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"¡Haz que seamos un solo pastor y una sola grey!"
Texto
completo de la homilía pronunciada por Benedicto XVI, la
primera de su Pontificado:
El Diario de Hoy
Señores Cardenales,
venerables Hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, distinguidas
Autoridades y Miembros del Cuerpo diplomático, queridos Hermanos
y Hermanas.
Por tres veces nos ha acompañado en estos días tan
intensos el canto de las letanías de los santos: durante
los funerales de nuestro Santo Padre Juan Pablo II; con ocasión
de la entrada de los Cardenales en Cónclave, y también
hoy, cuando las hemos cantado de nuevo con la invocación:
Tu illum adiuva, asiste al nuevo sucesor de San Pedro. He oído
este canto orante cada vez de un modo completamente singular, como
un gran consuelo.
¡Cómo nos hemos sentido abandonados tras el fallecimiento
de Juan Pablo II! El Papa que durante 26 años ha sido nuestro
pastor y guía en el camino a través de nuestros tiempos.
El cruzó el umbral hacia la otra vida, entrando en el misterio
de Dios. Pero no dio este paso en solitario.
Quien cree, nunca está solo; no lo está en la vida
ni tampoco en la muerte. En aquellos momentos hemos podido invocar
a los santos de todos los siglos, sus amigos, sus hermanos en la
fe, sabiendo que serían el cortejo viviente que lo acompañaría
en el más allá, hasta la gloria de Dios. Nosotros
sabíamos que allí se esperaba su llegada. Ahora sabemos
que él está entre los suyos y se encuentra realmente
en su casa.
Hemos sido consolados de nuevo realizando la solemne entrada en
cónclave para elegir al que el Dios había escogido.
¿Cómo podíamos reconocer su nombre? ¿Cómo
115 Obispos, procedentes de todas las culturas y países,
podían encontrar a quien Dios quería otorgar la misión
de atar y desatar? Una vez más, lo sabíamos; sabíamos
que no estamos solos, que estamos rodeados, guiados y conducidos
por los amigos de Dios.
Y ahora, en este momento, yo, débil siervo de Dios, he de
asumir este cometido inaudito, que supera realmente toda capacidad
humana. ¿Cómo puedo hacerlo? ¿Cómo seré
capaz de llevarlo a cabo? Todos vosotros, queridos amigos, acabáis
de invocar a toda la muchedumbre de los santos, representada por
algunos de los grandes nombres de la historia que Dios teje con
los hombres.
De este modo, también en mí se reaviva esta conciencia:
no estoy solo. No tengo que llevar yo solo lo que, en realidad,
nunca podría soportar yo solo. La muchedumbre de los santos
de Dios me protege, me sostiene y me conduce. Y me acompañan,
queridos amigos, vuestra indulgencia, vuestro amor, vuestra fe y
vuestra esperanza.
En efecto, a la comunidad de los santos no pertenecen sólo
las grandes figuras que nos han precedido y
cuyos nombres conocemos. Todos nosotros somos la comunidad de los
santos; nosotros, bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y
del Espíritu Santo; nosotros, que vivimos del don de la carne
y la sangre de Cristo, por medio del cual quiere transformarnos
y hacernos semejantes a sí mismo.
Sí, la Iglesia está viva; ésta es la maravillosa
experiencia de estos días. Precisamente en los tristes días
de la enfermedad y la muerte del Papa, algo se ha manifestado de
modo maravilloso ante nuestros ojos: que la Iglesia está
viva. Y la Iglesia es joven. Ella lleva en sí misma el futuro
del mundo y, por tanto, indica también a cada uno de nosotros
la vía hacia el futuro.
La Iglesia está viva y nosotros lo vemos: experimentamos
la alegría que el Resucitado ha prometido a
los suyos. La Iglesia está viva; está viva porque
Cristo está vivo, porque él ha resucitado verdaderamente.
En el dolor que aparecía en el rostro del Santo Padre en
los días de Pascua, hemos contemplado el misterio de la pasión
de Cristo y tocado al mismo tiempo sus heridas. Pero en todos estos
días también hemos podido tocar, en un sentido profundo,
al Resucitado. Hemos podido experimentar la alegría que él
ha prometido, después de un breve tiempo de oscuridad, como
fruto de su resurrección.
