La azarosa vida de Karol Wojtyla
L a vida de Karol Wojtyla estuvo marcada por acontecimientos que iban transformando el curso de la historia de la humanidad: la Segunda Guerra Mundial y la ocupación nazi de su natal Polonia; más tarde la ocupación por el ejército soviético y, con éste, la entronización del comunismo ateo. Wojtyla se convertiría en un férreo defensor de la fe cristiana.
Karol Wojtyla nació el 18 de mayo de 1920, en Wadowice, a pocos kilómetros de Cracovia, una importante ciudad y centro industrial al norte de Polonia. Su padre era militar de profesión. Enviudó cuando Karol tenía 9 años. De él -según su propio testimonio- recibió la mejor formación: Bastaba su ejemplo para inculcar disciplina y sentido del deber. Era una persona excepcional.
De
joven el interés de Karol se dirigió hacia el estudio de los clásicos,
griegos y latinos y la filología. Sin embargo, con la ocupación
de Polonia por las tropas de Hitler, el 1 de septiembre de 1939, sus planes
de estudiar se vieron truncados.
Para evitar la deportación a Alemania, Karol trabaja como obrero en una cantera de piedra, vinculada a una fábrica química.
También en aquella difícil época Karol se iniciaba en el Teatro de la Palabra Viva. La actuación consistía en la recitación de un texto poético. Las representaciones se realizaban en la clandestinidad, por el riesgo de verse sometidos a graves sanciones por los nazis.
Por
aquella época prestaba ayuda a las familias judías para que pudiesen
escapar de la persecución nacional-socialista. Bajo riesgo personal,
salvaría la vida de muchos judíos.
A principios de 1941 muere su padre. Karol contaba por entonces con 21 años. Después de la muerte de mi padre poco a poco fui tomando conciencia de mi verdadero camino. Yo trabajaba en la fábrica y, en la medida en que lo permitía el terror de la ocupación, cultivaba mi afición a las letras y al arte dramático. Mi vocación sacerdotal tomó cuerpo en medio de todo esto, como un hecho interior de una transparencia indiscutible. Al año siguiente, en otoño, sabía ya que había sido llamado. Sin una mirada hacia atrás, sería sacerdote.
Habiendo escuchado e identificado con claridad el llamado del Señor, Karol emprende el camino de su preparación para el sacerdocio, ingresando al seminario clandestino de Cracovia, en 1942.
Dadas las siempre difíciles circunstancias, el hecho de su ingreso al seminario -que se había establecido clandestinamente en la residencia del Arzobispo Metropolitano, futuro cardenal Adam Stepan Sapieha- debía quedar en la más absoluta reserva, por lo que no dejó de trabajar como obrero en Solvay. Años de intensa formación transcurrieron en la clandestinidad hasta el 18 de enero de 1945, cuando los alemanes abandonaron la ciudad por la llegada de la armada roja.
El 1 de noviembre de 1946, fiesta de Todos los Santos, llegó el día anhelado: por la imposición de manos de su obispo, Karol participaba desde entonces -y para siempre- del sacerdocio del Señor. De inmediato el padre Wojtyla fue enviado a Roma para continuar en el Angelicum sus estudios teológicos.
Dos
años más tarde, culminados con excelencia los estudios previstos,
vuelve a su tierra natal. Como Vicario fue destinado a la parroquia de Niegowic,
donde además de cumplir con las obligaciones pastorales propias de la
parroquia, asumió la enseñanza del curso de religión en
cinco escuelas elementales.
Pasado un año fue trasladado a la parroquia de San Florián. Entre sus nuevas labores pastorales le tocó hacerse cargo de la pastoral universitaria de Cracovia.
Semanalmente iba disertando -para la juventud universitaria- sobre temas básicos que tocaban los problemas fundamentales sobre la existencia de Dios y la espiritualidad del ser humano, temas que eran necesarios profundizar junto con la juventud en el contexto del ateísmo militante, impuesto por el régimen comunista de turno en el Gobierno de Polonia.
