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En sol también se jugó fútbol

Pendientes de la actuación de los jugadores, los aficionados hicieron de las gradas un espectáculo aparte

Leyre Ventas
El Diario de Hoy

Atención repartida. El público estuvo tan pendiente de los jugadores como de los contrincantes en la gradería, o los vendedores de hot dogs y cerveza.. Foto EDH / Javier Aparicio

“¡Culero, culero!”. Los gritos provienen del interior del estadio y avisan que el de la grama no será el único escenario.

No hay colas en taquilla. A media hora del inicio del partido, la mayoría compró ya su entrada.
Un impuntual aficionado del FAS paga cinco dólares por su puesto en sol general, y vaticina un tres a uno para su equipo.

La vieja de trenza gris vende sombreros reciclados de un cartón de margarina. “Para que ni unos ni otros se asoleyen”.

Botellas vacías de gaseosa se amontonan en las esquinas de la entrada a general como en preferente. En manos de la policía de negro, perdieron la oportunidad de ser lanzadas a la cancha.

Emérita García soba los bolsillos, nalgas y hules de brassiere a toda mujer, “por seguridad”, a su ingreso al estadio. Los policías masculinos hacen lo correspondiente con los de su género. “Sólo decomisamos una navaja”, explica la funcionaria.

“Mójese, muñeca”. En el graderío rojo cae el primer chorretón, de agua dicen los ingenuos.

Una bandera rojiazul camufla a una decena de aficionados. La compra de una bufanda justifica la inmediata integración de aquellos que no llegaron uniformados.
Una malla de red separa a ambas barras sin incomunicar. Gritos y retadores, índices erguidos, narran al vecino el desarrollo del partido.

No comenzó el evento y la Unidad de Mantenimiento del Orden (UMO) invita a salir a un hincha blanco. “Saquen a ese hijueputa”.

La afición fasista silba, y se divierte sin prever –acaso haciéndolo– dos desalojos similares en sus dominios.

El aplauso general marca el inicio del duelo.
En cada acercamiento a la portería contraria los animadores de ambos equipos se paran. Despliegue de esperanza a toda potencia.

Quienes apoyan al FAS se adueñaron de la mayor parte del centro deportivo, pero los aficionados del Balboa llegaron escandalosos.

Hamburguesas, cerveza, paletas, todo es negocio con un público hambriento de goles.

“Levanten a ese pendejo” es una frase recurrida. También hay comentarios para el árbitro: “no sabe las reglas del fútbol“.
Entre el “sí se puede” de los unionenses y la desilusión de los fasistas, llegó la emoción de los penalti.
El espectáculo tuvo su espacio en las gradas.

 
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