La Iglesia está viva: de este modo saludo con gran gozo y
gratitud a todos vosotros que estáis aquí reunidos,
venerables Hermanos Cardenales y Obispos, queridos sacerdotes, diáconos,
agentes de pastoral y catequistas. Os saludo a vosotros, religiosos
y religiosas, testigos de la presencia transfigurante de Dios. Os
saludo a vosotros, fieles laicos, inmersos en el gran campo de la
construcción del Reino de Dios que se expande en el mundo,
en cualquier manifestación de la vida.
El saludo se llena de afecto al dirigirlo también a todos
los que, renacidos en el sacramento del Bautismo, aún no
están en plena comunión con nosotros; y a vosotros,
hermanos del pueblo hebreo, al que estamos estrechamente unidos
por un gran patrimonio espiritual común, que hunde sus raíces
en las irrevocables promesas de Dios. Pienso, en fin -casi como
una onda que se expande- en todos los hombres de nuestro tiempo,
creyentes y no creyentes.
¡Queridos amigos! En este momento no necesito presentar un
programa de gobierno. Algún rasgo de lo que considero mi
tarea, la he podido exponer ya en mi mensaje del miércoles,
20 de abril; no faltarán otras ocasiones para hacerlo. Mi
verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir
mis propias ideas, sino de ponerme, junto con toda la Iglesia, a
la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme
conducir por El, de tal modo que sea él mismo quien conduzca
a la Iglesia en esta hora de nuestra historia.
En lugar de exponer un programa, desearía más bien
intentar comentar simplemente los dos signos con los que se representa
litúrgicamente el inicio del Ministerio Petrino; por lo demás,
ambos signos reflejan también exactamente lo que se ha proclamado
en las lecturas de hoy.
El primer signo es el palio, tejido de lana pura, que se me pone
sobre los hombros. Este signo antiquísimo, que los Obispos
de Roma llevan desde el siglo IV, puede ser considerado como una
imagen del yugo de Cristo, que el Obispo de esta ciudad, el Siervo
de los Siervos de Dios, toma sobre sus hombros. El yugo de Dios
es la voluntad de Dios que nosotros acogemos. Y esta voluntad no
es un peso exterior, que nos oprime y nos priva de la libertad.
Conocer lo que Dios quiere, conocer cuál es la vía
de la vida, era la alegría de Israel, su gran privilegio.
Esta es también nuestra alegría: la voluntad de Dios,
en vez de alejarnos de nuestra propia identidad, nos purifica -
quizás a veces de manera dolorosa - y nos hace volver de
este modo a nosotros mismos. Y así, no servimos solamente
El, sino también a la salvación de todo el mundo,
de toda la historia.
En realidad, el simbolismo del Palio es más concreto aún:
la lana de cordero representa la oveja perdida, enferma o débil,
que el pastor lleva a cuestas para conducirla a las aguas de la
vida. La parábola de la oveja perdida, que el pastor busca
en el desierto, fue para los Padres de la Iglesia una imagen del
misterio de Cristo y de la Iglesia. La humanidad - todos nosotros
- es la oveja descarriada en el desierto que ya no puede encontrar
la senda.
El Hijo de Dios no consiente que ocurra esto; no puede abandonar
la humanidad a una situación tan miserable. Se alza en pie,
abandona la gloria del cielo, para ir en busca de la oveja e ir
tras ella, incluso hasta la cruz. La pone sobre sus hombros, carga
con nuestra humanidad, nos lleva a nosotros mismos, pues El es el
buen pastor, que ofrece su vida por las ovejas.
El Palio indica primeramente que Cristo nos lleva a todos nosotros.
Pero, al mismo tiempo, nos invita a llevarnos unos a otros. Se convierte
así en el símbolo de la misión del pastor del
que hablan la segunda lectura y el Evangelio de hoy. La santa inquietud
de Cristo ha de animar al pastor: no es indiferente para él
que muchas personas vaguen por el desierto.
