La mejor despedida  

El equipo de karate do salvadoreño le dijo adiós a Cartagena con la medalla de oro.

César Najarro
Publicada 27 de julio de 2006

Adiós a Cartagena. Inolvidable participación del karate do. Posan con la medalla dorada Ricardo Ayala, Aarón Pérez y William Serrano.

Llegaron con las manos vacías apenas el viernes 21 de julio, un día antes de las competiciones de kata individual y por equipo.

Y se fueron el martes 25 de los Juegos Centroamericanos y del Caribe con un oro y dos bronces.

El triunfo compartido fue celebrado con una cena en una de las tantas plazas rodeadas por cafés y restaurantes en la Ciudad Amurallada.

Carlos Galán, Emilio Barrillas, Héctor Paz, William Serrano, Aarón Pérez, Roberto Ortiz, Ricardo Ayala, Verónica Cárcamo, el entrenador Nelson Farías y el delegado Arnoldo Rivas festejaron con una sobria despedida los triunfos colectivos, rodeados de mimos, de bailes típicos, de vendedores de pulseras, de dibujantes, pintores, cantantes, actrices y actores.

Una que otra broma, una foto de Ricardo con una mesera, a quien le quedó debiendo un pin que prometió; unas caricaturas que Aarón se sacó en el momento para el recuerdo; saludos de la gente que preguntaba si las medallas de oro eran del metal verdadero y que les invitaban a regresar.

Unas fotos con la india Catalina, símbolo de la ciudad; otra en las angostas calles con sus trofeos en la mano, incluida previa reparación de la William, que se daño.

Todo era válido para llenar la caja de la memoria con una última fotografía mental del lugar donde dejaron más que sangre y sudor por su país. “Mejor de este lado, se me ve el ojo morado todavía”, dijo el campeón en katas por equipo y tercer lugar en kumite por equipos y kumite individual, Serrano, a la hora de las fotos.

Fue la despedida, pero no con un adiós, sino con un hasta siempre. Porque Cartagena se quedó en la mente de estos atletas que se llevaron un pedazo de la ciudad en las maletas, no por las postales que les regalaron en el restaurante, sino por el trabajo que dejaron y que les valió el aplauso de propios y extraños.


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