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Muerto el rey, viva el Rey

Con un Zidane gigante, Francia eliminó al Brasil de un Ronaldinho gris

 
El Diario de Hoy desde Alemania
Periodista: Claudio Martínez

Publicada 2 de julio 2006

 

Llámele la maldición del favorito, el síndrome de Europa o lo que sea. Brasil, el equipo de las estrellas, hace las maletas y se vuelve a casa con el sabor de un rotundo fracaso. No es la primera vez que lo eliminan en cuartos de final en un Mundial, lo raro es que ahora se ha marchado sin jugar.

Se quedó en la promesa de fútbol que insinuaban sus nombres, pero fue nada más que eso.

Una promesa. Nunca pasó de allí. Después de su flojísimo arranque, la sensación de todos en Alemania era la misma. Si jugando mal ganaba sin problemas, en el momento en que despertaran sus figuras la superioridad sobre el resto iba a ser abrumadora.

Pero no. Siguió jugando mal, como si le pesara ese mote de gran candidato que todos habían cargado en su mochila desde mucho antes del comienzo. Perdió porque por primera vez tuvo enfrente un rival en serio, como fue Francia.

En la fase de grupos todos lo complicaron, pero ni Croacia ni Australia -ni mucho menos Japón- le hicieron cosquillas con sus tímidos ataques. Lo mismo ocurrió contra Ghana, que controló el partido pero fue incapaz de convertirle un gol en las siete claras que generó.

Pero Francia era diferente, lo cual también suponía que era la hora de despertar. Además, era el último equipo que lo había vencido en una Copa del Mundo en aquella noche de París donde los Blues se coronaron campeones en 1998.

Francia fue diferente básicamente porque tiene un jugador diferente a todos: Zidane Zidane. Le bastó con dos partidos para convertirse en la figura de Alemania 2006.

El francés entró mentalizado de que este no iba a ser -de ninguna manera- su último partido. Por un lado fue una lástima, porque hubiera sido un cierre brillante: difícilmente vuelva a tener otro juego como este. Pero por otro es una alegría, porque esta victoria le asegura a Zizou otros dos partidos.

Para ganarle a Brasil, incluso a este Brasil decepcionante, se necesita algo más que un jugador excepcional. Y el equipo que dirige Raymond Domenech tiene otros dos futbolistas que están apenas un escalón por debajo del Mago. Uno es Patrick Vieira, un todoterreno que empuja, corta, llega y hasta hace goles.

El otro es Thierry Henry, que ayer en Fráncfort dio otra muestra de su jerarquía. No sólo anotó el gol de la victoria sino que impuso respeto y mantuvo replegada a toda la defensa brasileña. Otro punto fuerte fue la movilidad de Frank Ribery, un volante que parece impulsado por un motorcito. Además, la impecable labor de Thuram y Gallas, dos defensores centrales que se entienden a las mil maravillas, se encargó del resto.

Si para ganarle a Brasil se necesita una actuación perfecta, Francia la tuvo gracias a un planteo sin fisuras de su entrenador, que fue muy bien ejecutado por sus hombres en el campo de juego. A Domenech, una especie de Mourinho francés, se lo acusa de soberbio y arrogante. Después de haber eliminado a Brasil, tendrá motivos de sobra para seguir alimentando su ego.

Fráncfort fue testigo de uno de los partidos más emocionantes del Mundial, de esos que se gozan y sufren todo el tiempo. Los rostros de Jacques Chirac y Joao Havelange, dos de las personalidades de las tantas que observaron el juego desde el palco vip, eran el contraste perfecto.

El francés regalaba sonrisas mientras que el brasileño, ex presidente de la FIFA, mostraba un gesto adusto, de fastidio contenido. Lo misma que veinte metros más abajo, erguido en las cercanías del banquillo, trataba de disimular Carlos Parreira.

Brasil nunca pudo reponerse del gol de Henry. Y los cambios del entrenador no tuvieron el efecto deseado. Adriano -que reemplazó al inoperante Juninho Pernambucano- casi no tocó la pelota, a Robinho -entró por un Kaká opaco- le faltó tiempo y Cicinho -ingresó por Cafú- nunca pudo desbordar.

La solución no estaba en la banca sino dentro del campo. Pero Ronaldo estuvo bien contenido y la única salvación era que al fin apareciera Ronaldinho, el mejor jugador del mundo. Se necesitaba de él una aparición hollywoodense, como en las películas, esas en que toma la pelota y va dejando adversarios en el camino hasta llegar al gol en la agonía del juego. Pero nunca llegó. En esta película ganó el que todos tenían como villano.

Ese señor adulto, sin pelo y al que querían jubilar antes de tiempo. El Mundial se quedó sin Ronaldos, Ronaldinhos, Adrianos y Kakas, pero la magia de Zidane sigue. El talento no tiene fecha de vencimiento.


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