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Berlín espera que Copa cicatrice sus diferencias

La ciudad dividida por la Guerra Fría fue unificada en 1989 tras la eufórica caída del Muro de Berlín, pero las divisiones entre los ex comunistas del este y el enclave del capitalismo en el lado occidental todavía persisten.


Berlín, la ciudad alemana más grande con una población de 3,4 millones de habitantes, será la sede de la final del Mundial de fútbol el 9 de julio en el Olympiastadion, un honor que le fuera negado en 1974 cuando se realizó el torneo en suelo germano y fue Munich la que albergó el partido final.

La reunificada capital sufrió lo mejor y lo peor de la turbulenta historia alemana.

Relucientes torres de oficinas y modernizados barrios contrastan con los más antiguos edificios de paredes rotas, silenciosos testigos de las bombas y balazos de la Segunda Guerra Mundial.

La alta tasa de desempleo de Berlín, los bajos alquileres y la caída de los valores de las propiedades reflejan una débil economía subyacente que no deja traslucir la supuesta salud y poder que se muestran en los recientemente renovados barrios del gobierno o las lujosas zonas comerciales.

A diferencia de las capitales europeas como Londres o París que dominan sus países, Berlín enfrenta constantes desafíos de las ciudades provinciales, sensibilizadas por la centralización del poder en el período nazi, para competir por fondos, realización de eventos culturales y asentamiento de empresas.

La pérdida de varias industrias clave de antes de la guerra, como por ejemplo los bancos que se mudaron a Francfort o empresas como Siemens que se fueron a Munich, dejó brechas en la economía local y una deuda pública gigantesca.

Berlín, donde personas de los 31 países visitantes de la Copa del Mundo viven en un crisol mezclado con casi 180 naciones, se reunirá al menos en la emoción de los festejos por el torneo, en especial en los grandes espacios públicos en la Puerta de Brandemburgo.

La ciudad, imán para estudiantes, artistas, productores de cine y músicos, espera que el estímulo de la Copa del Mundo inyecte un nuevo optimismo que ayude a superar los problemas estructurales y su traumática historia.

"Es una oportunidad única para presentar a Berlín al mundo con noticias positivas", afirmó Klaus Wowereit, el popular alcalde de Berlín, el primero elegido luego de declararse homosexual.

"Los alemanes pueden no ser tan temperamentales o ponerse a bailar espontáneamente como en los climas mediterráneos, pero tenemos gente de 180 países. Es nuestra oportunidad de mostrar que somos una ciudad abierta al mundo. La diversidad cultural no es una amenaza, es nuestra ventaja", agregó.

Wowereit cree que el entusiasmo de los berlineses para festejar, una ruidosa multitud de más de un millón de personas se da cita cada víspera de Año Nuevo en los alrededores de la Puerta de Brandemburgo para participar de uno de los más grandes festejos del mundo, dejará una impresión duradera.

"Nuestro objetivo es estar a la altura de París o Londres", dijo.

Pero las divisiones entre este y oeste sobre política, posturas y otras áreas retornarán en septiembre, cuando las elecciones en la ciudad muestren al antiguo Partido Comunista como el más fuerte en Berlín oriental mientras que los partidos occidentales controlarán los distritos del oeste.

La mayor parte del Muro de Berlín fue demolida en las enloquecedoras semanas que siguieron a su caída en 1989, cuando las personas en el este y en el oeste arrojaron sus armas y comenzaron a abrazarse frente a la barrera de la Guerra Fría.

Las divisiones internas que quedaron atrás, sin embargo, parecen haberse profundizado en los últimos 17 años.

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