Miles de personas participaron
en los actos religiosos realizados en el centro de San Salvador,
por celebrarse la Semana Mayor
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Colaboran. Los pequeños también
fueron tomados en cuenta en los actos. Fotos: EDH/ LIZETTE
MORENO |
Enrique Carranza
El Diario de Hoy
Sábado 15 de abril 2006
La solemnidad y el fervor religioso han presidido
las actividades del pueblo católico en esta Semana
Mayor.
Miles de personas acudieron a los templos y se congregaron
en las calles de sus municipios para participar en las procesiones.
El Jueves Santo, la feligresía llegó al centro
de San Salvador para unirse a la procesión del Silencio,
en la que se recuerda los momentos cuando Jesús de
Nazaret fue apresado.
En horas de la noche y durante casi cinco horas, los fieles
acompañaron la imagen de Jesús y la Santa Cruz,
a lo largo de la Calle de la Amargura, entre las iglesias
El Calvario y San Esteban.
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Jueves Santo. La imagen de Jesús
cautivo fue llevada a la iglesia
San Esteban. Fotos: EDH |
Familias completas, sin importar la edad, asistieron
al lugar, hasta avanzadas horas de la noche.
“Ha estado estupenda la afluencia de
la comunidad cristiana, es más que en años anteriores”,
manifestó el sacerdote José Escobar, de la parroquia
El Calvario.
Ayer, con los primeros rayos del sol, los creyentes aguardaron
frente a la fachada de la iglesia San Esteban, de donde partiría
de nuevo la procesión.
La representación de cuando Jesús fue llevado
ante Poncio Pilato marcó el inicio de la travesía
de regreso hacia El Calvario.
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Fe. Los católicos demostraron
su respeto mientras la urna recorría la ciudad.
Foto: EDH/ issette Lemus |
Mientras, los penitentes que se habían
sumado al acto religioso, desfallecían por el cansancio.
Así pasó la primera mitad del día, entre
calles que parecían cada vez más angostas ante
la multitud.
En la tarde, el Santo Entierro salió de El Calvario.
En el ambiente reinó la reflexión y el pesar
por lo sufrido por Jesucristo.
Comentario
El gran domingo |
La iglesia con alegría
desbordante se encuentra celebrando el Misterio Central
de nuestra fe: La Resurrección del Señor
Jesús, su paso de la muerte a la vida. El bello
poema a Jesús resucitado en el domingo de pascua,
nos hace exclamar con gran emoción ¡Resucitó
de veras mi amor y mi esperanza! ¡Primicia de los
muertos, sabemos por tu gracia que estás resucitado,
la muerte en ti no manda! Este acontecimiento es tan importante
que lo estaremos celebrando por un espacio de cincuenta
días como si fuera un gran domingo. Jesús
muerto por amor, vive para siempre y con su triunfo nos
ha abierto el camino de la vida. Nuestras creencias cristianas
se apoyan en este hecho histórico, trascendental
e innegable que orienta nuestra vida y esperanza.
San Juan en su evangelio nos dice que el primer día
después del sábado, estando todavía
oscuro, María Magdalena y la otra María
fueron al sepulcro pero no encontraron al Señor
y un ángel les dijo: “No teman.
Ya sé que buscan a Jesús el crucificado.
No está aquí; ha resucitado, como lo había
dicho. Esta fue la más bella noticia que recibió
la humanidad en ese momento y es en ella donde se funda
nuestra fe.
El apóstol San Pablo nos dice que “si Cristo
no ha resucitado, vacía es nuestra predicación,
vacía también nuestra fe” (1 Cor 15,
14-19). Las mujeres fueron a buscarlo impulsadas por el
gran amor que le tenían, y se dieron cuenta de
que Jesús con su muerte había hecho más,
llegó a ser semilla de vida, y fuente de vida para
todos aquellos que quisieran unirse a El.
La iglesia afirma que “Jesús resucitado establece
con sus discípulos relaciones directas mediante
el tacto y el compartir la comida. Les invita a reconocer
que él no es un espíritu, pero sobre todo
a que comprueben que el cuerpo resucitado con el que se
presenta ante ellos es el mismo que ha sido martirizado
y crucificado ya que sigue llevando las huellas de su
pasión.
Este cuerpo auténtico y real posee, sin embargo,
al mismo tiempo las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso:
no está situado en el espacio ni en el tiempo,
pero puede hacerse presente a su voluntad donde quiere
y cuando quiere porque su humanidad ya no puede ser retenida
en la tierra y no pertenece ya más que al dominio
divino del Padre” (catec.Iglesia,645).
Jesús no se ha quedado en la tumba, El vive entre
nosotros, ha vencido a la muerte y actúa eficazmente
en su iglesia y en la comunidad cristiana. Es un tiempo
para la alegría, no para la tristeza, Dios ha glorificado
a su Hijo, lo ha sentado a su derecha como Señor
del universo, como Salvador y restaurador de la historia,
por la fuerza irresistible de su espíritu.
La presencia de Jesucristo Resucitado es el objetivo de
nuestras miradas en este tiempo pascual, lo miramos y
sentimos la alegría de ser sus seguidores porque
sabemos que no vamos a quedar defraudados, en El tenemos
vida y entendemos mejor el sentido de su camino de amor,
fiel hasta la muerte y muerte de cruz, la muerte y el
pecado han sido derrotados para siempre. La Resurrección
que estamos celebrando es el núcleo y el corazón
de nuestra fe, y por eso cada domingo hacemos recuerdo
de la pascua.
Dios Padre no libró a su Hijo de la cruz, El obedeció
hasta la muerte. Nosotros no hemos de esperar que Dios
nos libre de nuestras fatigas y dolores, sólo debemos
pedirle la fuerza necesaria para ser fieles hasta el final.
Jesús no nos consigue éxitos temporales,
nos consiguió la vida para siempre, la vida divina
que Él vivió y que todos estamos llamados
a vivir. Nuestros esfuerzos, nuestro deseo de servir a
los demás, nuestro esfuerzo por no huir del sacrificio,
son cosas que merecen la pena pues nos llevarán
a la verdadera vida.
Es en la iglesia, en la comunidad de los creyentes, donde
se hace presente ese espíritu de Dios y en donde
nosotros compartimos lo que El nos enseña.
Cuando celebramos su pascua, compartimos la alegría
de Dios que se hace presente en cada uno de nosotros,
por eso nos alegramos con la iglesia del mundo entero.
Esto lo entendieron muy bien sus apóstoles que
experimentaron su presencia siempre viva y lo siguieron
con ilusión y entusiasmo. Jesús resucitado
vive entre nosotros, anunciemos con valentía esta
gran verdad que sostienen a las fuerzas vivas de la iglesia.
Oscar Rodríguez Blanco, s, d, b. |
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