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Cada técnico a su juego

El Diario de Hoy vio el partido a ocho metros de los técnicos: La pasividad de Raymond Domenech y el show de Felipao Scolari.

  El Diario de Hoy desde Alemania
Claudio Martínez

Publicada 6 de Julio 2006

 

No podían ser más diferentes. Uno habla portugués y el otro francés. Uno viste pantalón deportivo, camiseta blanca y zapatillas, y el otro lleva un elegantísimo traje azul marino y corbata al tono.

Uno no tiene colgada la credencial y el otro sí. Uno no usa anteojos y el otro sí. Uno es explosivo y el otro es paciente. Así se distintos son Luiz Felipe Scolari y Raymond Domenech, los entrenadores de Portugal y Francia.

El Diario de Hoy vio el juego semifinal en el estadio de Múnich a unos ocho metros de ambos seleccionadores, casi a ras del campo, y pudo observar el otro partido.

Felipao no sólo tiene cierto parecido físico con el actor Gene Hackman, también ha desarrollado ciertas habilidades propias del protagonista de Los imperdonables.

Todo iba más o menos tranquilo hasta que Domenech se levantó para pedir una amarilla a un jugador portugués, lo que enervó al brasileño. “Usted, cállese”, le dijo y se llevó el dedo a su boca. Pero la jugada que más enloqueció a Scolari fue la del penal que terminó definiendo el partido.

Iban 32’ cuando Henry cayó en el área. El árbitro Jorge Larrionda sancionó la falta y el entrenador perdió la cabeza.

Se llevaba las manos a la cabeza y empezó a insultar al juez uruguayo, a quien conoce bien desde la época en que dirigía al Palmeiras en la Libertadores y a Brasil en eliminatorias.

Cuando Zidane marcó el gol, sólo atinó a sonreír y e hizo un abanico con sus dedos, gesto inequívoco de robo. Lo repitió varias veces para que lo viera el australiano Mark Shield, el cuarto oficial.

Domenech, que no es hombre de sonrisa fácil a menos que la use para acompañar sus ironías, casi no gritó el tanto. Se refugió dentro de su banquillo y apretó fuerte el puño al ver que el vuelo del portero Ricardo era estéril. Eso fue todo.

Felipao no paró de quejarse y pidió penal en la jugada siguiente, cuando aparentemente Sagnol desacomodó a Cristiano Ronaldo dentro del área.

Pero los insultos no fueron exclusivos para Larrionda, también los hubo para los del banquillo galo -en especial para el portero Landreu- que hicieron gestos de que el delantero se zambulló simulando la falta. Amagó con ir a pelearse y luego regresó. Domenech, que miraba fijamente al campo de juego, hizo caso omiso. El resto de los franceses le respondieron con gestos.

El descanso le hizo bien a Felipao. Entró sereno y sus únicas palabras eran “¡Ronaaaaaaaaaldo, aquí..!” Le pedía al delantero que jugara por derecha. Pero, de a poco, volvió sobre Larrionda. Primero con aplausos burlones cuando no sancionó una clara falta a favor de Portugal y otro cuando no amonestó a Gallas. “¡Paaaaulo...!”, gritó.

Era la señal para que ingrese Paulo Ferreira en lugar del lesionado Miguel, pero el entrenador perdió la compostura cuando vio que el defensor no estaba listo para entrar: sus zapatos tenían un problema y trataban de solucionárselo. Reaccionó golpeando el techo de la banca. Siguió disconforme con el árbitro y se reía con sorna de sus decisiones. A su lado, a Domenech no se le movía un solo músculo de la cara.

Scolari volvió a perder los estribos con otro fallo de Larrionda, levantó los brazos en señal de impotencia y hasta pateó una de las botellas de agua que tenía. Cuando Figo casi empata con un cabezazo, se tomó la cabeza y miró al cielo. Comenzaba a resignarse. A menos de diez del final, ya tenía claro que iba a necesitar de un milagro para mantener su invicto mundialista. Agachó la cabeza y esperó el final.

El brasileño aceptó la derrota, se quedó aplaudiendo a los suyos y si en algún momento miró al banco francés no fue precisamente para ir a saludar a su colega Domenech. Discutió a la distancia con algunos miembros del cuerpo técnico rival y tuvo que ser separado por el cuarto árbitro antes de que el túnel se lo tragase definitivamente de Alemania 2006.



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