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SAN SALVADOR. "Nos vemos a mediados de semana, mami. Hay le hablo desde el aeropuerto".
Esas fueron las últimas palabras que escuchó María Luisa de su hija Gloria cuando salió de El Salvador aquel 7 de septiembre. Gloria había acuñado la costumbre de reportarse cuando arribaba a su destino, en esa ocasión Boston, donde había ido excepcionalmente. Sin embargo, por razones que María Luisa aún no comprende, esa vez Gloria no llamó.
Nunca más supo de ella. El 11 de septiembre de 2001, la tragedia conmovió a Nueva York y al mundo. A las 8:46 de la mañana, el vuelo 11 de American Airlines se estrelló contra la Torre Norte del World Trade Center. Era el inicio de un martes negro.
Diecisiete minutos después, a eso de las 9:03 de la mañana, ocurrió lo impensable: un segundo avión embistió el centro financiero. El vuelo 175 de United Airlines, en el que iba Gloria, se estrelló entre los pisos 77 y 85 del World Trade Center.
En el Boeing 767 viajaban 56 pasajeros. Los terroristas asesinaron primero a las sobrecargos para someter al piloto, consignó el periódico Boston Herald.
María Luisa, afligida, habló con su hijo en Los Ángeles: "Tu hermana está en vuelo".
—"Sí, mamá, hoy la esperamos, pero los vuelos han sido desviados a Miami", respondió Will.
Ambos desconocían el número de vuelo en el que iba Gloria. El hijo de María Luisa colgó el teléfono y salió hacia su trabajo. A las 11 de la mañana, United le confirmó que su hermana iba en el vuelo 175, de Boston a Los Ángeles. Era mediodía en El Salvador cuando en la casa de la familia Pocasangre recibieron la noticia.
"Nunca nos imaginamos que habían secuestrado los aviones". María Luisa recuerda que ese día respiró hondo y comenzó a llorar. Se sentó para evitar un desmayo. Su hija menor la reconfortó. Las lágrimas sepultaron toda esperanza que albergaba de recibir una llamada de Gloria diciendo que no iba en ese avión. "Nosotros nos encerramos aquí en la casa, nos olvidamos de la rutina diaria", cuenta. A María Luisa la visa americana se le vence precisamente en el décimo aniversario de la muerte de su hija, pero por su mente no pasa por ir a renovarla.
Una década después de los atentados, en El Salvador la ausencia de Gloria aún duele. Al entrar en la casa de la familia Pocasangre, en Soyapango, se percibe una profunda tristeza. A María Luisa de Pocasangre, de 79 años, el tiempo transcurrido no la ha hecho olvidar, pero sí acostumbrarse a que no volverá a escuchar las risas y bromas de su hija Gloria. Ana Gloria Pocasangre de Barrera, de 49 años, fue la primera salvadoreña identificada que murió en los atentados del 11-S. María Luisa recuerda que Gloria, la mayor de sus cinco hijos, se interesó por trabajar desde los 12 años. También gustaba de la cocina. Gloria disfrutaba las reuniones familiares. Una sopa de gallina india preparada por ella misma fue el menú para celebrar el que sería su último cumpleaños en julio de 2001.
La tenacidad de Gloria la convirtió de a poco en un ejemplo para sus hermanos. Uno de ellos, quien desde temprana edad fue a vivir a Estados Unidos, le sirvió de pilar para lanzarse al negocio de las encomiendas entre ambos países en el año 1982. Desde entonces, como tantos salvadoreños, Gloria vio en el país del norte la posibilidad de cumplir sus ambiciones.
También pensó en sus hijos, dos de los cuales viven en Estados Unidos. La búsqueda por mejores condiciones económicas puso a esta salvadoreña en el asiento de un avión al menos tres veces al mes.
A María Luisa se le quiebra la voz cuando recuerda que su hija no tenía planeado viajar durante esos días de septiembre de 2001. Un compromiso de última hora la obligó a adelantar su itinerario porque debía llevar a una señora originaria de Chalatenango hasta Boston, Massachusetts. Una vez ahí, aprovecharía para cobrar un dinero que le debían. El compromiso inalienable con su trabajo pudo más.
Gloria salió de El Salvador con ruta a Los Ángeles el 7 de septiembre de 2001. Pasó el día ahí y en la noche viajó a Boston, adonde se quedó hasta el lunes 10. A las 8:14 de la mañana del martes 11 de septiembre abordó el vuelo 175 de United Airlines en el Aeropuerto Internacional Logan, de Boston, con ruta a Los Ángeles. El plan era pasar unas horas con su hermano y la familia de este. Al anochecer, en esa misma ciudad, tenía previsto abordar el vuelo que la traería de regreso a El Salvador.
Ese era uno de los últimos viajes que realizaría Gloria. Había decidido retirarse del negocio de las encomiendas al año siguiente. Estaba cerca de ahorrar lo suficiente para quedarse en El Salvador y poner una tienda.
El de Gloria es el duodécimo nombre que aparece en la lista oficial de pasajeros del fatídico vuelo 175, listado que algunos medios de comunicación estadounidenses reprodujeron tiempo después en Internet.
Aparte de ella, en ese vuelo iban dos niñas con sus respectivos padres, varios hombres y mujeres de negocios, ejecutivos de empresas y profesores, además de los nueve tripulantes.
La compañía aérea no dio esperanzas de que los restos de Gloria fueran identificados y repatriados a San Salvador, la ciudad que la vio nacer.
Hace 21 años, el matrimonio Pocasangre perdió a otro de sus hijos en la violencia que emanó de la guerra. Pero esta vez, la imposibilidad de velar los restos de Gloria los hace vivir un luto permanente. "A mi otro hijo le voy a poner flores al cementerio, pero con ella no tengo adónde ir. Diez años sin ver un cuerpo, nada. Entonces agarro las fotos de ella…", dice María Luisa. "Es difícil no poder llevarle una rosa". Cada 11 de septiembre, la familia Pocasangre acostumbra ofrecer una misa para recordar a Gloria en la parroquia Nuestra Señora de Guadalupe, en Soyapango. Pero este año quizá no haya conmemoración. La salud de María Luisa y de su esposo se ha deteriorado al punto de no tener fuerzas para salir de casa.
Pero si hay algo que no cambia es el reclamo al sentirse víctimas de problemas políticos ajenos a estas tierras. El dolor de una madre es el que habla por ella: "¿Qué culpa tenemos de lo que pasa en otros países? Sé que fueron miles los que murieron, pero me digo ¿por qué a nosotros? Si no tenemos nada que ver con la guerra de ellos".
Diez años han pasado y la muerte de Gloria es una herida abierta para esta familia. "Es duro. No sé si alguien pudiera olvidar una cosa así. ¿Yo? No puedo".
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