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Un equipo con pasta

Italia apeló a su oficio para dejar en el camino a Alemania, que hizo otro partido muy pobre. espera
la final

 
El Diario de Hoy desde Alemania
Periodista: Claudio Martínez

Publicada 5 de julio 2006

 

Se acabó la fiesta. Un zurdazo impresionante de Fabio Grosso en el 119’, cuando los entrenadores ya casi estaban confeccionando la lista para los penales, decidió que Alemania se quedara sin Mundial y que Italia lograra el primer boleto para la final.

La historia decía que nunca la selección local había perdido un partido en este estadio de Dortmund en 14 juegos.

Y la tradición no se iba a romper justo aquí. Por eso cuando los intensos 30 minutos de tiempo extra se estaban agotando, los 60,000 alemanes se encomendaban a Lehmann para otro milagro desde los doce pasos.

Algunos -los más informados- trataban de identificar desde lo lejos a Andres Kopke, el preparador de porteros, quien era el encargado de llevarle los datos de los ejecutores rivales, tal y como ocurrió ante Argentina.

Entonces apareció un gol de otro partido, el del lateral del Palermo, el que aniquiló el sueño de los alemanes. Un golpe tremendo de nocaut que durmió a ese gigante, robusto y torpe que deambulaba esperando el sonido de la campana para poder respirar. Ya no hubo tiempo para levantarse, sólo para que Alessandro Del Piero definiera con la jerarquía que sólo él tiene y pusiera el 2-0 inapelable. Iban 121’ y se bajó la cortina.

Adiós invicto. Adiós partido. Adiós Mundial. La canciller Angela Merkel, con su sobrio traje verde, no tenía consuelo. En la tribuna opuesta, Diego Maradona -envuelto en el humo de su propio habano- aplaudía con una ancha sonrisa mientras Franz Beckenabuer había dejado de lado la diplomacia y se permitía poner cara de enojado.

Noche mágica

Por los altavoces del estadio se escuchaba Un verano italiano, aquel pegadizo himno de Italia 1990 que interpretaban Gianna Nannini y Edoardo Benato. Intentó ser un homenaje musical al país ganador, pero también la canción contenía cierto simbolismo que probablemente el dj jamás contempló. Esta Alemania de Klinsmann fue lo más parecido aquel equipo de Argentina que a base de penales y mucha garra, pero sin nada de fútbol, llegó a la final del 90.

Allá abajo Klinsmann era la imagen de la decepción. El entrenador hizo lo que pudo con un equipo limitadísimo. Tiene a dos centrales como Mertesacker y Metzelder a los que le rebotan las pelotas, un lateral distraído e irregular como Friedrich y varios volantes a los que le quema el balón. No es que el entrenador haya elegido mal, es lo que hay. No hay magos ni genios, ni jugando en el país ni mucho menos en el exterior.

La única luz es Michael Ballack y ayer, como en casi todo el Mundial, volvió a ser un jugador que lleva la pelota en forma muy elegante pero que no desequilibra. Para peor no pudo contar con Torsten Frings, uno que lucha, juega y que es más decisivo que el propio Ballack.

Además, se vio frente a una Italia que tiene la mejor defensa del torneo, con un Buffon impecable y un Cannavaro al que es imposible ganarle una. El resto también se muestra muy firme. Y por si fuera poco, un Pirlo comprometido en toda la cancha y un Gattuso que las corre todas.

A Grosso modo
Italia, una selección que no se caracteriza precisamente por atacar, siempre estuvo más cerca de ganarlo. Pero esa superioridad se manifestó más en el tiempo extra, donde tuvo dos remates en los postes que parecían decir que la fortuna estaba del lado alemán. Pero a la suerte hay que ayudarla, y Lippi -que evidentemente vio el juego de los locales contra Argentina más de una vez- decidió recargar la ofensiva con Gilardino, Iaquinta y Del Piero para tratar evitar los penales. Ahí estuvo la clave. Los 30 minutos adicionales tuvieron un ida y vuelta constante a pesar de las limitaciones físicas de ambos.

Al final, no hubo listas ni penales, no porteros héroes. Un grito de Grosso. Otro de Del Piero. Y el largo lamento de todo un país.

 


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