Al límite de todo
EDH estuvo en Puttgarden,
un pueblito portuario alemán en la frontera
norte con Dinamarca. Uno de los pocos lugares
donde, por más extraño que parezca,
no se habla del Mundial.
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El
Diario de Hoy desde Alemania
Claudio Martínez
Publicada 4 de
Julio 2006 |
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Es verano, pero el viento sopla
algo frío en Puttgarden, el último
pueblo alemán antes de cruzar la frontera
con Dinamarca, en el extremo norte del país.
Aquí nadie habla de Lukas Podolski ni
de Miroslav Klose, el Mundial parece algo lejano,
como si se disputara en otro país. Hoy,
en Dortmund, a no más de 600 kilómetros
de allí, Alemania se jugará el
pase a la final con Italia.
A la mayoría de ellos nadie le avisó.
Los habitantes de esta isla bañada por
las aguas del Mar Báltico no parecen
muy entusiasmados con la Copa del Mundo y siguen
su rutina como si fuera otro día cualquiera.
De la verde campiña emergen una decena
de molinos mecánicos de viento. Probablemente
sus pobladores tengan otra idea, pero Puttgarden
es un sitio aburrido. Uwe, el encargado de revisar
los boletos del ferrocarril, es contundente
en su definición: “Es un lugar
donde viven 20 personas y un par de vacas y
caballos”.
Él lo sabe mejor que nadie, porque si
bien no nació allí tiene que pasar
algunas noches en ese pueblo que cuenta con
un solo hotel, la descuidada pensión
Diana. “Ese es el punto donde algunos
se reúnen a ver los partidos, pero no
son muchos”, aclara Uwe, quien tampoco
podrá ver ni escuchar el juego contra
Italia, ya que estará en servicio arriba
de un tren y la compañía Die Bhan
prohíbe a sus empleados encender la radio.
Un par de gaviotas anuncia la llegada del ferry.
“Este es el que va hasta Copenhague”,
dice un hombre en perfecto inglés que
a las once de la mañana empuña
una Carlsberg, la cerveza más popular
de Dinamarca y que el Liverpool ha globalizado
al llevarla en su camiseta.
Da la sensación de que no es el primera
que bebe en el día. Tampoco será
la última. “¿La Selección?
No sé, acá no seguimos mucho el
fútbol. He visto algo en los diarios,
pero no le podría decir demasiado”,
agrega el hombre de la Carlsberg. Las dos personas
de al lado miran con la misma extrañeza
cuando oyen del Mundial.
Son extraterrestres. Ni idea, Puttgarden parece
el único lugar en todo Alemania donde
la fiebre triunfalista aún no ha llegado.
Para ellos, Italia es el país de la pizza,
la pasta y los helados y no el equipo que dirige
Marcello Lippi que hoy podría dejarlos
sin el sueño de la copa. No saben quién
es Francesco Totti ni mucho menos Fabio Cannavaro.
Aquí no se debate de fútbol ni
se cuestiona ni se alaba el trabajo de Klinsmann
como en el resto del país.
“Lo que más nos gustó del
partido contra Argentina fue la pelea del final”,
comenta Carl, que acaba de parquear su bicicleta.
A unos metros de allí, una larga fila
de camiones que cargan contenedores, la mayoría
con placas danesas, hacen fila para subir al
ferry. Ninguno parece preocupado por la posibilidad
que eliminen a su selección ni están
al tanto de que Rudi Völler, ex entrenador
nacional que vivió mucho tiempo en Italia,
pasó un minucioso informe sobre las características
de cada jugador rival. Les da igual.
De repente, del tren regional -ese que hace
su última parada aquí antes de
cruzar la frontera- asoman tres ingleses con
sus camisetas Umbro y sus pesadas mochilas.
Cuentan ellos mismos que la derrota por penales
ante Portugal los obligó a cambiar de
planes y que han decidido “lavar sus penas”
en Copenhague, la capital danesa, que ya no
quieren sentir hablar del Mundial ni de nada
relacionado con el fútbol. Ellos no lo
saben, pero no es necesario cruzar el mar ni
abandonar Alemania para olvidarse de la Copa
del Mundo. Estaban en el lugar correcto.