¡Nunca más la guerra!
febrero 8 de 1996
EL
DIARIO DE HOY lo anunció en exclusiva meses antes: Juan Pablo II visitaría
El Salvador por segunda vez. El Papa trajo nuevamente un mensaje de paz y de
perdón. La Iglesia dijo que fue el día en que los salvadoreños
se hicieron como niños
Nunca más la guerra, fue la frase del Papa que más caló a los salvadoreños en la segunda visita del Santo Padre a estas tierras, ese jueves.
El Pastor, que llegó de Guatemala, fue recibido por el Presidente de la República, Armando Calderón Sol, y su esposa, doña Elizabeth de Calderón, en el Aeropuerto de Ilopango.
San
Salvador se vistió literalmente de blanco y amarillo, los colores de
la bandera vaticana. Todo el mundo lucía camisetas blancas con la efigie
del Papa. Grupos de jóvenes cantaban a voz en cuello la clásica
de Roberto Carlos: ¡Jesucristo, Jesucristo, yo estoy aquí!.
Casi un millón de personas participó en la eucaristía que celebró en la explanada aledaña a Metrocentro y que duró dos horas bajo el sol. Miles de ellas habían pernoctado desde la víspera en el sitio, para ganarse un buen puesto.
El Santo Padre lucía cansado, pero animado con el cariño de los salvadoreños.
El mensaje central de su homilía se basó en el Evangelio de San Mateo, capítulo 5, donde Jesús exhorta a amar a los enemigos y dar la otra mejilla.
Después de la misa, el Sumo Pontífice se retiró a la Nunciatura Apostólica para almorzar, descansar y recibir a los obispos y dirigentes laicos que querían saludarlo.
Un grupo de monjas le regaló un solideo que le habían elaborado, por lo que él decidió darles el que llevaba puesto.
Después
de las 6:00 de la tarde, el Papa visitó la Catedral para orar frente
a la tumba de monseñor Romero. Miles de personas le esperaban en el centro,
muchas de ellas subidas en los árboles.
Al despedirse, en el aeropuerto de Ilopango, llamó a los países
centroamericanos a trabajar como una sola nación y a superar la angustia
causada por la pobreza, las desigualdades y el desprecio a los derechos humanos.
La despedida fue más emotiva. Era como si los asistentes y los fieles
no quisieran que se hubiera ido.
Las calles, que habían permanecido desiertas, volvieron a llenarse de gente que regresaba a sus casas.
Fue
una jornada como pocas en la historia del país. La policía dijo
que casi no se habían producido hechos delincuenciales ni tragedias en
un momento en que crecía la ola de criminalidad de la posguerra.
La Iglesia tuvo una explicación: Fue el día en que los salvadoreños se hicieron como niños, como manda Jesucristo en el Evangelio.