C.A. aclama al Vicario de Cristo
E n las visitas que el Pontífice realizó a los
pueblos centroamericanos, sus aquilatados mensajes sirvieron para promover cambios
en favor de la paz, en pro de la democracia y la libertad y, sobre todo, en
acrecentar la fe en Cristo.
En cuantas ocasiones me ha sido posible, no he dejado de pedir los esfuerzos necesarios para detener el fragor de la guerra y que se muevan los corazones por caminos de mayor justicia, éstas fueron las palabras que pronunció Juan Pablo II cuando llegó a Guatemala, a las 4:30 de la tarde en punto, el 5 de febrero de 1996.
El
vehemente llamado del Santo Padre a una urgente y verdadera paz en suelo centroamericano
fue lanzado para lograr la reconciliación en los pueblos de Centroamérica
que habían sido desangrados por conflictos armados y que ahora afrontan
la violencia del delito.
Con los honores que merece todo Jefe de Estado y en presencia del entonces
Presidente de Guatemala, Álvaro Arzú, el cuerpo diplomático
y jerarcas de la Iglesia guatemalteca, el Santo Padre pisó tierra
centroamericana
después de 13 años de su primera visita a esta región.
Quiero levantar una vez más mi voz diciendo que urge la verdadera
paz, afirmó Juan Pablo II.
Miles de salvadoreños viajaron en caravanas hacia la hermana nación para ir al encuentro del sucesor del apóstol Pedro. Banderas salvadoreñas ondeaban cuando se divisó el avión de la aerolínea Alitalia, que condujo a Su Santidad desde Roma, Italia, hasta tierras centroamericanas.
Al aterrizar la nave, el Papa hizo honor al carisma que lo ha caracterizado: sonriendo y saludando con la mano derecha en respuesta a los vítores recibidos.
Pese a que en esa época pasaba una helada y fuertes vientos por Guatemala, las multitudes salieron a seguir al papamóvil gritando: ¡Juan Pablo II, te quiere todo el mundo!, ¡Juan Pablo amigo, nosotros estamos contigo!, lo que imprimía un sentimiento de júbilo y fervor.
Hoy
se vislumbra en el horizonte el momento gozoso de la firma de los acuerdos que
pondrán fin a la reciente historia de guerra y violencia de los últimos
35 años en Guatemala, expresó Su Santidad.
Durante una misa en la Catedral de Guatemala, acompañados de guitarras, miembros de la congregación Peregrinos de Amor entonaron la canción que el Santo Padre por momentos tarareó: Tú eres mi hermano del alma, realmente el amigo..., ese famoso canto del brasileño Roberto Carlos.
Guatemala estaba a las puertas de la firma de los Acuerdos de Paz, siguiendo los pasos que El Salvador había dado en 1992. La llegada del Vicario de Cristo a suelo centroamericano consolidó la fe y la esperanza de un futuro de paz en miles de corazones.
A cambio de ello, el Pontífice se llevó a Roma el amor que le brindaron los sufridos pueblos de esta región.
El reencuentro con Nicaragua
Juan Pablo II tuvo una noche oscura en marzo de 1983, en Nicaragua:
los sandinistas le boicotearon la misa solemne ante miles de católicos.
El régimen sandinista había colocado a sus turbas en primera fila
y con todo y
poderosos
altavoces conectados le gritaban consignas partidarias, mientras el Papa llamaba
al silencio y repetía: La Iglesia es la primera que quiere la paz.
Unas horas antes, había reprendido severa y públicamente al cura
sandinista Ernesto Cardenal, un ministro del régimen.
Pero el Pontífice se reencontró con los nicaragüenses en febrero de 1996. Un ambiente lleno de fe y entusiasmo le recibió. El Papa recordó la noche oscura del sandinismo y dio gracias a Dios por el sol radiante que lo recibía de nuevo en Managua. El reencuentro fue emocionante, histórico e irrepetible.