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Ribéry: La otra cara de Francia

Todos hablan de Zidane, pero el volante Franck Ribéry también ha sido clave. El muchachito de la profunda cicatriz tiene 23 años y una historia interesante

 
El Diario de Hoy desde Alemania
Periodista: Claudio Martínez, desde Alemania
En Colonia (Alemania)
Publicada 9 de julio 2006

 

Franck Ribéry no es modelo de Adidas ni de Nike. Probablemente jamás lo sea. Su imagen nunca vestirá un rascacielos como Michael Ballack.

Nadie lo filmará durmiendo como David Beckham a menos que alguien se proponga hacer una película bizarra. Ninguno le ofrecerá posar para una publicidad de ropa interior como Fredrik Ljungberg.

El francés, nacido en Boulogne-sur-Mer hace 23 años, parece un personaje surgido de la pluma de Víctor Hugo, aquel del Jorobado de París y Los Miserables.

Una cicatriz tan larga como una letanía cruza su frente de lado a lado. Es una de las tantas marcas que le ha dejado una vida que lo ha golpeado en más de una ocasión. Tiene poco de Al Pacino, pero desde chico le apodaban “Caracortada”.

El volante, actual jugador del Olympique Marsella, carga con esa cruz desde los dos años. Iba con su padre en el carro y todo pasó demasiado rápido: desesperación, frenos, chillidos de las llantas y el duro impacto...

El rostro del niño Franck, que iba sentado en el asiento trasero, atravesó el vidrio del automóvil. Se salvó de milagro, pero quedó desfigurado para siempre. Además de otras heridas que trazan su cuerpo, tiene el tabique nasal roto.

A él no le preocupa su estética. Sabe que esto es un Mundial y no un concurso de belleza. “No tengo por qué avergonzarme de las cicatrices”, dijo cuando le sugirieron que -ahora que gana mucho dinero- recurra a la cirugía plástica para borrarlas. También le han ofrecido arreglarle los dientes y su nariz fracturada, pero dijo que no.

Cuando sale por la zona mixta más que un futbolista parece un boxeador que ha librado su última batalla. Está despeinado, tiene floja la corbata y sólo pronuncia frases entrecortadas.

El contraste es aún mayor cuando al lado pasan Zinedine Zidane con su pulcritud habitual o el elegante Lilian Thuram y sus inseparables anteojos de intelectual.

Ribéry es crudo, salvaje, natural. Una verdadera fiera. Y lo demuestra en la cancha, el único ámbito en el que no se siente menos que nadie.

Su pequeña estatura (1.69 m), su escaso peso (62 kg) y su gran velocidad lo hacen un mediocampista escurridizo, difícil de tomar y que suele llegar con frecuencia al gol gracias su dribling endiablado, como ocurrió contra España. Aunque su mejor juego en Alemania 2006 fue con Brasil, donde con su incansable dinámica puso en jaque a toda la defensa verdeamarelha.

“Nunca baja la cabeza, intenta una y otra vez hasta que le sale”, lo elogia su compañero Thierry Henry. Hasta hace un tiempo era un nombre desconocido para todos. Debutó con el Metz y a los seis meses ya estaba en el fútbol turco, donde jugó para el Galatasaray a cambio de 5 millones de euros.

Pero medio año después, en 2005, el Marsella pagó 7 millones para repatriarlo. Cuando el técnico Domenech -lo conocía de la Sub-21-, decidió dejar afuera de la nómina a Ludovic Giuly para hacerle un lugar a él muchos levantaron la voz. Hoy no pueden decir nada.

“Todavía no puedo dimensionar lo que pasó”, confiesa en la antesala de la final. Luego da sus motivos: “Tengo 23 años. Jugar con hombres como Zidane, Henry, Makelele o Vieira es un sueño. Yo tenía 15 años cuando festejaba sus victorias en el Mundial o la Eurocopa”.

Pase lo que pase en el partido contra Italia, difícilmente Ribéry continúe en el Marsella. Ha recibido ofertas de varios grandes de Europa, entre ellos el Real Madrid. No es un hombre que ayude a vender toneladas de camisetas como Beckham o Ronaldo, pero tiene algo que el club merengue no abunda: hambre de gloria.


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