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Italia es leve favorita sobre Francia

Portugal y Francia, las sorpresas de la fiesta, definen hoy al otro clasificado

    Publicada 7 de julio 2006

 

Italia contra Francia, esa sí que es una final tan sorpresiva como merecida. Italia-Alemania fue una gran semifinal, uno de los mejores partidos del torneo. Alemania podría haber seguido adelante, pero los dos goles de Italia en el final fueron merecidos.

El equipo de Marcello Lippi, con su fútbol de ajedrecista, es ahora leve favorito sobre Francia en la final.

La victoria de Francia sobre una agotada Portugal fue merecida, aun cuando fuera determinada por un penal.

Pero acertar una ante un arquero como Ricardo es ya una obra de arte. Zidane debió ajustar su tiro al milímetro.

Permítanme, como jefe del comité organizador, abandonar por un momento la objetividad: me alegré por muchas cosas en este Mundial, pero la forma en que Zinedine Zidane, a sus 34 años, volcó el juego a su favor tras 20 minutos ante Brasil, con inspiración, fuerza, alegría y magia, fue para mí el punto culminante del Mundial. Y para Zidane la coronación de su carrera. Y puede ser aún mejor.

No sé por qué Brasil fue eliminado. En semifinales no hubo sudamericanos, sólo cuatro europeos, esto es casi una Eurocopa, algo que no es normal. La última vez que sucedió algo así fue en 1982.
Es trágico para Ronaldinho y Kaká no haber podido convertirse en héroes porque otros jugadores no estuvieran en forma. El equipo no funcionó.

Y los jugadores no estaban pasados de juego, saturados, como hace cuatro años. Zidane -y Luis Figo a sus 33 años- es el mejor ejemplo de que con tres semanas de preparativos se puede llegar a un alto nivel. Mis respetos para ambos.

El mismo respeto que tengo por algunos jugadores alemanes. Miroslav Klose en la cima, pero también Torsten Frings, Philipp Lahm y Michael Ballack; todos ellos jugaron un gran torneo. Espero que el dueño del Chelsea, Roman Abramovich, no se lleve también, tras Ballack, a Lahm.

Durante el torneo estuve probablemente en el helicóptero, viajando de partido a partido, más tiempo que el que Abramovich vuela durante un mes. Vi desde 1.000 metros de altura lo hermoso que es mi país, y me alegré de que nuestros invitados, más de dos millones durante el torneo, también lo hayan visto así.

Podrían haber pensado que Alemania está en el Mediterráneo, de tan abierta y alegre que se mostró la gente. Y el tiempo fue fantástico, algo que sin dudas fue una suerte añadida.

Claro, también ayudó que el anfitrión fuera exitoso. Visité a nuestro entrenador, Jürgen Klinsmann -con el que se dice que no tengo la mejor de las relaciones- en el hotel de Berlín donde se alojaron durante el torneo.

Estuvimos juntos durante tres horas, muy relajados, y hablamos de los buenos viejos tiempos, sobre todo del título de 1990, cuando yo entrenaba al equipo y él era el centrodelantero de la selección.

En los octavos de final de aquel Mundial, en el 2-1 ante Holanda, se vio cuánta energía y espíritu de lucha hay en Klinsmann. Qué voluntad tan grande. Y eso se vio ahora en el Mundial.

Sólo una vez a lo largo del torneo tuve una sensación extraña, aunque no quiero decir miedo. Fue tras el triunfo portugués de 1-0 en octavos de final, con el helicóptero despegando de Núremberg para ir a Fráncfort. Aterrizamos en medio de una tormenta. No fue agradable, pero confiaba en nuestro experto piloto.

No muchas mujeres me abrazaron tan efusivamente como lo hizo nuestra canciller, Angela Merkel, tras la victoria por penales ante Argentina. Y fue para mí una gran alegría haber podido casarme en medio del torneo.

Muchos pensaron que era un buen argumento para una película, un gran guión en medio del Mundial. Heidi y yo teníamos previsto casarnos después del Mundial, pero en ese 24 de junio quise honrar a mi madre, que lamentablemente murió este año. El día que me casé hubiese cumplido 93 años.

Tuve el honor de estar durante 48 partidos junto a muchas personalidades. Junto a reyes como Juan Carlos I de España. Junto a príncipes amantes del fútbol como Guillermo de Inglaterra, Guillermo Alejandro de Holanda o Felipe de España y su encantadora esposa Letizia.

Y estuve sentado junto a hombres poderosos como el presidente francés, Jacques Chirac, el checo, Vaclav Klaus, o el ghanés, John Kufuor, por sólo citar a tres.

Los vi sufrir, vi su felicidad. El fútbol los transforma en personas absolutamente normales, en personas queribles, y eso es bueno.

Me impresionaron muy especialmente los aterrizajes con el helicóptero cerca de los estadios mundialistas. Allí había a veces hasta 1.000 personas, y me emocionaba cuando gritaban “Kaiser, Kaiser”.

Incluso en Gelsenkirchen o Kaiserslautern, donde en mi época de jugador me abucheaban sin piedad. ¿Y por qué “Kaiser” (emperador), si ni siquiera tengo una corona?

Desde ahora mismo paso a ser el muy normal Franz Beckenbauer, con mi casa en Kitzbuehel.
Mi amigo Pelé me advirtió de que no resistiré mucho antes de buscar una nueva función en el fútbol. Pero esas son sus palabras. Ahora me alegro en especial por la final, espero que sea la coronación de este Mundial, ojalá que con muchos goles.

Sí, más goles: eso es lo que le hubiera puesto la corona a este Mundial.


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