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Santo Relajo 2003

A pesar del esfuerzo de miles de voluntarios dominicanos, los Juegos Panamericanos han tenido demasiados problemas de organización . deportistas, directivos, jueces y periodistas ya perdieron la paciencia

Carlos Vides
Desde Santo Domingo
El Diario de Hoy

“¡Sólo tres días más y podré largarme de esta isla!”, gritó la canadiense Glen. Estaba frustrada. En su calidad de jueza del remo panamericano, la cantidad de fallas de parte de los organizadores dominicanos ya había llegado a niveles inadmisibles.

“No hay personas para que atiendan a la prensa, los voluntarios no ayudan, dicen que las cosas van a estar listas en un minuto y tardan media hora... es una locura. Pero ya casi me voy”, comentó aliviada, mientras varios periodistas la escuchábamos con comprensiva atención.
Al periodismo en sí tampoco se le han hecho fáciles las cosas en la ciudad primada de América, el corazón de esta isla con que chocó Cristóbal Colón mientras deliraba por el sueño de la China oriental.

Sólo el entrar a los centros deportivos puede ser ya una hazaña, pues los organizadores cambian a la loca los ingresos para periodistas. Un día entras sin problemas al Complejo Olímpico Juan Pablo Duarte por la puerta de la Avenida Máximo Gómez, y al siguiente esa entrada es una fortaleza impenetrable que te obliga a dar una vuelta de casi tres cuadras bajo el inclemente sol dominicano.

La hora de las competencias permanece en el misterio el día anterior de las pruebas. Es virtualmente imposible hacer una programación exacta, detallada y precisa de la hora en que competirán los atletas de cualquier país. Sólo existen nociones como “por la mañana”, o “ya entrando la tarde”.

Problemas sobre ruedas


El transporte de la organización es un infiernillo aparte. Varios periodistas respiraron aliviados, así como sus bolsillos, cuando el Comité Organizador habló de una flotilla de autobuses que brindaría cómo movilizarse a los comunicadores, pero luego esta felicidad pasó a los taxistas, quienes han hecho su agosto (literalmente) con todos los representantes del periodismo continental.

Encima, cuando parece que los autobuses sí serán la solución, ocurren cosas insólitas: uno de estos viajes salió a las siete y media de la mañana rumbo a la Laguna Rincón, en Bonao, que está a una hora y media de viaje, cuando las competencias iniciaban a las ocho de la mañana. Resultado: la creación de una manada de periodistas molestos por el atraso, una de las nuevas especies habitantes en esta merenguera isla.

Es que en Santo Domingo es domingo todos los días. Como nos dijo un taxista en una de tantas carreras: “Amigo, tranquilo. Más vale llegar tarde un minuto que perder la vida en un minuto”. Y con la misma parsimonia arrancó el vehículo.

Los atletas sufren


Los mismos deportistas, que deberían ser los máximos mimados en este evento, han padecido la desorganización de estos Juegos.
La martillista Nancy Guillén, de El Salvador, tuvo que pasar varios días con ropa prestada, pues su maleta prácticamente desapareció. El día que compitió lo hizo con su ropa deportiva, pero sólo porque la llevaba en su maleta de mano y así escapó del limbo que acecha el equipaje de las delegaciones en el Aeropuerto de Las Américas.

Hasta Enrique Molins, presidente del Instituto de los Deportes de El Salvador, ya sufrió el ácido. “El domingo quise usar el salón VIP y el centro de informática del Hotel Jaragua, el hotel oficial de los Juegos, y estaban cerrados... porque era domingo. Luego pedí transporte para ir a ver la competencia de Evelyn García, y se tardaron tanto que mejor tomé un taxi, si no, no hubiera visto nada”, narró el dirigente deportivo, quien confesó que ya está cansado del merengue, la bachata y la salsa.