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El milagro germano

El equipo local eliminó a Argentina en los penales luego de un vibrante juego.

  El Diario de Hoy desde Alemania
Claudio Martínez

Publicada 1 de Julio 2006

 

El Mundial estuvo a diez minutos de quedarse sin anfitrión. Eso era lo que faltaba cuando Miroslav Klose, con un cabezazo implacable, volvió a hacer latir setenta mil corazones que estaban paralizados de la angustia.

Después llegó el tiempo extra y los penales, pero esa es otra historia. Alemania sigue de fiesta. Argentina prepara las maletas y regresa a casa.

Hasta los 80’ Argentina, que ganaba 1-0, se había plantado para jugar de contraataque y parecía más cerca de liquidarlo que Alemania de igualar el marcador.

Los dirigidos de Klinsmann eran sólo voluntad y empuje, pero en su desesperación desnudaban todas sus limitaciones, algo que hasta ayer se intuía pero que rivales tan livianitos como Costa Rica, Polonia, los suplentes de Ecuador y Suecia le daban el beneficio de la duda.

Sólo tiene tres jugadores de categoría: Michael Ballack -que tuvo un opaco partido y apenas mostró su talento en un par de ocasiones-, Torsten Frings y el portero Jens Lehmann.

El Olimpiastadion de Berlín estaba mudo, atónito, al borde un ataque cardíaco masivo. Se acababa la fiesta. Se acababa el Mundial. Pero nunca hay que subestimar a Alemania, por más equipo impresentable que tenga. La muestra más fehaciente fue el subcampeonato en Corea Japón 2002.

Y mucho más si como en este caso es el organizador del torneo, lo cual le permite recibir ciertos “favores” exclusivos para los dueños de casa. Argentina, que regresará a casa con un sabor amargo en la boca, sabía que el partido era complicadísimo y no tanto por la propuesta futbolística de los teutones.

En el campamento albiceleste algo tenían claro. Este juego era como una pelea de boxeo por el título mundial. Para ganar había que hacerlo por amplio margen, si es posible por nocaut. Para que luego no haya sorpresas.

 

Y la designación del árbitro eslovaco Michael Lubos -que tres días antes había convalidado un gol en evidente posición adelantada de Brasil ante Ghana y al que decidieron premiar con el mejor partido de los cuartos de final- era por lo menos sospechosa. Por esa misma razón Pekerman optó por poner desde un comienzo a Carlos Tévez, para salir a ganar el partido de entrada y no tener que sufrir con un arbitraje fácilmente influenciable por el público.

Lubos hizo exactamente eso. No cobró ni dejó de cobrar nada escandaloso, pero siempre inclinó la cancha para el lado de los organizadores del Mundial en los fallos divididos, igual que en Alemania-Suecia. Lo mismo ocurrió con las tarjetas amarillas. Por ejemplo, tardó 114 minutos en amonestar a Friedrich, que para detener a un encendido Tévez recurrió a las faltas desde el inicio.

Pero Argentina no quedó eliminada por Lubos, que quede claro. Se despidió del Mundial por varias razones. Primero, porque no supo aprovechar las oportunidades que tuvo, que fueron más que las de Alemania. Porque al técnico Pekerman le faltó audacia.

Porque no le alcanzó con el ímpetu con Tévez, el temple de Ayala o la descomunal tarea de Javier Mascherano, el mejor hombre del partido. La comisión de la FIFA, que parece que ve los partidos de espaldas, eligió a Michael Ballack, que regaló pelotas al rival y en el tiempo suplementario casi no tocó la pelota porque estaba exhausto.

El equipo de Pekerman fue el único de los dos que quiso ganarlo. El único que atacó en el tiempo extra, ya que Alemania no remató ni una sola vez en los 30 minutos. Aún con el cansancio, desplegó sus líneas de ataque y tuvo dos o tres ocasiones claras. Pero se va del Mundial porque tuvo a Riquelme impreciso que aportó poco y nada, al que al final -cuando necesitaba ir al frente- terminó echándolo de menos.

El público argentino se quedó con las ganas de ver a Messi, a quien el entrenador prefirió dejar en la banca para poner a Cruz, de características totalmente diferentes, que hizo un olvidable partido. A Pekerman le faltó autoridad para ir a definir el partido.

Alemania se aferró al empate con uñas y dientes, consciente de que era la única manera de poder seguir con vida.

Y no le faltaba razón. Las manos de Jens Lehmann estaban ahí para tapar los penales de Ayala y Cambiasso, para devolverle el corazón a los alemanes y para demostrar que por ahora con eso le alcanza para seguir de pie. El examen de valentía y coraje ya lo aprobaron, ahora además tendrán que jugar al fútbol.


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