"Dormir en el suelo es más cómodo"
Deisy Nohemí Hernández, de 20 años, lleva tres días al lado de su hijo. Trata de conciliar el sueño donde puede: dos noches en una silla de plástico y una en el suelo.
Su única hija, Ximena, de 17 meses, sufre neumonía. Después del tratamiento médico ha superado la etapa más crítica, pero la tos insiste en perturbarle la salud.
La menor estuvo dos días en el área de delicados con oxígeno y suero. Ahí, a su lado, Deisy trataba de descansar durante las noches, pero la inquietud de su hija y las constantes visitas del médico y la enfermera se lo impedían.
El miércoles, Ximena fue trasladada a otra área. Hoy, junto a ella hay dos infantes más con la misma dolencia.
Después de las 11:00 de la noche, cuando los bebés concilian el sueño, Deisy y otra madre de familia extienden una toalla en el piso duro y helado.
"En el suelo dormimos, es más cómodo que en la silla", comentó.
A la hora de visita, su abuela le lleva la ropa, comida y atiende un rato a la menor. Deisy aprovecha y se da un baño en los servicios del hospital. Confiesa que no lo puede hacer antes porque la niña es muy inquieta y se puede caer de la cama.
La joven madre vive en Apopa. En 17 meses, Ximena es la segunda vez que sufre neumonía y es hospitalizada para recibir el tratamiento.
"Quisiera dar más, pero no alcanzamos"
Sus ojos rojos y decaídos son el reflejo de la agotadora jornada de trabajo en el Servicio de Pediatría y en la Emergencia del Hospital de San Bartolo. Georgina Rivas es médico y se especializa en pediatra. Experiencia no le falta, pacientes tampoco.
8:30 a.m. A esa hora cumple 26 horas corridas en los servicios de Emergencia y Pediatría. Delante de ella tiene niños y más niños.
Cincuenta en total. Los pacientes ingresados ocupan cunas, camas y sillones todo sirve cuando la demanda es alta y el espacio limitado. A esa hora de la mañana aún le faltan dos cubículos con unos diez infantes que lloran y tosen a la vez.
"Tenemos que multiplicar el trabajo porque en la emergencia se ha incrementado la gente y también en el servicio", comentó la joven.
El miércoles había entrado de turno a las 6:30 de la mañana. Un día normal habría salido a las 2:30 de la tarde. Lejos de eso empezó un turno que debería terminar a las 8:00 a.m. del jueves.
Ayer, a las 9:00 a.m. todavía seguía viendo pacientes. Entre ese tiempo, a penas tuvo dos descansos: a las 9:00 para cenar y las 3:30 de la mañana para sentarse un rato.
Cuando termine el turno habrá visitado a 50 menores con enfermedades respiratorias y 18 con otras patologías.
"Un niño se nos puede complicar por el tiempo que nos falta. Quisiéramos poder dar más, pero no alcanzamos", indicó la pediatra.
¿Cansancio? "Mi labor es de servicio"
Lleva zapatos cómodos, blancos y de correa, tiene su pelo recogido en un gorro y usa mascarilla. Cada detalle tiene un fin muy claro en esta enfermera.
Nohemí Herrera está destacada en el Servicio de Pediatría del Hospital San Bartolo, una de las áreas del país donde la mayoría de los pacientes ingresados sufre neumonía. El riesgo, por tanto, está más que latente.
Nohemí es la viva imagen de cómo el incremento de consultas e ingresos por males respiratorios afecta la vida del personal médico. Turnos de 10 y 12 horas seguidas, sin descanso, doblegan las fuerzas de aquellos que en sus manos tienen el don de tratar y cuidar de los más pequeños.
Trabajaba de lunes a viernes de las 7:00 de la mañana a las 3:00 de la tarde. Desde la emergencia por la neumonía no sale antes de las 6:00 de la tarde. A veces, incluso se queda un poco más.
"Me gusta mi profesión. Tengo claro que es una labor de servicio", manifestó Herrera, sabedora de su profesión.
Como jefe de enfermeras le toca recibir a los pacientes. Ayer, por ejemplo, fueron 50.
De cada uno tiene que revisar el expediente, velar porque se cumplan las indicaciones médicas, chequear su estado, el suministro de oxígeno... Acaba exhausta y, prácticamente, el único momento en que se sienta es para ingerir sus alimentos. "Las jornadas son bien cansadas. Lo que más duele son las piernas", acotó la señora.
Seis días dependiente del oxígeno
Alba Canjura, madre de 19 años, enfrenta una dura prueba con la salud de su hijo, la primera en los cuatro meses de vida del pequeño. Santos Daniel lleva seis días ingresado por neumonía, una palabra cuya sola mención genera miedo en la población.
"Tenía tos seca. La flema no le salía. Lo llevé a la Unidad de Salud de Apopa y de ahí me mandaron para aquí", comentó la mamá.
Desde el ingreso, el pequeño recibe oxígeno a través de un tubo, el cual le facilita la respiración debido a la infección pulmonar.
Alba temía una gripe por el nuevo virus, el A H1N1. Y con ello lo peor para su único hijo.
"Yo le decía a mi niño que no me fuera a dejar porque es el primero que tengo", repetía la joven con una mezcla de angustia y cansancio en su rostro.
A Alba le invade un sentimiento de culpabilidad. Recuerda una y otra vez que ella fue la primera que se enfermó y, probablemente, la que le transmitió la enfermedad a su retoño. Y todo por no tratarse oportunamente porque, de otra forma, quizás el niño estaría en casa.
"A mí me dio primero, yo mismo se la pasé al niño", apuntó con cierto reproche. Cree que si se hubiera cuidado y visitado al doctor quizás no tuviera que velar la agonía de Santos.
