11 enero de 2012
A 20 años del Acuerdo de Paz
El fin de la guerra civil

Salvador Samayoa

Le robo palabras a mi propia apreciación, realizada diez años después del fin de la guerra. Ahora han pasado ya veinte años desde la histórica ceremonia de firma del Acuerdo de Paz en el castillo de Chapultepec. Ya debiéramos tener capacidad de hacer reflexiones desapasionadas, con suficiente distancia intelectual y emocional de aquel período tan intenso y sobrecogedor, tan cargado de urgencias, incertidumbres y ansiedades.

Al volver la vista atrás resulta evidente que las cosas más importantes se hicieron bastante bien. Eso no significa que los acuerdos se cumplieran sin resistencias, contratiempos, dificultades o impurezas. Significa, simplemente, que al final se cumplieron de manera satisfactoria y tuvieron un impacto trascendental en la transformación del sistema político nacional. Comenzando por el simple hecho de que la política dejó de discutirse a balazos, como era habitual.

Por eso, cualquier valoración del proceso de paz de El Salvador debe comenzar por el cumplimiento impecable del acuerdo de cese del enfrentamiento armado. Cualquier consideración que no otorgue la debida prioridad a este elemento quedaría sospechosamente situada al margen de la historia, de la ética y de la lógica política. De la historia porque la matanza y la guerra constituyeron el dinamismo dominante de la realidad social en ese período; de la ética porque no hay bienes materiales o morales superiores al respeto de la vida humana; y al margen de la lógica política porque sin desactivar por completo la guerra no se podría haber pensado siquiera en otros objetivos propios de la paz.

El Acuerdo de Paz terminó de manera ejemplar con el enfrentamiento propiamente militar, pero también con la "guerra sucia" y con la violencia política que tanto destruyó el tejido social. Eso se dice rápido y puede parecer evidente que así tenía que ser, pero lo cierto es que no siempre los acuerdos de paz terminaron de manera tan nítida con el recurso a la lucha armada en casos de conflictos internos. Sobran ejemplos de desenlaces no tan impecables. Nicaragua, para no ir tan lejos. Somalia, Angola, Uganda o Chechenia en otros continentes.

Dejar de matarse es lo menos que podía lograrse, dicen algunos. Y a otros nos resulta difícil entender con qué criterio hablan de "lo menos" cuando se refieren a la finalización de la matanza, como si se tratara de algo muy fácil de lograr, o de algo que tuviera muy poca importancia. Pregunten a una madre, si pudiera viajar al pasado y lograr que no le hubieran matado a su hijo, si eso habría sido "lo menos" o lo más que podría desear.

Todas las acepciones de "paz" son respetables, comenzando por la más básica, universal e importante que es la paz como fin de la guerra. Las demás también, las que vinculan la paz con la reconciliación, con la justicia, o con otros valores sociales. Pero hay que tener cuidado de que estos reclamos de calidad o de réditos adicionales que se hacen a la paz se hagan con honestidad y no con intención de minimizar el valor del Acuerdo por puro hábito de negatividad, por cómodo escepticismo, o por mezquindad de quienes no se han sentido protagonistas o no han visto reconocidos de manera suficiente determinados aportes a la conquista de la paz.

No hay que olvidar nunca la crueldad de la guerra. Es hora de recordar el verso bendito de León Gieco y el canto profundo de la Negra, para que nunca la guerra nos sea indiferente, sabiendo que es un monstruo grande y pisa fuerte toda la pobre inocencia de la gente.

Ahora nos abate el flagelo de la violencia criminal de las pandillas. Algunos dicen, entonces, que estamos igual o peor que antes. Más aún, dicen que la violencia actual tiene su origen en deficiencias del Acuerdo de Paz. Esto es una sandez o una afirmación muy nublada por la frustración y la desesperación..

La verdad es que no se puede comparar la pústula de las pandillas con los estragos de la guerra civil. La guerra impregnó toda la vida del país con magnitudes y formas criminales verdaderamente dantescas. El problema no era solo la cantidad de vidas sacrificadas cada día, más del doble que ahora, por cierto. Era el terror y la aflicción cotidiana por los enfrentamientos, los cateos nocturnos en las colonias, las torturas, las explosiones, las desapariciones, la ley marcial, la prepotencia militar, los sabotajes, los buses quemados, las carreteras y puentes destruidos, el tendido eléctrico dinamitado, las cosechas perdidas, los campos minados, la tierra arrasada. Y eso todos los días, a lo largo y ancho del territorio nacional, configurando un panorama realmente desolador.

Una cosa es que el Estado no proteja bien a los ciudadanos de la amenaza de delincuentes particulares. Eso genera un problema serio de inseguridad, como ahora, pero la gente mantiene con razón la esperanza de que el Estado utilice la fuerza y los recursos necesarios para reducir la delincuencia. En cambio, en la lógica de la guerra, cuando los mismos cuerpos de seguridad en tantos casos, o el ejército, o la guerrilla, todos armados de legitimidad jurídica o política, atropellaban a la gente, el problema era de otra naturaleza, incomparablemente más grave, más abrumador y de más difícil solución.

Por eso dijo la Comisión de la Verdad que "la violencia fue una llamarada que avanzó por los campos de El Salvador, invadió las aldeas, copó los caminos, llegó a las ciudades, penetró en las familias, en los recintos sagrados, en los centros educativos" y en todos los rincones del país". Ojalá sepamos valorar la paz que tenemos, sin renunciar, por supuesto, a otros valores de la convivencia social.

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