Sembró esperanza y fe entre los cubanos

D écadas de adoctrinamiento ateo comunista no fueron suficientes para que los cubanos olvidaran sus raíces católicas. La multitudinaria concurrencia de fieles que el 25 de enero de 1998 saludó al Papa, en La Habana, sacó a miles de la clandestinidad religiosa

Las demostraciones de fe católica salen a relucir en cada visita de Juan Pablo II. Cuba no fue la excepción. Algo extraordinario ocurrió en Cuba. Las iglesias, usualmente vacías, se colmaron de fieles. Los bautizos, esporádicos por décadas, alcanzaron números sin precedentes. Y signos visibles de la filiación católica aparecieron en las ventanas de las casas, demostración inédita en un régimen cuyo único culto permisible ha sido la adulación permanente de Fidel Castro.

Un joven habanero, interrogado por la televisión estadounidense sobre la razón de aquel repentino fervor religioso, respondió emocionado: “El enviado del cielo llegó a Cuba”.

Sí. El Papa llevó un hálito renovador para el sufrido conglomerado cubano que, súbitamente, reencontró sus raíces espirituales y, con éstas, la fe en el Creador y una fuente de esperanza. Castro subestimó la dinámica libertaria que pondría en marcha la visita del Papa. La agenda de la gira papal era muy clara y directa: despejar obstáculos a la acción de la Iglesia. El precio de la ansiada visita consistía, ni más ni menos, en permitir reanudar la evangelización de la isla. Con tal fin Castro hizo importantes concesiones: más eclesiásticos del exterior para realizar tareas apostólicas y sociales, autonomía de las diócesis en el manejo de sus propias obras de solidaridad y, además, acceso a los medios de comunicación. Las bases también quedaron sentadas para avanzar en la educación religiosa, labor urgente en un país donde las generaciones más jóvenes tienen poco o ningún conocimiento sólido de la fe cristiana y en el que los cultos y rituales de la santería son practicados por un sector considerable de la población.

A ello se suma que, diferente del caso de Polonia, la Iglesia cubana ha sido hasta ahora institucionalmente pequeña (260 sacerdotes para una población de 11 millones) y no posee una tradición de oposición política activa frente a la dictadura de Castro.

Pero los riesgos para el régimen castrista fueron considerables. El mensaje de libertad fue reiterado por el Papa a lo largo de su gira. Fue un llamado a la verdad, una exhortación constante a los cubanos para convertirse en protagonistas de “su propia historia personal y nacional”. Juan Pablo II enfatizó las enseñanzas sobre la misión sagrada de cada individuo en el mundo, la grandeza de su destino y la inviolable dignidad del ser humano. Cuando se realice el balance final del milenio, el Papa Wojtyla habrá de emerger como una figura esencial en la victoria de la libertad sobre el totalitarismo.