La agonía de Montecristo

La falta de un manejo sostenible del parque y el crecimiento de la población que vive ahí, han llevado al deterioro ambiental del lugar.


elsalvador.com
Carolina Amaya


El cazador afina su puntería y ruega por que su presa caiga con el siguiente tiro. La sangre ya corre por las patas delanteras de un aturdido venado cola roja que trata de huir del hombre. Lo inevitable sucede, el tiro certero en la cabeza termina con una de las especies en peligro de extinción que habitan en el Parque Nacional Montecristo.

La cacería furtiva obligó a que en 1971 el Estado de El Salvador comprara una hacienda de 1,973 hectáreas de bosque (de tipo: subperennifolio, de pino, pino-roble y nuboso), en Metapán, Santa Ana. Todo el terrerno era propiedad de la familia Mancía. Estos colonos habían explotado los suelos, la fauna y la flora del lugar, y estaban llevando al deterioro de uno de los lugares más ricos en biodiversidad del país.

La familia Mancía, según se aprecia en el centro de interpretación en el parque, había distribuido a sus empleados en todo el terreno, para que cuidaran del ganado, los cafetales y otros de sus bienes, pero con la compra el Estado heredó a las 25 familias que trabajan con los Mancía. "El espíritu inicial con que nació el parque fue de preservar el lugar. Se zonificó todo, las áreas de uso público, las colonias, los jardines. Se hicieron dos colonias, unas 25 casas en total, con familias que tenían no menos de cinco personas", recuerda Andrés Sánchez, técnico de Áreas Naturales Protegidas del MARN, quien trabajó en el programa.

Con la declaratoria de Parque Nacional en 1987 se estableció un reglamento interno tanto para visitantes como para las poblaciones que habitan Montecristo. Estas normas llevaron al empobrecimiento y discriminación de las familias de las colonias Majaditas y San José Ingenio. José Perdomo, coordinador de la Asociación de Desarrollo Comunal (Adesco) de San José Ingenio, recuerda que en aquel tiempo había producción de café, ganado, cerdos. “Había un desarrollo normal, pero con el tiempo cuando lo agarraban las instituciones, las cosas cambiaron. Y desde que lo agarró el ministerio (de Medio Ambiente) empezó la presión", recalca. La idea del Gobierno, en ese momento, era sacar paulatinamente a las familias, para eso impuso reglas radicales que se cumplían a medias.

Un estudio elaborado hace 10 años (2000) sobre la "Eficacia de la legislación que regula el aprovechamiento, protección y conservación del recurso fauna en el Parque Nacional Montecristo", describe que en el capítulo VI del reglamento referente a los asentamientos en el parque se establece que "la Dirección del Parque Nacional tendrá un inventario y censo de bienes y de personas que estén agrupadas en los diferentes asentamientos; población de animales y plantas, con el propósito de regular y no permitir el crecimiento.

Cualquier construcción antojadiza será eliminada de existir las mismas condiciones, y a la población humana que también crezca será extrañada (expulsada) del Parque Nacional." El cambio de dueño prohibió la caza que antes no tenía restricciones. También se reguló la tala, la producción de café y la tenencia de animales de cualquier tipo. Es decir las familias de Majaditas y San José Ingenio quedaron sin insumos para desarrollarse en buenas condiciones.

Sin embargo, el mal manejo del parque, la falta de un presupuesto razonable, el crecimiento de la población, la pobreza extrema, la falta de planes de desarrollo sostenible; han llevado a lo que ambientalistas y especialistas en manejo de áreas protegidas consideran un angustioso declive, o degradación, de Montecristo. En enero de 2010 el nuevo Gobierno lanzó un plan de inclusión, el cual otorgó parte del manejo del parque a las comunidades San José Ingenio y Majaditas.

El proyecto no ha dejado de alarmar a los ecologistas que desaprueban los asentamientos dentro de Áreas Naturales Protegidas, por su importancia para el desarrollo económico y ambiental del país.

Montecristo, más que un bello paisaje

Ser el primer Parque Nacional de El Salvador demuestra la importancia de esta reserva. Montecristo es una bandera para varios gobiernos salvadoreños, que presumen su biodiversidad su clima, entre otros aspectos.

Sin embargo, el lugar es más que un bello paisaje. En un recorrido turístico el guardabosque Cristóbal Ladino en menos de un minuto establece la relación entre el macizo montañoso y la generación de energía eléctrica del país. De Montecristo nacen los ríos San José, El Limo, El Rosario, San Miguel y Anguiatú.

Todos alimentan al río Lempa, en la cuenca baja de este, que es el principal afluente de El Salvador. Las aguas que por él se desplazan alimentan las cuatro centrales hidroeléctricas que generan más de la mitad de la energía que se consume. Así de simple. "Si montecristo desaparece, ya no bajaría agua a las represas y no somos un país industrializado que vamos a producir energía a base del petróleo. Entonces dependemos del recurso hídrico para generar energía eléctrica.

