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Análisis
Una combustión perfecta
Como si fuese el mejor alquimista
moderno, Tony Saca logró, en menos de nueve meses,
la combustión perfecta de dos elementos que, juntos,
son las armas más poderosas de cualquier candidato
presidencial.
Lafitte Fernández
El Diario de Hoy
A
lo largo de estos meses, el candidato de ARENA cumplió
un trabajo perfecto: capturó las esperanzas de la mayoría
de los electores y se situó infinitamente alejado de
la percepción del miedo y la zozobra.
Esa última ansiedad se la untaron sus estrategas, con
enorme habilidad, a su principal contrincante, Schafik Handal.
La esperanza necesaria para solucionar los problemas, condición
sine qua non con la que se construyen candidatos victoriosos,
fue siempre de Tony Saca.
Para apoderarse de ella, el gobernante electo apareció,
desde el principio, con su rostro fresco, renovado, amigable
y conciliador.
En un mundo donde la política acaba convirtiéndose
en un método que mueve emociones y se alimenta de comparaciones
entre los candidatos, Saca siempre tuvo al frente a un hombre
de 74 años, con un carácter que sobrevive a
sobresaltos y que significaba lo contrario: una historia de
guerra y violencia que muchos quieren olvidar y una tinaja
de soluciones a los problemas no ajustada a las ideas modernas.
Antes de que Saca llegara a la candidatura presidencial, nadie
daba un céntimo por su partido ARENA.
Esa agrupación había sorteado, con poco éxito,
las elecciones de medio período, ocurridas en marzo
pasado. Estaba en franco deterioro.
Lo peor, sin embargo, no era eso: sobre ARENA pesaban, y mucho,
los 15 años en el poder que cumplirá en junio
próximo.
El desgaste natural que sufren los partidos en el gobierno
planteaba, para ARENA, un horizonte electoral muy limitado.
Desde el momento en que Saca vence en las elecciones primarias
de su partido a hombres mucho más experimentados que
él (como el ex Presidente Armando Calderón y
el Vicepresidente Carlos Quintanilla), el gobernante electo
comenzó a mostrar condiciones extraordinarias para
empezar la carrera.
Su poder de comunicación, el hecho de que, rápidamente,
se convirtió en un imán para los jóvenes
y, sobre todo, para los niños, resortearon su figura.
Más pronto de lo que muchos esperaban, Saca se convirtió
en un líder que sobrepasó las expectativas de
los analistas que le miraban con ojos más conservadores.
Y, mientras eso ocurría, el partido oponente hacía
todo lo necesario para alimentar el fuerte liderazgo que surgía
al frente suyo.
La peor de todas las decisiones fue cometer el error histórico
de colocar como un candidato presidencial a un hombre que
le endilgó a ese partido el signo de ser uno de los
partidos más duros de la izquierda latinoamericana.
Eso atizó el miedo entre los votantes, como nunca antes
en la historia salvadoreña.
También provocó, entre otras cosas, que los
electores acudieran masivamente a las urnas, a votar contra
la percepción negativa que causaba Handal.
Schafik atendió, en esta campaña, como nunca
antes lo había hecho, las órdenes de sus asesores
de imagen y estrategas de la campaña para que no entrara
en rebatiñas derivadas de su personalidad. Pero, eso
no bastó.
Por momentos, quebró las reglas. Se peleó con
periodistas y prolongó sus viejos ataques a importantes
sectores empresariales. Eso le volcó hacia atrás,
a pocas semanas de las elecciones.
Frente a eso, Tony Saca se levantó como un hombre conciliador
que cada vez se crecía más conforme crecían
sus retos electorales. Al final, el resultado se volvió
previsible.
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