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Nueva esperanza a una vieja ciudad

En la cima del sitio de la antigua Babilonia, a la orilla de esta ciudad, soldados estadounidenses caminaron el miércoles a través del palacio construido por Sadam Hussein, un espectáculo de magnificencia con varios cientos de miles de metros cuadrados de fino mármol, madera con paneles y murales de 360 grados en el techo.

The New York Time
Por Jim Dwyer
HILLA, IRAQ

Un soldado de la 101 División Aerotransportada patrulla en los alrededores de Hilla. Foto: AP

Incluso las asas del bidé eran doradas. El palacio tiene aberturas en cuatro direcciones, dando a las enormes habitaciones un ambiente ligero, sereno y cómodo, e incluso el calor de la tarde.
Esto, al parecer, era la visión de Sadam Hussein de una nueva Babilonia, una visión hoy desbaratada por una invasión estadounidense. Tan grandiosa, y aparentemente apartada de la realidad, era su ambición que ningún rastro de que fuera habitado por por humanos pudo encontrarse aquí: su estupendo palacio pareció no ser usado nunca.

Gruesas capas de polvo sobre el suelo grabaron las huellas de las botas de los soldados norteamericanos, los primeros ocupantes de este lugar, o el menos los primeros en mucho tiempo.
A corta distancia de allí, decenas de personas entraban y salían de los bajos edificios que albergaron a una u otra rama del aparato de seguridad de Hussein, llevando bajo los brazos colchones y otros muebles baratos. Al mirar esto, el teniente Eldred Ramtahal recalcó: “Se llevan incluso el aire de las llantas”.

La Tercera Brigada de loa 101a. Aérea descubrió la más firme evidencia de que el régimen ha desaparecido: decenas de lotes de armas y municiones, con suficiente poderío para librar la guerra durante semanas, pero ningún soldado para colocar una bala en un arma.
“Gastó todo su dinero en el ejército, pero su pueblo vive en la miseria”, afirmó el coronel Mike Linnington, comandante de la Tercera Brigada. “Me hace sentir bien bien que entreguemos esto a un gobierno legítimo”.

Al menos, ese es el objetivo. Sin embargo, era evidente un vacío el miércoles, mientras los saqueos eran rampantes. Parecía desmoronarse más que un gobierno represivo. También se derrumbaba un orden social de un moderno estado policiaco en un país donde tal vez solamente la mitad de la población usa zapatos.

Repentinamente, ya fuera de un mundo ensombrecido por el temor a ser encarcelado sin razón y torturado sin tregua, la gente se echó a perder.
Ennegrecidos por el sol de mediodía, tres hombres empujan una carretilla mientras se alejan de un complejo militar iraquí. Sobre la carretilla va su premio: un refrigerador.
Poco después del amanecer, los soldados estadounidenses fueron saludados por miles de personas en las calles, los vitoreaban y les hacían preguntas. La resistencia desapareció en esta área a unos 80 kilómetros al sur de Bagdad.

Un hombre le sirvió una jarra de té caliente a los soldados en vasos limpios, sobre una bandeja que también llevaba azúcar. “Es el mejor té que he probado”, dijo el sargento Jason Boyer de la 101 División Aerotransportada.
En las esquinas, la gente exclamaba: “Good mister, good” (Señor bueno, bueno) o “Usted es bienvenido”. Otros quieren hablar largamente.

“¿Cómo puedo explicarle 20 años a usted?”, se preguntó Muhammed Hassan. “No era un gobierno, era una gran mafia controlando la vida de la gente, el negocio, todo. Tenía la inteligencia iraquí el departamento de seguridad, la policía.
“¿Sabe lo que le pasaba a uno si tenía una antena parabólica?, preguntó, mientras describía las horrorosas prácticas del régimen que acababa de caer.

“Salah, mi amigo, está en la cárcel por seis meses porque tenía una antena parabólica. Mi propio hermano pasó seis meses en custodia de las fuerzas de seguridad sin papeles, sin cargos, nada. Le torturaron, se enfermó. Quisiera abrazar a cada soldado americano que vea”.
Para algunos, la derrota del viejo gobierno fue saludada con alivio pero con incertidumbre acerca de los medios y métodos estadounidenses, por la cantidad de fuerza que usó contra sus enemigos.
“Odiamos a Sadam Hussein, sí, pero odiamos la guerra”, dijo Ahmed Abdu Al Rudda. “Nos agrada el pueblo estadounidense, necesitan ser sus amigos. Queremos que terminen con Sadam Hussein y luego se vayan. Entonces seremos amigos”.

En un encuentro en una acera, el mayor general David H. Petraeus, comandante general de la 101 Aerotransportada, hablaba con el maestro de secundaria, Abdul Razzaq, quien estaba profundamente escéptico sobre las intenciones de los Estados Unidos. En una semana, la división de Petraeus entró en tres ciudades centrales de Iraq —Hilla, Najaf y Karbala - y acabó con las fuerzas paramilitares que trataban de impedir el avance norteamericano.

En un punto, el general le ofreció un regalo a Razzaq: una moneda conmemorativa de la división.
“Sólo tiene un valor simbólico”, le dijo Petraeus.
Razzaq la rechazó: “No puede tener ningún valor hasta que yo esté seguro que vienen a hacer el bien entre nuestra gente”, respondió.
Petraeus le contestó que dejara que las acciones del ejército hablaran por si mismas y que después de unos días, le traería la moneda a Razzaq.

“Me encontrará en la escuela Sadam”, dijo Razzaq.
Mientras hablaban, otro general, Benjamin C. Freakley, pedía que enviaran una cisterna de diesel a una planta cercana de agua.
Los residentes le dijeron a Freakley que el suministro de agua había sido cortado hacía unos días y que parece que el problema era la falta de combustible en la planta. En una hora, la cisterna llenó de combustible la planta y el agua empezó a fluir.

Poco después, Freakley paró brevemente en las ruinas de Babilonia. En un museo, el guía le explicó que el gobierno de Sadam había ordenado bloquear las puertas con bloques, lo que hacía difícil la entrada. Le pidió al general que mandara a quitar los bloques. Freakley le prometió que lo haría. Poco después llamó a los ingenieros militares y les pidió que pasaran por el museo, luego se dirigió hacia Bagdad donde se uniría al resto de sus tropas.
“Este ha sido un buen día’’, afirmó Freakley.

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