
ALEMANIA
Klinsmann cambió la mentalidad del tricampeón
Los resultados no acompañaron siempre en los meses previos al Mundial, pero Juergen Klinsmann, el entrenador de la selección alemana de fútbol, no modificó un ápice el "plan maestro" que delineó para alcanzar la gran meta que se impuso al asumir el equipo hace un año y medio: ser campeón en el Mundial de Alemania 2006.
No se trata de una mera ilusión, porque ganar es para Klinsmann una necesidad.
"El desafío es ganar, y más si se trata de un Mundial que se juega en casa. Para lograrlo, todos y cada uno de nosotros tenemos que asumir nuestras responsabilidades. La mía es la de convencer a los jugadores, a técnicos, a funcionarios y a los aficionados, convencerlos de que estamos en condiciones de ganar ese Mundial", es la explicación que ofrece Klinsmann.
Si fuera por el estado en el que se encontraba la selección alemana hace un año, la ambición de "Klinsi" podría haber sido calificada de quimera.
El orgulloso once alemán, que en el pecho de sus camisetas lleva el águila negra y las estrellas que lo identifican como tricampeón mundial (1954, 1974, 1990), andaba por los suelos, sin ánimos, falto de coraje y hundido en un mal fútbol que desembocó en una penosa eliminación en la Eurocopa de Portugal. Alemania estaba deprimida.
Alemania, con 80 millones de habitantes el más poblado de la Unión Europea, se enfrentaba a un dilema: como primer potencia económica del continente es capaz de organizar un Mundial perfecto, pero existía el peligro de un desastre deportivo.
Pero desde entonces todo cambió: Klinsmann, residente en California, llevó a Alemania un cambio de mentalidad, impuso su plan de trabajo "positivo", dio vuelta las anquilosadas estructuras de trabajo e impuso un nuevo esquema de juego del equipo. El semanario "Die Zeit" lo llamó "el Mesías rubio".
A diferencia de sus antecesores y la tradicional filosofía del fútbol alemán basada en la fuerza, el despliegue físico, la tarea defensiva y la búsqueda del pelotazo, el actual equipo intenta jugar un fútbol más moderno: toque de balón, rapidez mental para improvisar y crear, dominar al rival con calidad y no con fuerza.
Figura central del nuevo esquema es Michael Ballack, el creador, caudillo y capitán del equipo. "Es un jugador desequilibrante y por eso indispensable en el equipo", lo define Franz Beckenbauer, el "hombre fuerte" del fútbol alemán: "Un verdadero líder".
El flanco débil de Alemania es el que en el pasado siempre fue su columna vertebral: la defensa. La línea de cuatro en el fondo sigue sin convencer, y no hay nadie que se haya ganado la titularidad. Se va alternando un grupo de jóvenes, tanto en los puestos centrales como en los laterales. Peer Mertesacker, Philipp Lahm, Arne Friedrich, son casi todos grandes promesas que por momentos muestran un nivel excelente pero en otros ofrecen una gran inseguridad. Pero Klinsmann sigue apostando por la renovación. Sin embargo, a última hora parece haberse asustado ante tanto atrevimiento y por si las dudas rescató del olvido internacional al veterano Jens Nowotny, que no comparte sus ideario futbolístico pero le garantiza experiencia.
Tal vez el mayor problema que tuvo que resolver Klinsmann en la formación del equipo fue en realidad un lujo: tener dos guardavallas de primerísimo nivel y estar obligado a optar por uno como titular. El cuerpo técnico lo resolvió convocando primero a una rotación entre Jens Lehmann y Oliver Kahn, hasta entonces el indiscutido número uno. En abril, haciendo caso omiso a una gran campaña de presión del poderoso Bayern Múnich, el club de Kahn y el más influyente de la Bundesliga, Klinsmann volvió a hacer gala de su terquedad personal: designó como titular a Lehmann y le dio la camiseta con el 1 en el dorsal.
Y Klinsmann no otra muetsra más de su afán de sorprender. A último momento se sacó de la manga un as, con el que no contaba nadie. En la lista de los 23 elegidos apareció un nombre que estaba fuera de todo debate, pero ni por asomo, ya que David Odonkor, el delantero del Dortmund, no ha jugado ni un solo encuentro en la selección mayor y ni siquiera había sido invitado a los entrenamientos. Para darle lugar a Odonko, Klinsmann dejó de lado a Kevin Kuranyi.
Con un juego ofensivo y desenfadado el equipo se ganó el apoyo de la afición durante la Copa Confederaciones, el minimundial que se jugó en junio de 2005. Pero los resultados de los amistosos posteriores -derrotas ante Turquía o Eslovenia, empate con Francia y una pobre victoria ante China- hicieron menguar la confianza. La derrota ante Italia en marzo de este año por 4-1 fue un verdadero schock para el equipo y en el debate posterior se llegó incluso a cuestionar tanto el concepto como la posición de Klinsmann.
La crítica fundamental nació de la discrepancia entre las ambiciones ganadoras emanadas del optimismo decretado por "Klinsi" y la irreversible verdad de los resultados. El balance de la era Klinsmann es irregular, pero lo que más pesa de cara al Mundial es que Alemania no le pudo ganar a ninguno de los equipos "grandes" que enfrentó. Brasil, Argentina, Francia, Holanda o Italia: con alguno de ellos sin dudas se topará Alemania en el camino que se propone, y que espera que termine el 9 de julio, alzando la Copa del Mundo en el estadio Olímpico de Berlín. Pero la amenaza de lo opuesto es real y verdadera y se cierne como una sombra que no se quiere ver pero se sabe que está: ¿qué pasa si Alemania se topa con uno de los "grandes" en octavos de final?.