Dos años después, en 1951, el nuevo Arzobispo de Cracovia, monseñor Eugeniusz Baziak, quiso orientar la labor del padre Wojtyla más hacia la investigación y la docencia. No sin un gran sacrificio de su parte, el padre Karol hubo de reducir notablemente su trabajo pastoral para dedicarse a la enseñanza de Ética y Teología Moral en la Universidad Católica de Lublín. A él se le encomendó la cátedra de Ética. Su labor docente la ejerció posteriormente también en la Facultad de Teología de la Universidad Estatal de Cracovia.
Nombrado Obispo por el Papa Pío XII, fue consagrado el 23 de septiembre de 1958. Fue entonces destinado como obispo auxiliar a la diócesis de Cracovia, quedando a cargo de la misma en 1964. Dos años después, dicha sede sería elevada al rango de arquidiócesis por el Papa Pablo VI.
Su
labor pastoral como obispo estuvo marcada por su preocupación y cuidado
para con las vocaciones sacerdotales. En este sentido, su infatigable labor
apostólica y su intenso testimonio sacerdotal dieron lugar a una abundante
respuesta de muchos jóvenes que descubrieron su llamado al sacerdocio
y tuvieron el coraje de seguirlo. Asimismo, ya desde entonces destacaba entre
sus grandes preocupaciones la integración de los laicos en las tareas
pastorales.
Monseñor Wojtyla tendrá una activa participación en el Concilio Vaticano II. Además de sus intervenciones, que fueron numerosas, fue elegido para formar parte de tres comisiones: Sacramentos y Culto Divino, Clero y Educación Católica. Asimismo formó parte del comité de redacción que tuvo a su cargo la elaboración de la Constitución pastoral Gaudium et spes.
Es creado cardenal por el Papa Pablo VI en 1967, un año clave para la Iglesia peregrina en tierras polacas. Fue entonces que la Sede Apostólica puso en marcha su conocida Ostpolitik, dando inicio a un importante deshielo a nivel de las frías relaciones entre la Iglesia y el Estado comunista. El cardenal Wojtyla asumiría un importante papel en este diálogo con mucho coraje y habilidad. Su postura: la defensa de la dignidad y derechos de toda persona humana, así como la defensa del derecho de los fieles a profesar libremente su fe.
En 1975 dirige los ejercicios espirituales para el Papa Pablo VI y para la curia vaticana.
II. Sucesor de Pedro
Elegido Pontífice el 16 de octubre de 1978, escogió los mismos
nombres que había tomado su predecesor: Juan Pablo. En una hermosa y
profunda reflexión, hecha pública en su primera encíclica
(Redemptor hominis), dirá él mismo sobre el significado de este
nombre.
El 26 de agosto de 1978, cuando él (el entonces electo cardenal
Albino Luciani) declaró al Sacro Colegio que quería llamarse Juan
Pablo -un binomio de este género no tenía precedentes en la historia
del Papado- divisé en ello un auspicio elocuente de la gracia para el
nuevo pontificado.
Dado que aquel pontificado duró apenas 33 días, me toca a mí no sólo continuarlo, sino también, en cierto modo, asumirlo desde su mismo punto de partida. Esto precisamente quedó corroborado por mi elección de aquellos dos nombres. Con esta elección, siguiendo el ejemplo de mi venerado Predecesor, deseo al igual que él expresar mi amor por la singular herencia dejada a la Iglesia por los pontífices Juan XXIII y Pablo VI y al mismo tiempo mi personal disponibilidad a desarrollarla con la ayuda de Dios.
A través de estos dos nombres y dos pontificados conecto con toda la tradición de esta Sede Apostólica, con los Predecesores del siglo XX y de los siglos anteriores.
Juan XXIII y Pablo VI constituyen una etapa, a la que deseo referirme directamente como a umbral, a partir del cual quiero, en cierto modo en unión con Juan Pablo I, proseguir hacia el futuro, dejándome guiar por la confianza ilimitada y por la obediencia al Espíritu que Cristo ha prometido y enviado a su Iglesia.