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“Murió como un Santo”

Misión. Don Roberto Simán Jacir fue embajador de El Salvador ante el Vaticano por 12 años. Asistió a los funerales de Juan Pablo II y este es su testimonio de la ceremonia

“Vi de cerca cómo envejecía, pero siempre lúcido, dándonos doctrina. Con que énfasis nos repetía el ¡No tengáis miedo!”. Foto: EDH/AP

Agencias Internacionales
El Diario de Hoy

El jueves 7 de abril viajábamos a Roma para asistir al funeral de nuestro querido Santo Padre. Sentimientos de profunda tristeza me embargaban durante el largo viaje al recordar mi primer encuentro con Juan Pablo II, cuando apenas a una semana del inicio de su pontificado, en octubre de 1978, nos recibió en audiencia privada a los matrimonios que asistimos al III Congreso Internacional de la Familia que se clausuraba ese día.

Nos recordó que los padres de familia somos los primeros y principales educadores de los hijos, a quienes hemos dado la vida, lo cual es un derecho natural y nos pidió que cumpliéramos bien nuestro “difícil ministerio” de educadores.

Luego, dijo: “Ustedes son corresponsables con el Papa por el futuro de la Iglesia y de la humanidad, porque el futuro de la Iglesia y de la humanidad nace y crece en la familia”.

Al ser nombrado por el Gobierno de El Salvador en noviembre de 1991 como Embajador ante la Santa Sede –cargo que ocupé hasta el 31 de octubre de 2004– tuve muchísimas oportunidades de estar con él, de rezar con él, de recibir sus enseñanzas, de apreciar y admirar su abnegada y fiel entrega. ¡Cómo valoraba su vocación sacerdotal!

Vi de cerca cómo se envejecía, pero siempre lúcido dándonos doctrina. Siempre pensé que era el Espíritu Santo quien hablaba por él. Con qué énfasis nos animaba y nos repetía el ¡no tengáis miedo! Qué fe y que devoción de ese gran hombre, a quien ya se le llama Juan Pablo el Grande.

Tributo

En las escalas intermedias del viaje, millares de jóvenes con sus mochilas al hombro subían presurosos a los aviones que iban a Roma. En la última etapa de nuestro vuelo, en París, subió a bordo el señor Presidente de Honduras (Ricardo Maduro) y las delegaciones de Cuba y del Congo.

En cuanto llegamos a Roma nos apresuramos a ir a la Basílica de San Pedro para lograr rezar ante los restos del Santo Padre, que aún se encontraban ante el altar mayor, bajo el cual descansan los restos de San Pedro, el primer Papa.

Ya el acceso estaba cerrado al público, pero tuvimos la dicha de poder rezar al lado de sus más fieles servidores: Monseñores Estanislao Dziwisz –su fiel secretario privado– y Monseñor Piero Marini, maestro de las celebraciones litúrgicas Pontificias–.

No pude contener las lágrimas al recordar el día reciente –el 14 de octubre– en que le di un par de besos durante la audiencia privada que me concedió –acompañado de mi familia– con ocasión de mi retiro como Embajador, después de doce años de servicio.

El viernes 8 de abril, muy de mañana, llegamos al Vaticano para asistir a la misa de cuerpo presente. La primera Dama de El Salvador, Ligia de Saca, fue ubicada muy cerca de los jefes de Estado y los otros dos miembros de la delegación, el Canciller, Lic. Francisco Laínez, y el ministro de Gobernación, Lic. René Figueroa, ocuparon otro sitio de honor en la misma plataforma superior con los dignatarios asistentes. Los acompañantes fuimos ubicados en la parte de abajo, muy cerca de la estatua de San Pablo.

Los gentiles hombres que asistían a los del protocolo insistían en llevarme al sitio en primera fila del cuerpo diplomático, que en el pasado me correspondía por mi antigüedad en el servicio. Finalmente, acepté que me ubicaran en segunda fila, pero con el público, explicándoles que ya yo había cesado en mi servicio como embajador.

Oraciones

La ceremonia fue imponente. El cuerpo del Santo Padre había sido colocado en un ataúd de madera de ciprés, mientras el coro entonaba el Salmo 41 “Como el ciervo anhela la fuente de agua, así mi alma te anhela a ti, oh Dios”.

Llevaron el féretro a la plaza y lo colocaron en el suelo, sobre una alfombra frente al altar. Sobre el ataúd se colocó una Biblia.

Durante la ceremonia soplaba un fuerte viento que agitaba las capas rojas de los cardenales y pasaba rápidamente las páginas del libro abierto sobre el ataúd. Me pareció que pasaban las hojas del libro de su vida.

Presidió la celebración el Cardenal Joseph Ratzinger, decano del Colegio de los Cardenales, acompañado de los Purpurados y de los Patriarcas de las Iglesias Orientales. El coro cantó el Salmo 64 y luego se rezó el penintencial, Confiter Deo…

La Primera Lectura tomada de los Hechos de los Apóstoles se leyó en castellano, seguida del Salmo Responsorial número 22. La Segunda, la carta de San Pablo a los Filipenses, se leyó en inglés. El Evangelio fue el de San Juan, Capítulo 21, versículos 15 al 19, en el que el Señor le pregunta tres veces a Simón Pedro que si lo ama y luego le da el encargo de apasentar sus ovejas y apasentar su rebaño. Diciéndole luego el ¡Sígueme!

El Cardenal Ratzinger en su homilía manifestó que el “sígueme” que le dijo Cristo a Pedro puede ser considerado la llave para comprender el mensaje que nos llega de la vida de nuestro querido Papa Juan Pablo II.

Sabemos cómo Pedro le siguió y también hemos comprobado cómo Juan Pablo II también le siguió fielmente.

Peticiones

Resonó luego el canto del Credo y a continuación siguieron las preces universales: La primera, en francés, fue por el Papa; la segunda, en Swahili, por la Iglesia; la tercera, en filipino, por los pueblos de todas las naciones; la cuarta, en polaco, por el alma del Pontífice Romano y de los sacerdotes; la quinta, en alemán, por los fieles difuntos; y la sexta, en portugués por los presentes en esa misa.

Muchísimos sacerdotes se desplazaron por la plaza y las calles vecinas llevando la Comunión a los fieles. Luego se rezó en silencio y el Cardenal Vicario de la Diócesis de Roma se colocó frente al féretro y los cantores entonaron las letanías de los santos.

Después rodearon el ataúd los Patriarcas, los Arzobispos Mayores y los Metropolitanos de la Iglesia Metropolitana Oriental Católica y entonaron la súplica de la Iglesia Oriental, según el Oficio de Difuntos de la Liturgia Bizantina, mientras inciensaban el féretro.

Al canto del Magnificat, el ataúd fue llevado a la Gruta Vaticana en donde se procedió al entierro, en la tierra, como había sido su deseo.

Los aplausos tronaban repetidamente, el público silencioso enarbolaba banderas de diversos países y se exhibían pancartas que decían: Santo súbito–Santo ya.

Sabemos que vivió y murió como un Santo y está ya en el cielo. Le pedimos favores, contamos con su ayuda y esperamos que la Santa Iglesia inicie prontamente su causa de beatificación, para que podamos tener la alegría de verlo en los altares.

 

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