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Análisis
Los yerros que se pagan caro
Muchos intentaron, en el interior
del FMLN, detener la candidatura presidencial de Schafik Handal.
Para frenarle, le dijeron de todo: desde planteamientos flexibles
hasta posturas fuertes y duras.
Lafitte Fernández
El Diario de Hoy
Algunos
de los amigos más cercanos de Handal casi le imploraron
que se apartara del camino. Quizá previeron el resultado
electoral como el que ocurrió ayer.
Muchos de ellos sabían, y lo resbalaban, privadamente,
entre sus labios, que Schafik provocaría toda suerte
de miedos y ansiedades.
También sabían que los repentinos cambios de
personalidad de Handal podían provocar un desaliño
en las relaciones con varios sectores empresariales y con
los periodistas salvadoreños.
La historia reciente les demostraba, a algunos de los amigos
más cercanos de Handal, que cuando nacieran los problemas,
no tendrían, en él, a un hombre que pudieran
manejar con docilidad, de acuerdo con las estrategias que
se fijaran para intentar lograr una victoria electoral.
Nadie pudo, al final del camino, convencer a Handal de que
debía apartarse de la candidatura presidencial de su
partido.
Posiblemente, él colocó en la balanza que es
un hombre de 74 años y que ésta sería
su última posibilidad de llegar a gobernar a los salvadoreños.
A uno de ellos le preguntó: ¿Y cuándo
será, entonces, mi turno?
Esa preguntaba revelaba que Handal se siente al borde de su
vida útil como político.
Schafik Handal insistió en quedarse. De todas maneras,
en los últimos años había limpiado el
camino para botar del FMLN a todos aquellos que quisieran
disputarle el poder que mantiene dentro de esa agrupación
política.
El arma que utilizó para eso fueron una serie de purgas
que le dieron los resultados que esperaba. Y así expulsó
a cuanto dirigente e intelectual le disputara el poder.
Pasó el tiempo y, a pesar de todos los esfuerzos de
sus más cercanos colaboradores, fue inútil que
Handal se mostrara como un hombre que recogiera las esperanzas
de los electores salvadoreños.
Por el contrario, se mostró como un hombre hosco, chocó
con periodistas, amenazó a importantes sectores empresariales
que se encargan de producir la riqueza que necesita un país
y causó toda suerte de problemas.
Junto a eso, los enemigos políticos de Handal se encargaron
de profundizar el miedo que podía provocar un hombre
que, históricamente, ha actuado como secretario general
del Partido Comunista y de forma pública se ha pronunciado
como seguidor de esas ideas.
Para quitarse encima las críticas, Handal pronunció
la ejecución de un programa social demócrata
que, al final, pocos le creyeron.
Al final del camino, se produjo lo que muchos esperaban: Handal
fue capaz de convocar a votar a tantos salvadoreños
como pocas veces se ha observado en la historia electoral
salvadoreña.
Fue tanta la convocatoria en contra suya, que poco más
de dos millones de salvadoreños acudieron a las urnas.
Entre ellos, muchísimos jóvenes y ancianos.
Los problemas para Handal crecieron desde que Tony Saca, quien
luce hoy como el presidente electo de El Salvador, se apoderó
de las esperanzas. Él, por el contrario, se ganó
la franquicia del miedo.
Con ese panorama, era poco lo que Handal podía ganar
entre los electores del país. La derrota estaba asegurada.
Uno de los mayores que pudo haber sufrido los efemelenistas
es que jamás esperaron que la distancia frente al partido
oficial fuera tan grande. Siempre estuvieron seguros de que
ese abismo no era tan grande.
Por lo menos así lo dijeron, de acuerdo con las encuestas
que manejaron y que fueron diseñadas por un grupo de
consultores españoles que permaneció, durante
mucho tiempo, en el país.
Handal tenía otros problemas. Le colocaron al frente
a un candidato ajustado a los tiempos: joven, irradiaba frescura
y siempre se presentó como un gran conciliador.
Para peor de males, Handal cerró
la campaña electoral con todas las encuestas electorales
en su contra. Los porcentajes de diferencia que se dijeron
llegaron hasta más de 20 puntos. Esa era la peor forma
de cerrar una larga jornada electoral.
Al final, no había remedio: la derrota era más
que anunciada.
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