y sindicalistas del Hospital
Médico Quirúrgico del ISSS que utilizaron para
bloquear la calle Juan Pablo II a la altura del mismo en protesta
contra el Gobierno para que sancione el decreto de la no privatización
de los servicios de salud.
Foto Digital Arturo Silva |
La imagen era apabullante. La mayor expresión de la frustración,
la necedad y el desorden. La Troncal del Norte, simplemente, fue
como una gran tubería, una de las cuatro principales arterias
que salen de la capital, con un tapón por donde más
corre el agua.
Provocada la arritmia, en el kilómetro 11, todos caminaban
o corrían por donde podían. Eran centenares de trabajadores
y estudiantes que, afligidos, intentaban pasar. Otros tantos regresaban
decepcionados al encontrarse perdidos en ese caos.
Lo que más preocupaba a los empleados, vestidos con sus uniformes
de rigor, era la impuntualidad y el respectivo descuento. Es
que los jefes no entienden de esto, ellos no nos perdonan a nosotros,
se quejaban con cierta recriminación hacia los sindicalistas
artífices del desorden.
Extravíos
Muchos estudiantes de bachillerato aunque lo intentaron, tampoco
pudieron. Estaban tan lejos de sus centros de estudios, en donde
realizarían la PAES, que prefirieron abandonar la titánica
labor de avanzar a pie entre tanto obstáculo.
El cansancio y la incertidumbre eran tan desesperantes como las
densas y oscuras columnas de humo que emanaban de las llantas quemadas.
A cada momento, eran atizadas por las consignas y las protestas
de los sindicalistas, quienes mostraban así su más
férrea oposición a la supuesta privatización
de la salud.
Lo único que alivió la carga fue la benevolencia de
la naturaleza que, ayer, ofreció un cielo gris, encapotado,
carente de esos incómodos rayos solares.
La luchita
A pesar de todo, la multitud no se detenía, fluía
por esos pequeños espacios, las aceras, que no logró
obstruir el tapón. Pocas veces se ha observado esa impresionantes
imagen: cuando fueron los terremotos del año anterior y la
vez que el Papa Juan Pablo Segundo visitó el país.
El panadero corría con su canasto lleno de pan francés,
preocupado por la poca venta; la secretaria repasaba las cartas
pendientes que tenía que escribir; el automovilista caía
dormido sobre el timón.
El policía, como el desentendido, limpiaba a cada momento
su uniforme, impotente ante semejante desorden. Y los novios y amantes
aprovechaban la escasa oportunidad para refugiarse entre los pasajes
adyacentes.
Justo a las nueve de la mañana, el tapón fue retirado
y como un chiflón, el tráfico salió a tropezones.
Una hora después, el pulso ya se había normalizado.
Pero el cansancio y el mal sabor durarían todo el día.
Odisea en el bulevar del Ejército
Jorge Beltrán
El Diario de Hoy
El cobrador fue tajante: Señores, hasta aquí
voy a llegar. El bulevar está tapado. El descontento
desbordó en reproches e insultos a los microbuseros y a quienes
tenían bloqueada la calle.
Ni modo, hay que jalarle para no llegar tan tarde al trabajo,
dijo resignado un empleado de una maquila. El congestionamiento
cubría varios kilómetros, y centenares de personas
se vieron obligadas a caminar sobre el bulevar del Ejército.
Medio mundo transitaba con los celulares pegados al oído
y, delante de los teléfonos públicos, muchos se aglomeraban
avisando que llegarían tarde, porque aquí está
jodida la trabazón.
Pancartas
A la altura del Hiper Paiz, varios policías desviaban el
tránsito hacia Soyapango. Pero a esa hora ya no había
rutas alternas.
Más allá, la calle estaba bloqueada con pancartas.
Dos sujetos se desgañitaban contra la supuesta concesión
de servicios de salud y por el respeto a la libertad de manifestarse.
Ve que v... ¡oigan a ese hij...! ¿Y mi derecho
y los derechos de todos los que queremos llegar al trabajo, a saber
dónde quedan, veá?, espetó un señor
cuarentón que, pañuelo en mano, trataba de secarse
el sudor del rostro.
Aquel transeúnte siguió caminando, no sin antes lanzar
fulminantes miradas a través de sus gruesos lentes.
Esas miradas, sin embargo, no tuvieron el efecto deseado. Los huelguistas
siguieron obstruyendo la vía.
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