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| El color salvadoreño, presente en el Azteca, horas antes de que comience el encuentro. La barra de la Azul alentó en todo momento y dio su apoyo a pesar de la caída. |
Con cinco horas de anticipación, las calles de Huipulco, la avenida Insurgentes y otras vías que rodean el perímetro del estadio Azteca ya estaban congestionadas. Ese desorden externo era un espejismo del orden, de la fiesta y del colorido que existió desde que todos los accesos fueron habilitados al público desde las 2:00 de la tarde.
El folclor del pueblo mexicano se vio desde los sombreros con lemas "Viva México" y "México cabr...", pelucas con los colores de su país, pinturas en los rostros, camisas verdes y unas otras que se salían del libreto como playeras del Barcelona con el dorsal número cuatro –de Rafael Márquez.
En tanto el sonido de los pitos y cornetas nunca dejó de sonar, aunque con el pasar de las horas seguramente a más de alguno le dolieron los cachetes. Eso era lo de menos para un pueblo que llegó encendido y que por los pasillos se oían comentarios sobre "hoy es el día", "nos vamos al Mundial". Los más atrevidos repetían las palabras de que querían ver una goleada, pero también cautela.
Mientras la mancha verde iba poblando el Coloso, los pocos salvadoreños se dejaban ver. Según Mario Miranda, Óscar Sánchez y Juan Jaime, tres compatriotas que viajaron al D.F., el viernes, dijeron no haber sufrido maltratos. Y era cierto. Pasaron entre las multitudes sin recibir mentadas de madre en el camino a los graderíos.
Todo cambió minutos más tarde. No faltaron un par de provocaciones como el cántico de "cule...". Todo fue parte de la diversión para calentar el juego, así como la respuesta de "México" cuando los nuestros gritaban "El Salvador". Tanto era el ruido, que poco se distinguía el coro de los cuscatlecos. Y por seguridad, tampoco hubo dificultades. Se desplegaron varios de los 3,500 asignados para el encuentro.
A pesar de que los nuestros fueron superados en número, nunca dejaron de alentar aunque sus gritos se ahogaron entre una masa gigantesca. Durante el partido se hicieron sentir, sobre todo en el gol de Julio Martínez, aunque la goleada fue el final inesperado para esos corazones azules que nunca dejaron de latir.