Si nosotros no cuidamos los bosques que tenemos ya no vamos a tener agua, ni energía eléctrica. De esa forma tiene mucho que ver la economía nacional con Montecristo, a través del recurso hídrico", agrega el guardabosque.

Datos recientes del Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN) detallan que el Área Protegida Trinacional Montecristo, principalmente el bosque nuboso, captura 37.4 millones de metros cúbicos de agua al año. Los servicios ecosistémicos -beneficios directos e indirectos que el humano obtiene de los ecosistemas- que brinda el parque van más alla. El río San José es la fuente principal de agua para la ciudad de Metapán, en Santa Ana. Y por lo menos la cuenca alta tiene agua de excelente calidad.

Juan Pablo Duran, director del componente Apoyo a la Gestión Sostenible del Parque Nacional Montecristo, que se desarrolla dentro del proyecto “Mejor Manejo y Conservación de Cuencas Hidrográficas Críticas” de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), narra la importancia que tienen áreas como Montecristo: “Los recursos naturales son la base productiva de todo país, y las Áreas Naturales son los espacios sobre los cuales estos recursos deben conservarse de una manera más prístina (original). Son los espacios a donde se les da toda la libertad a los procesos ecológicos, para que vivan las especies de animales y plantas.

Las Áreas Naturales Protegidas son espacios a los que se les debe dar prioridad a todos esos procesos”, señala. Un diagnóstico del Ministerio de Medio Ambiente sobre Montecristo detalla que es cuna de muchas especies nuevas para la ciencia, entre ellas las orquídeas carnívoras (Pinguicola mesophytica) que se encuentran también en las elevaciones de los cerros Miramundo y El Brujo. “Entonces si perdemos estos espacios, se pierden estas riquezas”, advierte Duran.

Hogar para cientos de especies Tras una hora en el recorrido turístico, don Cristóbal Ladino emocionado por haber llegado al Jardín de los 100 años -ubicado a unos 14 kilómetros de la entrada principal del parque- menciona docenas de nombres científicos de las 200 especies de orquídeas y 21 de helechos que hay en Montecristo, “a estos les llaman fósiles vivientes, por que no han evolucionado mucho y por que son prehistóricos”, narra el guardabosque. El MARN también registra 111 especies de mamíferos, 343 de invertebrados; 20 de hongos, 11 de anfibios, 35 de reptiles; entre otras.

Entre los animales más carismáticos están las pájaros. “Si es amante de las aves debe venir al parque, aquí hay 245 especies” comenta Ladino. Un estudio de 2002 del ornitólogo estadounidense Oliver Komar detalla que en esta área protegida el 52% de las aves están amenazadas en El Salvador. De 18 especies endémicas en Centroamérica, 15 habitan en el parque; además tiene 10 que se restringen al parque.

Las 1,973 hectáreas de bosque, Montecristo, también albergan a 249 especies de árboles. Uno de los más importantes es el de Pino-Roble, planta propia de los ecosistemas montañosos entre México y en el norte de Centroamérica. El árbol se encuentra dentro de la lista de especies en peligro crítico por la World Wildlife Fund y The Nature Conservacy. El Pino-roble permite la visita al bosque del Chipe Cachetidorado (Dendroica chrysoparia), ave considerada en peligro.

En 2008 el "Estudio de Ecología Invernal de Dendroica chrysoparia Temporada 2007-2008 en el Parque Nacional Montecristo" de la Fundación Ecológica de El Salvador (Salvanatura) registró seis ejemplares de Chipe. En una investigación del mismo tipo realizada en 2006 se contaron diez especímenes de esta ave migratoria que anida en Texas, Estados Unidos. Este año un incendio consumió 80 hectáreas del bosque de Pino-Roble.

El Ministerio de Medio Ambiente aún no ha dado un informe oficial del impacto que el siniestro pudo ocasionar a las especies que habitan y visitan Montecristo. El recorrido finaliza con una caminata de unas dos horas hacia el punto más alto conocido como El Trifinio –ubicado a 2,418 metros sobre el nivel del mar-.

En el bosque nuboso el turista, si tiene suerte, se puede encontrar con quetzales, pumas, entre otras especies en peligro de extinción en el país. Para llegar al Trifinio hay que caminar entre los árboles, que en esa zona llegan a medir desde los 20 metros hasta 40 metros de altura. “Tenemos que caminar despacio por que la altura acelera los latidos del corazón y es peligroso”, recomienda el guardabosque mientras sube la cuesta.

El esfuerzo vale la pena. Al llegar al Trifinio el turista se encuentra con una vista espectacular de la ciudad y la laguna de Metapán, buena parte de los países vecinos Guatemala y Honduras. El panorama recuerda al turista la importancia ecológica de esta reserva trinacional, misma que puede desaparecer en cualquier momento.

LAS DOS CARAS DE MONTECRISTO