El que paró a los nazis ya comenzó
a ayudar al país
La historia salvadoreña está
llena de sorpresas. Una surgió en la sala donde los
delegados presentaron a la Corte Internacional la solicitud
de revisión de su fallo
Laffite Fernández
Enviado Especial de
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
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La Canciller y el Comisionado Gutiérrez
con Philippe Coureur y Arthur Witteveen, funcionarios
de la Corte. Al fondo, un retrato del salvadoreño
José Gustavo Guerrero, primer Presidente de la
Corte Internacional.
Foto Digital cortesia
de Rodrigo Gutierrez |
Diez y cuarenta de la mañana. Es la hora convenida.
El auto enciende su motor a la hora exacta. Es el mismo coche
que trajo, desde Madrid, hasta esta ciudad, 500 kilogramos
escritos con todos los alegatos que usará El Salvador
para intentar arrancarle a Honduras, una parte de las tierras
que riega el río Goascorán.
El auto se enrumba en busca del aristocrático edificio
en el que se aloja la Corte Internacional de Justicia, el
tribunal más importante que conoce el mundo. El carro
lo conduce un joven de 30 años. Dicen que es un militar
precoz, serio e inteligente, el teniente Agustín Vásquez.
A su escasa edad es miembro del Estado Mayor del Ejército
de El Salvador.
El coche que conduce el teniente Vásquez sigue de
cerca a un Mercedes Benz negro. En él viaja la Canciller
María Eugenia Brizuela de Ávila, una mujer de
esas que trabaja 20 horas al día. Pocas veces se ha
visto en la Cancillería a alguien con semejante ética
laboral.
Al lado de María Eugenia viaja Mauricio Gutiérrez
Castro, un avezado abogado, originario de Santa Ana, de esos
a quienes el buen humor lo convierten siempre en un optimista
que acaba venciendo a sus adversarios en los tribunales.
El auto avanza. Hago un recuento: una ministra de relaciones
exteriores, un abogado civil y un militar. Juntos son toda
una historia.
El trayecto no es largo. A lo lejos se mira el edificio de
la Corte que hace tantas cosas como juzgar a un genocida o
confirmar las fronteras en la que los hombres dividimos el
mundo.
El grupo lo encabeza una mujer que debe tomar el Derecho
Internacional por el cuello para decirle a Honduras que El
Salvador no acepta los límites del Goascorán.
Sabe que debe hacerlo con el mismo cuidado y lenguaje con
el que una madre reprende a sus hijos evitando, eso sí,
que se enfurezcan, cometan una locura o rompan la unidad familiar.
Y así he escuchado a María Eugenia en los últimos
días: diciéndole al mundo que lo que lleva en
su maletín de cuero no debe interpretarse como una
agresión. Que se trata de ejercer un derecho que la
modernidad le entrega a El Salvador.
Que se encapsulen las cosas. Que sigan las negociaciones
por el Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos. Que
avance la integración regional. Que nadie levante pasiones
ni broncas. Que su país tiene derecho a pelear por
lo que cree que es suyo.
El mejor aliado de María Eugenia en esa batalla es
el abogado Gutiérrez Castro, un hombre a quien su padre
no sólo le enseñó a pelear con el derecho
en la mano sino también a leer a interpretar las disposiciones
que venían de la Corona española.
Supongo de qué hablan Brizuela y Gutiérrez
en el auto. Del diluvio de San Dionisio que relató
el Obispo Cortés en 1762. De toda el agua que cayó
del cielo en Centroamérica y que convirtió pueblos
en hoyos de donde salía agua salada. Del mismo diluvio
que arrojó a otro lado al Goascorán y que Honduras
no ha querido reconocer en más de 200 años.
Ese es Gutiérrez: el mismo que puede pasar seis horas
hablando, con el mismo tono, del origen de una cédula
real española que le tendió las cercas a la
alcaldía de San Miguel o de los principios fundamentales
del Derecho Internacional.
Cinco minutos antes de las once de la mañana, los
dos autos se estacionan en la entrada principal del edificio
de la Corte Internacional de Justicia.
La hora final llegó. Los delegados salvadoreños
se pierden en el enorme edificio. Pasa una hora, quizá
más. Después regresan los tres. La nueva batalla
por las fronteras del Goascorán comenzó. Les
miro la cara a los tres. Están alegres. Seguros de
lo que hicieron. Pero, traen algo más: un orgullo salvadoreño
que los hace tragar saliva.
- Imagínense, dice María Eugenia, nos
recibieron en una sala que preside la fotografía de
José Gustavo Guerrero, el salvadoreño que presidió
la primera Corte Internacional de Justicia.
Después los entiendo: cualquiera se sentiría
orgulloso de un jurista que un día de los años
cuarenta, cuando los nazis invadieron Holanda e intentaron
tomar el edificio de la Corte de la Haya, se paró en
la puerta principal y le dijo a un general alemán:
- Usted, señor, se me va para el carajo. Si quiere
tomar este edificio, primero debe pasar ese tanque que trae,
por encima de mi pellejo.
La pelea por la razón jurídica comenzó
frente al jurista Guerrero. Nada mejor se podía pedir.
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