Y hay muchas formas de desierto: el desierto de la pobreza, el desierto
del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la soledad,
del amor quebrantado. Existe también el desierto de la oscuridad
de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia
de la dignidad y del rumbo del hombre. Los desiertos exteriores
se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos
interiores.
Por eso, los tesoros de la tierra ya no están al servicio
del cultivo del jardín de Dios, en el que todos puedan vivir,
sino subyugados al poder de la explotación y la destrucción.
La Iglesia en su conjunto, así como sus Pastores, han de
ponerse en camino como Cristo para rescatar a los hombres del desierto
y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo
de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud.
El símbolo del cordero tiene todavía otro aspecto.
Era costumbre en el antiguo Oriente que los reyes se llamaran a
sí mismos pastores de su pueblo. Era una imagen de su poder,
una imagen cínica: para ellos, los pueblos eran como ovejas
de las que el pastor podía disponer a su agrado. Por el contrario,
el pastor de todos los hombres, el Dios vivo, se ha hecho él
mismo cordero, se ha puesto de la parte de los corderos, de los
que son pisoteados y sacrificados.
Precisamente así se revela El como el verdadero pastor: "Yo
soy el buen pastor (...). Yo doy mi vida por las ovejas", dice
Jesús de sí mismo (Jn 10, 14s.). No es el poder lo
que redime, sino el amor. Este es el distintivo de Dios: El mismo
es amor. ¡Cuántas veces desearíamos que Dios
se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara
el mal y creara un mundo mejor. Todas las ideologías del
poder se justifican así, justifican la destrucción
de lo que se opondría al progreso y a la liberación
de la humanidad.
Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no obstante, todos
necesitamos su paciencia. El Dios, que se ha hecho cordero, nos
dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores.
El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la
impaciencia de los hombres.
Una de las características fundamentales del pastor debe
ser amar a los hombres que le han sido confiados, tal como ama Cristo,
a cuyo servicio está. "Apacienta mis ovejas", dice
Cristo a Pedro, y también a mí, en este momento. Apacentar
quiere decir amar, y amar quiere decir también estar dispuestos
a sufrir.
Amar significa dar el verdadero bien a las ovejas, el alimento de
la verdad de Dios, de la palabra de Dios; el alimento de su presencia,
que él nos da en el Santísimo Sacramento. Queridos
amigos, en este momento sólo puedo decir: rogad por mí,
para que aprenda a amar cada vez más al Señor.
Rogad por mí, para que aprenda a querer cada vez más
a su rebaño, a vosotros, a la Santa Iglesia, a cada uno de
vosotros, tanto personal como comunitariamente. Rogad por mí,
para que, por miedo, no huya ante los lobos. Roguemos unos por otros
para que sea el Señor quien nos lleve y nosotros aprendamos
a llevarnos unos a otros.
El segundo signo con el cual la liturgia de hoy representa el comienzo
del Ministerio Petrino es la entrega del anillo del pescador. La
llamada de Pedro a ser pastor, que hemos oído en el Evangelio,
viene después de la narración de una pesca abundante;
después de una noche en la que echaron las redes sin éxito,
los discípulos vieron en la orilla al Señor resucitado.
El les manda volver a pescar otra vez, y he aquí que la red
se llena tanto que no tenían fuerzas para sacarla; había
153 peces grandes y, "aunque eran tantos, no se rompió
la red" (Jn 21, 11). Este relato al final del camino terrenal
de Jesús con sus discípulos, se corresponde con uno
del principio: tampoco entonces los discípulos habían
pescado nada durante toda la noche; también entonces Jesús
invitó a Simón a remar mar adentro. Y Simón,
que todavía no se llamaba Pedro, dio aquella admirable respuesta:
"Maestro, por tu palabra echaré las redes".
Se le confió entonces la misión: "No temas, desde
ahora serás pescador de hombres" (Lc 5, 1.11). También
hoy se dice a la Iglesia y a los sucesores de los apóstoles
que se adentren en el mar de la historia y echen las redes, para
conquistar a los hombres para el Evangelio, para Dios, para Cristo,
para la vida verdadera.
