La festividad del Salvador del Mundo
Las fechas más importantes para la ciudadanía capitalina y salvadoreña han llegado, pues se celebra la semana dedicada al Santo Patrono de El Salvador
Carlos Cañas Dinarte
El Diario de Hoy
Publicada 5 de agosto 2006
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| Foto EDH |
Es el sexto día de agosto del año de Nuestro Señor de 1528. El lugar es un pequeño poblado situado al sur de la actual ciudad de Suchitoto, donde en 1528 fue reasentada la villa española de San Salvador, fundada tres años antes por Pedro de Alvarado y puesta bajo la advocación divina de la Santísima Trinidad.
Frente a un grupo de moradores, ibéricos e indígenas, el cura Francisco Ximénez oficia una misa a campo abierto, para conmemorar la Transfiguración de Jesucristo en el Monte Tabor, ocasión narrada en los escritos neotestamentarios de la Biblia, cuando los discípulos del carpintero galileo tuvieron oportunidad de verlo rodeado de luz, acompañado por Elías y Moisés, en una demostración plena de su vinculación terrestre y celestial.
Esa ceremonia religiosa de los sansalvadoreños envuelta entre los cánticos y rezos de la gente, el humear de las velas, el olor a inciensos, el tañido de una campana y la explosión de cohetes en lo alto de los cielos. Así, la población y el sacerdote cumplen con las disposiciones litúrgicas establecidas en 1457 por Su Santidad Calixto III, quien ordenó que la Transfiguración fuera celebrada con solemnidad cristiana el seis de agosto de cada año.
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| La antigua Catedral. Fachada del antiguo templo que estuvo ubicado en el corazón de la ciudad. Foto EDH |
En 1530 tomó posesión de la parroquia el presbítero Antonio González, quien dirigió los trabajos de edificación del templo de La Trinidad en el valle español de La Bermuda-Ciudad Vieja. En los siguientes tres lustros, este fue el lugar ocupado por las familias de los colonizadores hispanos y sus auxiliares indígenas para la celebración de las fiestas dedicadas al Salvador del Mundo, uno de los seres celestiales componentes de la Santísima Tríada.
Del siglo XVI al XVIII
Las celebraciones católicas de la villa de San Salvador fueron mezcladas con la ceremonia de exhibición del Pendón Real, estandarte representativo del imperio ibérico que cada cinco y seis de agosto era sacado de las instalaciones del cabildo (alcaldía) y paseado por las calles polvorientas, con gran pompa y lucido acompañamiento de caballería con el propósito de que las personas renovaran sus votos de fidelidad al supremo monarca de España y América.
Detrás de los portadores y acompañantes principales del Pendón Real, los residentes indianos del barrio de Mejicanos portaban la espada de Pedro de Alvarado, legada por el conquistador extremeño a esas huestes para rendirles agradecimiento por su apoyo prestado en las cruentas batallas contra los aborígenes guatemaltecos y cuzcatlecos.
Así, los festejos dedicados a España y al Salvador del Mundo abarcaban los días cinco y seis de cada octavo mes del año y revelaban la unión existente entre los poderes terrenales y celestiales que regían a esta porción del Nuevo Mundo. Aunque las actividades de júbilo y alegría popular y gubernamental estaban centradas en la víspera, la misa solemne era desarrollada el día seis en la Iglesia Parroquial, construida al oriente de la Plaza de Armas (hoy Plaza Libertad) del tercer asentamiento de San Salvador.
Desde el altar mayor de ese templo una pesada escultura del Salvador del Mundo, donada por Su Majestad Imperial Carlos V de Alemania y I de España, contemplaba el paso del tiempo entre aquellas personas y calles, sin esperanza alguna de que sus más de dos toneladas fueran alzadas en hombros y sacadas a recorrer los vericuetos de aquella creciente urbe española en tierra salvadoreña.
