Juan Pablo, el Grande
Texto íntegro de la homilía que pronunció el cardenal Angelo Sodano en la misa de sufragio por Juan Pablo II, que presidió en la plaza de San Pedro del Vaticano, en la mañana de este Domingo de la Divina Misericordia.
Agencias
| Los cardenales Giacomo Biffi, Angelo Sodano y Joseph Raitzinger, dirigieron los actos religiosos. |
Venerados concelebrantes, distinguidas autoridades, hermanos y hermanas en
el Señor.
El canto del Aleluya resuena hoy más solemnemente que nunca.
Es el segundo domingo de Pascua. Es el domingo «in albis», la fiesta
de los vestidos blancos de nuestro bautismo. Es el domingo de la Divina Misericordia,
como cantamos en el Salmo 117: «Cantad al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia
».
Es verdad. Nuestro espíritu está sacudido por un hecho doloroso:
nuestro padre y pastor, Juan Pablo II, nos ha dejado. Sin embargo, durante más
de veinte años siempre nos invitó a mirar a Cristo, única
razón de nuestra esperanza.
Durante más de 26 años, ha llevado a todas las plazas del mundo
el Evangelio de la esperanza cristiana, enseñando a todos que nuestra
muerte no es más que un paso hacia la patria del cielo.
Allí está nuestro destino eterno, donde nos espera Dios, nuestro
Padre.
El dolor del cristiano se transforma inmediatamente en una actitud de profunda
serenidad. Ésta nos viene de la fe en Aquél que dijo: «Yo
soy la resurrección El que cree en mí, aunque muera, vivirá;
y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás»
(Cf. Juan 11,25-26).
Ciertamente el afecto por las personas queridas nos lleva a derramar lágrimas
de dolor, en el momento de la separación, pero sigue siendo actual el
llamamiento que ya dirigía el apóstol Pablo a los cristianos de
Tesalónica, cuando les invitaba a no entristecerse «como quienes
no tienen esperanza», «sicut coeteri, qui spem non habent»
(1 Tesalonicenses 4, 13).
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Hermanos, la fe nos invita a alzar la cabeza y a mirar lejos, ¡a mirar
hacia lo alto! De este modo, mientras hoy lloramos el hecho de que el Papa nos
ha dejado, abramos el corazón a la visión de nuestro destino eterno.
En las misas por los difuntos, hay una bella frase del prefacio: «no se
nos quita la vida, se transforma», «vita mutatur, non tollitur».
Y, ¡al destruirse la morada terrena, se construye otra en el cielo!
Se explica así la alegría del cristiano en todo momento de la
propia vida. Sabe que, por más pecador que sea, a su lado siempre está
la misericordia de Dios Padre que le espera. Este es el sentido de la fiesta
de la Divina Misericordia de este día, instituida precisamente por el
difunto Papa Juan Pablo II para subrayar este aspecto tan consolador del misterio
cristiano.
En este Domingo sería conmovedor releer una de sus encíclica más
bellas, la «Dives in misericordia», que nos ofreció ya en
1980, en el tercer año de su pontificado. Entonces el Papa nos invitaba
a contemplar al «Padre de las misericordias y Dios de toda consolación,
que nos consuela en toda tribulación» (Cf. 2 Corintios 1,3-4).
En la misma encíclica, Juan Pablo II nos invitaba a mirar a María,
la Madre de la Misericordia, que durante la visita a Isabel, alababa al Señor
exclamando: «su misericordia se extiende de generación en generación»
(Cf. Lucas 1, 50).
Nuestro querido Papa también hizo un llamamiento después a la
Iglesia a ser casa de la misericordia para acoger a todos aquellos que tienen
necesidad de ayuda, de perdón y de amor. Cuántas veces repitió
el Papa en estos 26 años que las relaciones mutuas entre los hombres
y los pueblos no se pueden basar sólo en la justicia, sino que tienen
que ser perfeccionadas por el amor misericordioso, que es típico del
mensaje cristiano.
Juan Pablo II, o más bien, Juan Pablo II el Grande, se convierte así
en el heraldo de la civilización del amor, viendo en este término
una de las definiciones más bellas de la «civilización cristiana».
Sí, la civilización cristiana es civilización del amor,
diferenciándose radicalmente de esas civilizaciones del odio que fueron
propuestas por el nacimos y el comunismo.
En la vigilia del Domingo de la Divina Misericordia pasó el Ángel
del Señor por el Palacio Apostólico Vaticano y le dijo a su siervo
bueno y fiel: «entra en el gozo de tu Señor» (Cf. Mateo 25,
21).
Que desde el cielo vele siempre por nosotros y nos ayude a «cruzar el
umbral de la esperanza» del que tanto nos había hablado.
Que este mensaje suyo permanezca siempre grabado en el corazón de los
hombres de hoy. A todos, Juan Pablo II les repite una vez más las palabras
de Cristo: «El Hijo del Hombre no ha venido para juzgar al mundo, sino
para que el mundo se salve por él» (Cf. Juan 3, 17).
Juan Pablo II difundió en el mundo este Evangelio de salvación,
invitando a toda la Iglesia a agacharse ante el hombre de hoy para abrazarle
y levantarle con amor redentor. ¡Recojamos el mensaje de quien nos ha
dejado y fructifiquémoslo para la salvación del mundo!
Y a nuestro inolvidable padre, nosotros le decimos con las palabras de la Liturgia:
«¡Que los ángeles te lleven al paraíso!», «In
Paradisum deducant te Angeli»!
Que un coro festivo te acoja y te conduzca a la Ciudad Santa, la Jerusalén
celestial, para que tengas un descanso eterno.
¡Amén!