Los Padres han dedicado también un comentario muy particular
a esta tarea singular. Dicen así: para el pez, creado para
vivir en el agua, resulta mortal sacarlo del mar. Se le priva de
su elemento vital para convertirlo en alimento del hombre. Pero
en la misión del pescador de hombres ocurre lo contrario.
Los hombres vivimos alienados, en las aguas saladas del sufrimiento
y de la muerte; en un mar de oscuridad, sin luz. La red del Evangelio
nos rescata de las aguas de la muerte y nos lleva al resplandor
de la luz de Dios, en la vida verdadera. Así es, efectivamente:
en la misión de pescador de hombres, siguiendo a Cristo,
hace falta sacar a los hombres del mar salado por todas las alienaciones
y llevarlo a la tierra de la vida, a la luz de Dios.
Así es, en verdad: nosotros existimos para enseñar
Dios a los hombres. Y únicamente donde se ve a Dios, comienza
realmente la vida. Sólo cuando encontramos en Cristo al Dios
vivo, conocemos lo que es la vida. No somos el producto casual y
sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto
de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada
uno es amado, cada uno es necesario. Nada hay más hermoso
que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo.
Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad
con él. La tarea del pastor, del pescador de hombres, puede
parecer a veces gravosa. Pero es gozosa y grande, porque en definitiva
es un servicio a la alegría, a la alegría de Dios
que quiere hacer su entrada en el mundo.
Quisiera ahora destacar todavía una cosa: tanto en la imagen
del pastor como en la del pescador, emerge de manera muy explícita
la llamad a la unidad. "Tengo , además, otras ovejas
que no son de este redil; también a ésas las tengo
que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño,
un solo Pastor" (Jn 10, 16), dice Jesús al final del
discurso del buen pastor.
Y el relato de los 153 peces grandes termina con la gozosa constatación:
"Y aunque eran tantos, no se rompió la red" (Jn
21, 11). ¡Ay de mí, Señor amado! ahora la red
se ha roto, quisiéramos decir doloridos. Pero no, ¡no
debemos estar tristes! Alegrémonos por tu promesa que no
defrauda y hagamos todo lo posible para recorrer el camino hacia
la unidad que tú has prometido. Hagamos memoria de ella en
la oración al Señor, como mendigos; sí, Señor,
acuérdate de lo que prometiste.
¡Haz que seamos un solo pastor y una sola grey! ¡No
permitas que se rompa tu red y ayúdanos a ser servidores
de la unidad!
En este momento mi recuerdo vuelve al 22 de octubre de 1978, cuando
el Papa Juan Pablo II inició su ministerio aquí en
la Plaza de San Pedro. Todavía, y continuamente, resuenan
en mis oídos sus palabras de entonces: "¡No temáis!
¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las
puertas a Cristo!" El Papa hablaba a los fuertes, a los poderosos
del mundo, los cuales tenían miedo de que Cristo pudiera
quitarles algo de su poder, si lo hubieran dejado entrar y hubieran
concedido la libertad a la fe.
Sí, él ciertamente les habría quitado algo:
el dominio de la corrupción, del quebrantamiento del derecho
y de la arbitrariedad. Pero no les habría quitado nada de
lo que pertenece a la libertad del hombre, a su dignidad, a la edificación
de una sociedad justa. Además, el Papa hablaba a todos los
hombres, sobre todo a los jóvenes.
¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo - si dejamos
entrar a Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente
a él-, miedo de que él pueda quitarnos algo de nuestra
vida? ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande,
único, que hace la vida más bella? ¿No corremos
el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y vernos privados
de la libertad? Y todavía el Papa quería decir: ¡no!
quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada -absolutamente nada
- de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo
con esta amistad se abren las puertas de la vida.
Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades
de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos
lo que es bello y lo que nos libera. Así, hoy, yo quisiera,
con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia
de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes:
¡No tengáis miedo de Cristo! El no quita nada, y lo
da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí,
abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis
la verdadera vida. Amén
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