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Las claves de Italia Campeón

Alemania 2006 deja una interesante lección. Para ser campeón del mundo no se necesita tener grandes estrellas ni apabullar a los rivales con goleadas humillantes. Tampoco jugar bonito, dejen eso para las publicidades de ropa deportiva. Alcanza con mucho menos de eso y con más de otras cosas. El ejemplo más claro es Italia, que llegó al Mundial con muchas dudas, con Francesco Totti —su figura— remendado y entre algodones. Aquí están los factores para que la Copa viajara a Roma

  El Diario de Hoy desde Alemania
Claudio Martínez

Publicada 11 de Julio 2006

 

Una defensa sensacional

En el fútbol moderno es casi más importante no recibir goles que hacerlos. E Italia siguió ese precepto al pie de la letra.

A diferencia de otros equipos azzurri con sistemas defensivos similares, éste tiene unos intérpretes de lujo.

El nivel de Fabio Cannavaro -por lejos el mejor jugador del Mundial por más que la FIFA se haya inclinado por Zidane- dejó asombrados a todos. Y no porque no conozcan sus condiciones: es que fue una verdadera muralla.

Curiosamente, fue el único de la línea de fondo que no convirtió goles. Sus dos buenos laterales, Grosso y Zambrotta anotaron un tanto cada uno, y Materazzi dos.

 

Un entrenador atrevido

Marcello Lippi tiene algo diferente a los otros técnicos italianos. No tiene miedo.

Y eso se nota en los cambios que realiza, siempre pensando más en el arco de enfrente que en el propio.

Lo demostró ante Alemania, donde terminó con cuatro hombres de punta cuando el juego estaba 0-0. Lo mismo hizo ante Francia, en la final, aunque ahí no tuvo el efecto esperado.

Por más que agregó dos delanteros, el equipo estaba tan agotado físicamente que se dedicó a esperar y lanzar un contraataque rápido que nunca pudo lograr.

 

Se sobrepuso a todos los problemas

Fue un equipo que se hizo fuerte ante las situaciones adversas y eso elevó su autoestima. En dos partidos quedó con un hombre menos por expulsión y nunca dio la sensación de complicarse.

Ante Estados Unidos perdió a De Rossi, que vio la roja por un codazo, y jamás perdió la calma, incluso al final terminó con uno más porque echaron a dos de sus adversarios.

El otro fue ante Australia, en octavos, cuando le mostraron roja directa a Materazzi por falta a Cahill: achicó los espacios atrás y nunca le llegaron.

El otro juego complicado fue la final, cuando Francia empezaba a arrinconarlo en el tiempo extra e Italia no encontraba respuestas físicas para detenerlo y responderle.

Aguantó como pudo y luego Zidane, con su expulsión, se encargó del resto.

Le sobraron variantes

 

A diferencia de otros plantes italianos, este tiene muchos nombres desconocidos para el gran público como Oddo, Zaccardo, Grosso, Amelia, Barzagli o Barone.

Todos los futbolistas -a excepción de los dos porteros suplentes- jugaron al menos un partido. Lippi seleccionó un equipo muy dúctil, con elementos que se adaptan en diferentes funciones.

Así, por ejemplo, cuando se lesionó Nesta -una baja importantísima-, tuvo su lugar Materazzi -uno de los héroes de la final y autor del gol del 1-1- y cuando a éste lo expulsaron fue el turno de Barzagli.

En el mediocampo, Gatusso y Pirlo son recuperadores, pero ninguno de los dos es un negado con la pelota, especialmente el último.

Camoranesi puede jugar tanto de carrilero como de enganche. Lo mismo Totti, que va más de punta o arranca desde atrás según la ocasión.

Y tiene delanteros para todos los gustos: con potencia física como Toni, con velocidad como Iaquinta, con habilidad como Gilardino y Del Piero, y con oportunismo como Izanghi. Detalle: todos convirtieron al menos un gol.

 

Un portero de lujo

Gianluigi Buffon no pudo batir el récord de Walter Zenga porque a Materazzi le cobraron un penal -de esos que algunos árbitros sancionan y otros dejan pasar- al 5’, que Zidane se encargó de convertir con una mezcla de genialidad, displicencia e irresponsabildiad.

El otro gol que le hicieron se lo marcó Zaccardo, su propio compañero.

A pesar de tener una excelente defensa delante, el arquero de Juventus evitó por lo menos un gol hecho por partido con sus voladas. Su actuación contra Ucrania, por ejemplo, fue descomunal.

Una motivación enorme

 

Este equipo dejó la concentración en Coverciano, Roma, en medio del caos por el escándalo del arreglo de partidos y corrupción arbitral.

Se instaló en Duisburgo y se propuso -dentro de lo posible- olvidarse de lo que pasaba en los tribunales de país.

Además, la situación estaba tan comprometida que hasta en un momento parecía que iba a caer Marcello Lippi.

Sabían que un fracaso de la selección en Alemania no haría más que avivar las llamas del fuego.

Probablemente de ahí sacaron esa fuerza interior para luchar contra todo y contra todos.

Espíritu colectivo

 

Italia tiene un lider indiscutido, que a su vez es el capitán: Cannavaro. Pero no cuenta con una estrella del estilo de Ronaldinho, Riquelme o Ballack en la conducción.

Lo más parecido a eso es Francesco Totti.

El equipo de Lippi se vio forzado a no depender del jugador de la Roma, que venía recuperándose de la grave lesión y que fue uno de los peores.

Sustituyó el talento del volante por el sacrificio de otros. Y dio resultado.

La diosa fortuna

Para ser campeón se necesita suerte, y no necesariamente porque Italia haya ganado el título en los penales.

 

En ese tipo de definiciones hay algo de azar y hasta puede parecer injusta, pero lo cierto es que en casi el 90% de los casos aquellos que ejecutan bien los tiros desde los doce pasos son goles y los que hacen mal van afuera o son atajados.

¿Donde está la suerte? Quizá tuvo algo de fortuna en marcar algunos goles en momentos en que no estaba jugando bien. O el golazo de Grosso a Alemania, cuando parecía que ya se iban a los penales.

Con los árbitros estuvo parejo, no fue beneficiado ni perjudicado. Los que dicen que el juez inventó el penal contra Australia tendrán que admitir entonces que tampoco fue el que le sancionaron en contra en la final ante Francia, ya que ambos fueron muy similares.


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