Una Vuelta para todos

Si a alguno le quedaban dudas sobre la respuesta de la gente hacia La Vuelta a El Salvador, éstas se disiparon ayer por la mañana, cuando cientos de personas se acercaron a la zona del Banco Hipotecario, en el mero centro, para la salida de la primera etapa.
Publicada 26 de abril 2004

Tomás Romero
El Diario de Hoy

deportes@elsalvador.com

Espectáculo. El pelotón pasa por Atiquizaya, donde les esperaba gran cantidad de gente. En total fueron 141 kilómetros de recorrido y los ciclistas no se sintieron solos en ningún momento.

Era un reflejo de lo que más tarde ocurriría en cada poblado, en cada cantón, en cada calle donde los ciclistas recorrieron el circuito trazado.

Unos minutos antes de las ocho de la mañana, con algunos pedalistas todavía con cara de dormidos y despeinados, ya el himno oficial de La Vuelta –una canción del grupo Bacilos adaptada para la ocasión– sonaba con fuerza.

Un niño que no superaba los 6 años trataba de conseguir un autógrafo del salvadoreño que iba ganando, pero le fue imposible encontrar a Miguel Duarte. Al final, se conformó con la firma de un panameño y colombiano que pasaban por allí, camino al puesto de Gatorade, donde los ciclistas cargaban su squeeze para enfrentar esa lucha desigual contra el calor.

Unos metros más allá, mientras los competidores se alistaban para la partida, un grupo de periodistas discutía sobre el nombre de La Vuelta. “No entiendo por qué le dicen Ciclista, es Ciclística. Además, así se llamó durante mucho tiempo”, argumentaban algunos. Uri Romero, periodista del Indes, aportó un dato clave: “Yo busqué en el diccionario. La palabra ciclística no existe; en cambio, ciclista sí y hay una acepción que dice que es una competición de bicicletas”.

Sed.Vélez y Óscar Álvarez se hidratan con una cerveza.

Una vez que la carrera se puso en marcha –no sin antes superar el obstáculo de los manifestantes que casi le paralizan el corazón a Rubén Contreras, el director de la prueba-, los deportistas atravesaron parte de la ciudad y sintieron nuevamente el aliento del público, que les esperaba ansioso.

La otra carrera

Por un momento parecía que la verdadera competencia no era entre los ciclistas sino entre las pick ups en la que transportaban los periodistas de los diferentes medios, que obviamente pugnaban por el mejor ángulo para las imágenes.

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El primer gran susto –y probablemente el único del día– fue cuando un hombre con tendencias suicidas, y en nombre de vaya a saber qué causa, esperaba al pelotón tirado en el asfalto del Bulevar Constitución. Si no fuera por la rápida intervención de la policía, le hubieran pasado por encima.
“Estamos con Uds, Salvadoreños”, rezaba una pancarta cerca de San Andrés. Pero

en realidad no era exactamente cierto. Estaban con todos, cada de unos pedalistas que pasaba por allí recibía un cálido aplauso sin distinción de nacionalidades e idiomas. En algunos sectores había banderas salvadoreñas flameando y en otros simplemente pañuelos al viento para saludar a esos sacrificados atletas.

Tampoco faltaron las camisas de Brasil y Argentina, aunque por razones obvias las que predominaban eran las del Barcelona, cuyos aficionados todavía seguían celebrando la victoria en el Bernabéu. Las del Madrid, curiosamente, brillaban por su ausencia...

¿Ayuda?. El español Jordi Pesarrodona es auxiliado.

Cuando los colombianos del equipo Banco Cuscatlán-Cogeas tomaron la delantera, a alguien le surgió una duda. “¿Y qué quiere decir Cogeas?” Otro rápidamente se encargó de explicar que es una consultora suiza de bienes raíces que apoya al ciclismo desde hace años.

Los niños fueron otro gran espectáculo durante todo el recorrido de La Vuelta. Con permiso para ausentarse de la escuela, formaron fila ordenados por sus maestros y vivaron el paso de los ciclistas. Al grito de “ahí vienen, ahí vienen”, lanzaban al aire papel picado.

Recuerdos

El magnetismo de La Vuelta envolvió a todos. Era imposible ser indiferente. Algunos, como los habitantes de El Bejuco o Atiquizaya, desempolvaron las viejas cámaras fotográficas –esas que se usan sólo en los cumpleaños, casamientos y en las vacaciones- para materializar el recuerdo. En otros lugares, ya llegando a Santa Ana, aparecieron varias videocámaras.

Salida. La partida de la primera etapa congregó mucha gente.

Los bocinazos y sirenas eran un claro anuncio de que el pelotón estaba por pasar. Las familias esperaban en las puertas de sus casas, los mecánicos dejaron por un momento los carros y los pintores se olvidaron de sus brochas.

Incluso un camionero, que había sufrido una pinchadura y había quedado a un costado del camino, interrumpió la ceremonia del cambio de rueda y se detuvo a observar a los ciclistas.

Lo mismo ocurrió con los trabajadores del Fovial, a quienes se le desviaba la mirada ante tanto despliegue de color. Y ni que hablar de los pasajeros de los buses que recorrían la ruta, que sin proponérselo fueron testigos de la carrera desde sus ventanillas.

Pero nada simboliza más la integración que ese rótulo que una pequeña niña sostenía en las cercanías de Atiquizaya: un dibujo de una bicicleta ilustraba una leyenda que hablaba por sí misma. “Deporte sí, guerra no”. A pesar del cansancio y el calor, a casi ningún ciclista se le escapó ese detalle. Y más de uno le respondió levantándole el pulgar.

 

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