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Urge
poner fin a la guerra
Como
secretario de Defensa, Donald Rumsfeld ha lastimado muchos
egos. En estos momentos, cuando los nervios están de
punta y el pueblo está preocupado por el ritmo de la
guerra, puede usar todo el apoyo que reciba de los altos jefes
militares. Pero muchos oficiales -en Iraq y en Estados Unidos-
han sido asombrosamente críticos.
Internacional
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| Las fuerzas angloestadounidenses no
lograron cumplir el pronóstico de acabar con el
régimen de Sadam Hussein en 48 horas. Foto:
AP |
Rumsfeld trató de librar la guerra "a lo barato",
dicen. Amasó menos tropas que las que el Ejército
quería, dejando las líneas de abastecimiento
vulnerables a ataques y proporcionando menos tropas de las
necesarias para los próximos enfrentamientos.
Es un rencor asombroso generado por una guerra que apenas
tiene dos semanas y que parece haberse desarrollado bastante
bien por tierra. Las declaraciones de Rumsfeld y el general
Richard Myers, presidente de los Jefes del Estado Mayor Conjunto,
han ido desde la irritación hasta casi la cólera
cuando han respondido a las críticas.
En un país libre que está en guerra, es natural
que el diálogo político se enfoque en si los
militares están aplicando el plan correcto. Pero sí
parece que es demasido pronto para emitir muchos juicios.
Si bien nos desagradó el papel de Rumsfeld como parte
del coro que buscó una solución militar en lugar
de diplomática para el caso de Iraq, sus argumentos
de que el sector militar necesita ser más rápido
y menos masivo, con menos dependencia en las divisiones de
blindaje pesado, han parecido razonables. Parte de las disputas
son restos de las batallas en el Pentágono en torno
a prioridades del presupuesto, batallas en las que el principal
error de Rumsfeld fue su estilo imperioso, y no sus metas.
El gran fracaso
Los problemas en las líneas de abastecimiento son serios,
pero no hay evidencias de que los militares estadounidenses
hubieran podido moverse mucho más rápidamente,
o que hubieran sufrido menos bajas, si el Ejército
hubiera recurrido a una fuerza mucho mayor.
El gran fracaso ha sido en la evaluación política,
y en las expectativas de que los iraquíes del sur darían
la bienvenida a las tropas de Estados Unidos y ofrecerían
muy escasa resistencia. La administración Bush al parecer
recibió información mixta acerca de cómo
responderían los iraquíes ante una invasión,
y el hecho de que el Pentágono optó por creer
los informes optimistas fue probablemente causado por preconcepciones
políticas más que juicios pragmáticos.
La respuesta iraquí a las tropas estadounidenses y
británicas quizá sea más cálida
una vez que Bagdad sea tomada. Hasta ahora, sin embargo, la
resistencia en el sur ha estado afectando a buena parte del
plan bélico. Debido a ella, tropas han tenido que ser
retiradas del avance hacia Bagdad para asegurar las ciudades
por las que deben pasar las líneas de abastecimiento
en su ruta hacia el frente.
Quizá lo peor de todo es que el temor de terroristas
disfrazados de civiles han amargado las relaciones de los
militares con los civiles, quienes naturalmente resienten
ser registrados, confinados a sus pueblos y en ocasiones quedan
atrapados en el fuego cruzado.
Las inesperadas demoras en abastecer de agua y alimentosa
los habitantes han dejado a muchos en condiciones peores que
cuando estaban bajo Hussein, al menos temporalmente.
La enorme urgencia
Bajo circunstancias normales, los militares podrían
darse el lujo de esperar mientras los ataques aéreos
ablandaban las defensas en torno a Bagdad, pero ahora deben
sentir la urgencia de poner fin a la guerra y terminar con
los informes acerca de escasez de agua y alimentos y bajas
civiles, que cada día aparecen en los diarios de Europa
y el Oriente Medio.
En su página editorial, The New York Times exhortó
a Bush a no invadir a Iraq sin un amplio apoyo internacional,
pero ahora que la guerra se ha iniciado, oramos por una conclusión
rápida y exitosa de la misma. Hasta ahora, la estrategia
militar nos preocupa mucho menos que lo que viene después.
Estados Unidos juzgó muy mal a los iraquíes
al lanzarse a la guerra, y hay escasas razones de que será
mucho más listo cuando se trate de la construcción
de la nación. Los cientos de miles de tropas que el
Ejército deseaba quizá no sean necesarias para
las batallas. Pero la opinión del jefe del Estado Mayor
del ejército, general Eric Shinsekim, de que cientos
de miles de soldados quizá sean necesarios para la
ocupación, cada día parece más profética,
y más inquietante.
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