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Italia en la gloria

Se coronó en los penales después de empatar 1-1 ante Francia. Es tetracampeón mundial

 
El Diario de Hoy desde Alemania
Periodista: Claudio Martínez,
Desde Berlín [Alemania]

Publicada 10 de julio 2006

 

Hasta hace un mes, nadie hubiera sido capaz de identificar el rostro de Fabio Grosso. El lateral del Palermo caminó hacia la pelota sabiendo que estaba a doce pasos de la gloria, a segundos de escribir una nueva historia.

Ya había sido el hombre que salvó a Italia en dos ocasiones. Su puso el traje de atacante contra Australia y en el último minuto lo desacomodaron en el área: penal y gol de Francesco Totti.

Ante Alemania sacó un zurdazo impresionante en la agonía del tiempo extra y su cara fue el reflejo de la explosión azzurra. Ayer, el destino -y también la lista que confeccionó Marcello Lippi- le tenía reservado otra vez un rol protagónico: el último disparo.

Tenía la cabeza fría, pero cuando transitaba los últimos metros seguramente le invadieron mil imágenes del pasado cruel. Aquellos tiros de Roberto Donadoni y Aldo Serena parados por Sergio Goycochea en Italia 90.

O el llanto de Roberto Baggio después de fallar su remate ante el grito de Taffarel en USA 94. Y, por qué no, la cara de Luiggi Di Biaggio mirando al cielo después de mandar a las nubes su disparo mientras Fabien Barthez saltaba de alegría en Francia 98. Ahí está de nuevo el calvo portero galo ocho años después. Grosso, que en aquel momento tenía 21, podía ser el vengador.

El romano tomó la pelota y la acomodó cuidadosamente. Estaba agotado como todos los jugadores de Italia, que habían regado de sudor el Olímpico de Berlín. Fueron superiores en la primera mitad, donde se recuperaron de un gol en contra casi al 7’. Zinedine Zidane definió con tremenda calidad -picó la pelota y engañó a Buffon- un penal originado por un roce de Marco Materazzi a Florent Malouda dentro del área y que el árbitro argentino Horacio Elizondo decidió sancionar. El propio Materazzi, a través de un limpio cabezazo, igualó las cosas en el 19’. Después, también en jugada con pelota detenida, Luca Toni estuvo cerca de desnivelar el marcador en el 36’, pero el travesaño se lo negó.

Grosso volvió a mirar a Barthez. Fue lo más cerca que tuvo al portero francés en toda la noche, porque en la segunda etapa Francia se agrandó con las subidas de Malouda, con los piques de Franck Ribery y borró a Italia del campo de juego. El equipo de Domenech era más sólido y, lo más importante, estaba más entero.

Lippi se la había jugado con cambios ofensivos -entraron Iaquinta y Del Piero-, pero no era cuestión de nombres ni de actitud. El equipo estaba fundido físicamente, algo que se notó aún más en el tiempo suplementario. Esos 30 minutos de tiempo extra con Alemania empezaban a pasar la factura. Zambrotta ya no subía, Pirlo no podía con el ida y vuelta y sólo Gennaro Gattuso -dotado de cinco pulmones- oponía algo de dificultad a los arranques de Thierry Henry.

Camino a la gloria

El zurdo se perfiló e inició su carrera. Sabía que no hay mal que dure cien años. Anímicamente, Italia estaba mejor. Todo eso gracias al genio de Zinedine. Al mal genio de Zidane. Zizou, que jugaba su partido despedida, reaccionó como un novato a una supuesta provocación de Materazzi y le aplicó un cabezazo en el pecho. Le fue mal con los cabezazos al volante francés.

En el 103’, un perfecto frentazo suyo con destino de gol obligó a volar a Buffon. Siete minutos después, lamentablemente tuvo mejor puntería. Se llevó la tarjeta roja en el final más amargo que ni el peor de sus detractores hubiera imaginado y frenó el impulso de Francia, que estaba para ganar. Luego, ya sin Henry, Ribery -reemplazados- y Vieira -lesionado-, los galos también tiraron la toalla.

Y entonces apareció Fabio Grosso para batir a Barthez y acabar incluso con los fantasmas de la Euro 2000, esos que Domenech trató de revivir cuando mandó a la cancha, en su último intento, nada menos que a David Trezeguet y a Sylvain Wiltord, los dos verdugos en aquella triste final en Rotterdam que perdieron 2-1. Pero no. Italia es campeón.

Lo grita Grosso con su rostro desencajado, lo gritan Cannavaro y Pirlo y Zambrotta y Gattuso y todos desde el medio de la cancha. Lo sufre Thuram, lo llora Wiltord, lo lamenta Domenech, ¿lo habrá visto Zidane por TV en el camerino?

Italia, un país que goza y sufre con el fútbol -no necesariamente en ese orden- es tetracampeón del mundo. Los periodistas italianos se abrazan y lloran en las tribunas. Maradona levanta el pulgar. Fabio Cannavaro, el dueño de la copa, salta como si fuera un niño. Totti lleva su bandera como pañuelo. Lippi enciende un puro.

Vincenzo Iaquinta besa la copa por enésima vez. Buffon apunta su dedo hacia la tribuna hacia su novia checa, a la que le prometió casamiento si ganaban el título. Aplaude Angela Merkel. Gattuso se quita los pantalones e improvisa una falda con la bandera tricolor. A Del Piero se le caen las lágrimas y se lo dedica a su amigo Pessotto. Lippi enciende un puro.
Toni hace su gesto típico con la mano pegada a la oreja. Massimo Oddo cumple con una promesa y le corta un mechón de pelo a Mauro Camoranesi, una de las cabelleras más codiciadas. El ex árbitro Pierluigi Colina sonríe. Paolo Rossi y Gianluca Vialli aprietan fuerte su puño desde una cabina de televisión.

Italia es campeón del mundo, otra vez. Los penales, aquellos que hasta aquí sólo daban disgustos, ahora le sonríen. Sólo era cuestión de esperar.


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