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La gran fiesta germana

Alemania se ha vuelto la capital de la alegría. Niños, jóvenes, mujeres y hombres, todos vibran por el Mundial.

    El Diario de Hoy desde Alemania
Agencias DPA

Publicada 4 de Julio 2006

 

Desorden, ruido y suciedad: Alemania está irreconocible. Todo lo que habitualmente genera miradas de desaprobación entre los rígidos centroeuropeos, se acepta ahora en pos de la fiesta y la euforia que está generando el Mundial de fútbol de Alemania 2006.

Ya sea por el sol y las altas temperaturas que aumentan los niveles de serotonina o el buen desempeño de su selección, que dispara los de adrenalina, desde la mañana hasta altas horas de la madrugada las grandes ciudades alemanas se sumergen en una celebración constante.

Cánticos, banderas, gorros y cerveza, mucha cerveza, conforman el equipaje básico de los grupos de aficionados que recorren en plena algarabía los cascos urbanos rumbo a los espacios acondicionados especialmente para los festejos.

Señoras con los cabellos teñidos de negro, amarillo y rojo. Inmigrantes africanos envueltos en el estandarte alemán. Vítores al equipo al ritmo de “Guantanamera”: “Ein Michael Ballack, es gibt nur ein Michael Ballack...”. (“Un Michael Ballack, sólo hay un Michael Ballack...”) Y hasta niños de cuatro años cantando “Fiii-naaa-leee” (¡final!) con la mirada puesta en el 9 de julio.

Marcas mundiales

Las “millas de los aficionados” baten un récord tras otro. Cada vez más gente se acerca a esos espacios para compartir el jolgorio delante de las pantallas gigantes y consumir incontables cantidades de salchichas y cerveza. Para saltar, gritar y abrazarse con otros hinchas.

Berlín reunió el sábado 24 de junio, cuando Alemania se impuso por 2-0 a Suecia en octavos de final, a un millón de personas en la Avenida del 17 de junio, entre el Obelisco de la Victoria y la Puerta de Brandemburgo.

Y se dice que desde el principio del Mundial ya suman veinte millones las personas que salieron a las calles a celebrar. Y no sólo en las “millas de los aficionados”. Bares, restaurantes, los llamados “patios cerveceros”, todos se adaptan a la fiesta. Los horarios de cierre se flexibilizan. Los vecinos aguantan el ruido.

Hasta la acartonada canciller alemana, Angela Merkel, rezuma euforia cada vez que alienta a sus muchachos desde la tribuna. “Mis expectativas se cumplieron de forma increíble. Este equipo cree en sí mismo. Todavía puede lograr mucho más”.

La prensa destaca que no se respiraba un ambiente tan alegre desde la caída del Muro en 1989 y los festejos de la reunificación alemana en 1990.

Pero esta vez, a los locales, se suman los hinchas de todo el mundo. Los alemanes parecen haberse tomado en serio el lema del Mundial “El mundo entre amigos” y muchos de ellos aprovechan para intercambiar banderas y camisetas o aprender algunas palabras en alguna lengua extranjera.

Los miedos que en un principio había generado el redescubrimiento de los colores nacionales por parte de los alemanes parecen ahora injustificados ante lo que prácticamente todos interpretan simplemente como genuina alegría. Tampoco los neonazis hicieron hasta ahora acto de presencia en el Mundial.

El pelo en la sopa

Hubo sí algunos disturbios con hooligans ingleses y alemanes. En Stuttgart, por ejemplo, se prohibió el acceso al centro de la ciudad a casi 300 hinchas violentos tras unos incidentes registrados la noche del sábado, en los que se lanzaron sillas, mesas y botellas.

También en otras ciudades hubo incidentes menores. “Pero no es diferente a cuando hay carnaval”, comentó un portavoz de la policía de Colonia. Los incidentes se mantienen “dentro de lo normal” y no enturbian la fiesta.

De hecho, autoridades policiales y organizadores del Mundial llevan días intercambiando elogios sobre lo “absolutamente fantástico” que está resultando todo.

Incluso algunos policías hacen la vista gorda ante las caravanas de coches que recorren los cascos urbanos celebrando con las bocinas a todo volumen. “Hay que tomárselo con humor”, comentó un portavoz policial de Darmstadt. “Mientras no pase nada, no intervenimos”.
Con los termómetros por encima de los 30 grados, lo que sí hay son muchos desmayos. El calor también hizo que las autoridades se vieron obligadas a “pescar” a muchos espontáneos bañistas de las aguas de los ríos Meno, Spree o Rhein, entre otros.


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