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Pasión ítalo-germana

Residentes en el país gozaron y sufrieron en la Escalón. Camaradería entre los embajadores

    Publicada 5 de julio 2006

 

La excelente relación diplomática que existe entre Alemania e Italia quedó demostrada antes, durante y después del juego de las semifinales del Mundial.

El restaurante italiano Pasquale, ubicado sobre el Paseo General Escalón, recibió a sus “ventilatori” (hinchas) con la clásica comida de su país, así como los colores de la bandera.

El embajador de Italia, Giovanni Morocco, fue de los primeros en llegar al lugar. Minutos después arribó su par de Alemania, Rainald Roesch, quien pasó a saludar a su colega y demás italianos presentes en el restaurante.

“Italia gana 2-1”, dijo Morocco, mientras que el embajador de Alemania pronosticó un 2-0 a favor de los germanos, pero lo malo fue que ese resultado fue en contra de los anfitriones.

Sus pronósticos los cerraron con una copa de vino. Luego el embajador alemán se dirigió al restaurante germano Piedras Calientes para acompañar a sus compatriotas. Cervezas y salchichas, camisetas blancas con franjas rojas, negras y amarillas abundaron en el lugar.

Durante el primer tiempo, los alemanes sufrieron más que en el segundo periodo. Aplausos al portero Lehmann y abucheos contra las decisiones del árbitro abundaron en la primera parte. En el segundo tiempo, Mauro Camoranesi “salió a bailar” (por su doble nacionalidad ítalo-argentino), por sus actuaciones.

El ambiente no era muy común al de los europeos. Vivieron cada instante, más cuando entró Odonkor.

Pero en el receso, para iniciar el tiempo extra, la presión se sintió en el lugar. Cigarros y rostros tensos demostraban que el juego no era lo esperado. Pese a ello, la fe en la selección germana les inculcó a corear “gol, gol, gol, gol”, cada vez que tenían una oportunidad.

En el segundo tiempo extra, la esperanza por el triunfo ya se trasladaba a los penales (donde Jens Lehmann les transmitía mucha seguridad), cuando apareció Grosso e hizo callar la euforia teutona.

El luto se notó en sus caras, el sueño pasó a ser un despertar desastroso. A dos minutos del final ya nada se podía hacer. El silencio se apoderó de Piedras Negras, la fiesta... de Pasquale.

El embajador alemán se trasladó de inmediato al restaurante italiano para felicitar a su colega diplomático y al resto de “azzurras” que aplaudieron la cordialidad del señor Roesch, a la vez que corearon ¡Forza Italia!

“Felicidades”, dijo Roesch, mientras le cedía su bufanda alemana al embajador Morocco, quien le entregó un collar (estilo hawaiano) con los colores de Italia.


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