“No tengáis miedo”

El 16 de octubre de 1978, una multitud expectante llenaba la Plaza de San Pedro y escuchaba atentamente al cardenal Felici, cuando decía: “Os anuncio una gran alegría: tenemos Papa”. Al acallarse el clamor que esas palabras habían provocado, continuó: “Es el Cardenal de la Santa Iglesia Católica, Wojtyla, quien se ha impuesto el nombre de Juan Pablo”.

A diferencia de pocos días atrás, la multitud no estalló inmediatamente en vítores, como cuando se anunció a Juan Pablo I, en su lugar, un silencio de perplejidad se apoderó momentáneamente de la gente, y en muchas cabezas resonaron estas preguntas: “¿Quién? ¿Un desconocido?”.

Sí, ese mismo desconocido que el 22 de octubre, al dirigirse al mundo entero durante la misa de su investidura como Juan Pablo II, exclamó: “¡No tengáis miedo, abrid a Cristo, de par en par, las puertas del corazón!”.

Ahora, al cabo de 25 años, es evidente que esas palabras han sido la luz que ha iluminado todo su pontificado. La primera línea de su primera encíclica resume su cosmovisión: “El Redentor del hombre, Jesucristo, es el centro del cosmos y de la historia”. Entonces: ¿A qué temer?

Juan Pablo II nunca ha tenido miedo de difundir la verdad. No teme hacer frente a la mayor herejía de nuestros tiempos: el comunismo ni a vencerla en el terreno de la cultura y no en el de las armas, logrando una caída suave del más duro de los muros, como alguna vez se escribió. Jamás le amedrenta emprender grandes reformas en la Iglesia, apostar por un ecumenismo verdaderamente audaz, confirmar en la fe a los cristianos haciéndose incansable peregrino de Cristo. Nunca teme, tampoco, llevar la aplicación del Concilio Vaticano II a su cumplimiento; enfrentar una notable oposición de teólogos disidentes, abordar espinosos y fundamentales temas filosóficos.

No duda en confiar en el hombre, en la libertad, porque “Cristo conoce lo que hay en el corazón del hombre”.

Pero, sobre todo, jamás teme mostrar al mundo la verdad del cristianismo ni luchar para convencer a quienes querían amoldar la doctrina de la Iglesia a los tiempos, de que -como dijo un santo del siglo XX- son los tiempos los que deben adaptarse al mensaje de Cristo.

La Iglesia, conducida por la mano de este Pastor, cobra conciencia de que su mensaje es la solución para la angustia que atenaza al hombre y a la mujer modernos y se lanza valientemente a anunciar la Palabra del Redentor. Juan Pablo II ha revitalizado a la Iglesia y, a través de ella, al mundo en el que nos ha tocado vivir.

Nos hace comprender a todos que el optimismo cristiano tiene sentido y que merece la pena vivir, porque somos hijos de Dios.

Nadie puede poner en duda que en él, más que su grandeza, brilla su santidad. ¡Qué suerte la nuestra vivir en tiempos de Juan Pablo II!