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Los
celos entre compadres
La
Asamblea pide al Ejecutivo que le informe sobre las bases
que sustentan la solicitud de revisión del fallo emitido
Lafitte Fernández
Enviado Especial El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
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Lanchas pertenecientes a los pescadores
de la isla Meanguera permanecen en dicha isla. Los pobladores
del lugar aseguraron que desconocen los últimos
acontecimientos sobre el diferendo limítrofe
con Honduras y que en la zona no existe ningún
índice de violencia.
Foto EDH
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La Haya. Si usted estuviese en los zapatos del presidente
Francisco Flores, quizá habría actuado de la
misma forma: tratar de revertir, al menos en una parte, la
sentencia de la Corte Internacional de Justicia, que fijó
los nuevos límites con Honduras, en 1992.
El reto es duro. Más que eso: durísimo. En toda
la historia de esa Corte, sólo se han presentado dos
peticiones similares. Una obedeció a un pleito entre
Libia y Túnez. La corte rechazó la revisión.
La segunda aún esta viva: se trata de otra batalla
similar entre la antigua Yugoslavia y Croacia. Ésta
lleva dieciocho meses y todavía no se ha decidido si
se reabre la sentencia o no.
La tercera en toda la historia la presentará hoy El
Salvador, y quienes construyeron el alegato recibieron el
apoyo de varios asesores internacionales en el sentido de
que está tan bien construida que obligará al
tribunal de La Haya a aprobar la revisión y permitir
un nuevo debate sobre las pruebas.
Flores tomó esa decisión empujado por el deber
histórico. Quizá no quiere que ningún
salvadoreño le reclame que, cuando se avecinaba el
momento en que la sentencia de La Haya quedara firme, no hizo
nada para recuperar alguna parte del territorio.
Por eso, cuando llegó a cumplir su mandato, reactivó
una serie de comisiones y órganos. Estudien argumentos,
busquen justificaciones históricas, hágase lo
que se deba cumplir, para no incumplir ese deber histórico,
fue lo que, en el fondo, ordenó el gobernante. Y eso
ocurrió a sabiendas, como es un secreto en garganta
abierta, que los dos anteriores gobiernos areneros quizá
fueron displicentes en ese tema. El gran reto cayó,
sin duda, en Flores.
Es evidente que El Salvador llega disminuido en su petición.
De seis porciones de territorio peleadas con los hondureños,
aspira a reexaminar sólo uno: el de los setenta kilómetros
cuadrados afincados cerca de la desembocadura del Goascorán.
El propósito
Esa pelea tiene un valor estratégico para El Salvador:
se trata de disminuir las pretensiones de Honduras sobre el
Golfo de Fonseca donde, por muchas décadas, se ha mostrado
agresiva en procura de mayores derechos sobre las aguas que
cubren ese accidente geográfico.
El Golfo de Fonseca, como se ha declarado en otras sentencias
internacionales, pertenece a tres países ribereños
que deben, en el futuro, definir la situación jurídica
de cada uno: Honduras, Nicaragua y El Salvador.
En esa medida, el gobierno salvadoreño dio un paso
atrevido y un mensaje a los hondureños que podría
delinear una nueva estrategia sobre el dominio del golfo.
Para eso, contrató al experto en derecho internacional
y colonial, el español Antonio Remiro, para que asesore
todo el proceso de revisión.
Eso significará un mensaje para Honduras: se contrató
al mismo hombre que asesora a Nicaragua en las disputas territoriales
contra los hondureños. Se quiera ver o no, en política
internacional, eso significará un mensaje para Honduras,
país al que se considera como la nación más
agresiva de Centroamérica en asuntos limítrofes.
Los salvadoreños también saben algo: Colombia,
quien está en pelea con Nicaragua por la isla San Andrés,
envió a asesores de ese país para que ayuden
a Honduras en todas las cuestiones fronterizas que surjan
en el área.
Aliado
En esa medida, Colombia también le da un aviso a El
Salvador en el sentido de que estará al lado de Honduras.
En medio de una Centroamérica que cruje por los problemas
limítrofes de casi todas las naciones, la decisión
de Flores de pelear, al menos, una parte de los límites
de su país surge en un momento en que debe cumplir
un reconocido liderazgo en el área.
Empujar un tratado de libre comercio con Estados Unidos, promover
la integración y dialogar con Europa en medio de un
polvorín con Honduras es un reto adicional para Flores.
Flores, sin embargo, encontró una solución.
Por eso, su canciller María Eugenia Brizuela repite
que la nueva disputa limítrofe debe entenderla Centroamérica
como un lío encapsulado que no debe golpear la agenda
regional.
No es un argumento nuevo, aunque sí un mensaje aclaratorio.
Nicaragua y Honduras, metidos en agrios problemas limítrofes,
han demostrado que se puede seguir con los grandes proyectos
de la región sin tomarse de los pelos cuando se hable
de las fronteras. Ese mismo camino es el que quiere El Salvador.
También, los restantes países centroamericanos
esperan que Flores siga trabajando en el esfuerzo de crear
nuevas vías de desarrollo a la región. Una diplomacia
limítrofe separada de los planes conjuntos es, en el
fondo, el reto que se le ha encargado a la canciller Brizuela.
Por eso, a pesar de que algunos hondureños utilicen
un lenguaje confrontativo oxigenado por los medios de comunicación
de ese país, Flores prefiere usar las palabras adecuadas
y advertir que, cuando uno no quiere batallar, dos no pelean.
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