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Doscientos cincuenta años después el sacerdote Isidro Sicilia encargó esculpir y pintar una imagen portátil del Salvador del Mundo al más notable y hábil escultor, grabador, pintor y dorador de imágenes de toda la región, Silvestre Antonio García. En 1777 una nueva imagen del Salvador del Mundo fue colocada en el altar mayor de la Iglesia Parroquial de la capital provincial. Así surgió el “Colocho”, escultura denominada por el pueblo, en 1808, después de la muerte de García quien había patrocinado las fiestas.
En 1910 la celebración agostina principal fue la representación del Monte Tabor en el atrio de la Iglesia Parroquial. Para 1811, un año convulso por los ánimos independentistas reinantes, fue construido un carro modesto, de madera, tirado por bueyes y adornado con papeles de colores y muchas flores, entre las que se colocó al “Colocho” y se le llevó a recorrer las calles.
Al final del recorrido, frente a la Iglesia Parroquial y la Plaza de Armas, se produjo por primera vez la “Bajada” o cambio de ropas para el Cristo transfigurado. Así se dio origen a un ritual que perduró hasta 1999, cuando el momento de la “Bajada” fue trasladado a la fachada de la nueva Catedral Metropolitana, al norte de la Plaza Barrios. ¿Los festejos son sólo para San Salvador?
Un decreto ejecutivo del 24 de junio de 1905 elevó las fiestas patronales de San Salvador a la categoría de feria, lo cual permitió que, entre el 1 y el 6 de agosto, se diera una mayor solemnidad y capacidad comercial en la capital salvadoreña.
Dieciséis años más tarde, las fiestas titulares de la ciudad capital revistieron un carácter especial, debido a la cercanía de las fechas conmemorativas del primer centenario de la Independencia Centroamericana. Durante la misa pontifical del seis de agosto de 1921, fue interpretado en la nave central de la segunda Catedral Metropolitana (1888-1951) un Himno al Salvador del Mundo, cuya letra y música fueron escritas, respectivamente, por el poeta Belisario Calderón y por el filarmónico Pedro J. Guillén. Dedicada al Arzobispo capitalino, Monseñor Adolfo Pérez y Aguilar.
Dos años después, un acuerdo ejecutivo del 23 de junio de 1923 declaraba que las fiestas titulares de San Salvador deben ser consideradas, en el futuro, como Feria Nacional de El Salvador, pues están dedicadas al patrono religioso de todo el país, efigie símbolo que ha merecido un monumento en la Plaza de las Américas –inaugurado en diciembre de 1942 y dañado por el terremoto del 10 de octubre de 1986–, emisiones de sellos y tarjetas postales, recuerdos religiosos y hasta un espacio azul en las nuevas placas de los automóviles salvadoreños.
Para esa segunda década del siglo XX y las posteriores, las fiestas agostinas revestían ya una combinación de elementos religiosos, comerciales y mundanos, envueltos en las alboradas, mascaradas, carrozas de flores y bellas mengalas, y más.
Los enmascarados conocidos como los “viejos de agosto” anunciaban la apertura de la semana de fiestas mediante el tradicional Correo, en sustitución de la alegoría de Mercurio, el alado mensajero de los dioses griegos, que fue el anunciador de las festividades durante buena parte del siglo XIX.
Los catalanes Félix Olivella –padre, hijo y nieto, dueños de un céntrico almacén, “El Chichimeco”– brindaban alegría a los chiquillos y adultos capitalinos, al financiar anualmente a las personas que encarnaban a “El Chichimeco”, un personaje cuyo atuendo era de ropa brillante, verde y roja, zapatos puntiagudos, alto cucurucho carmesí y espada de palo pintada de color plateado. Actuaba únicamente durante el día del Barrio San Esteban y era una copia en grande de una figura que se encontraba en uno de los escaparates de esa casa comercial. Su salida se constituía en una verdadera fiesta popular, pues se hacía querer de la chiquillería con sus saltos, muecas, gritos y carreras.
Para fines del siglo XX e inicios de la vigesimoprimera centuria, los festejos agostinos tienen un largo trecho histórico. Han sobrevivido a pestes, luchas nacionales e internacionales, a la secularización progresiva de la sociedad… pero se ven amenazadas con severidad por el bayunquismo, la falta de gusto estético, la ramplonería y el oportunismo.
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