“No me gusta la guerra, pero mi hijo es un soldado”

La familia del marino Miguel Ángel Castillo espera que se encuentre bien ayudando a los iraquíes. Dicen que el especialista logró sobrevivir a la guerra en El Salvador; ahora esperan que vuelva a hacerlo.

Jaime García
El Diario de Hoy

De izquierda a derecha: Hugo, Yaneth, don Jesús, Miguel Ángel y Juan Carlos Castillo.
Foto EDH

A ningún padre de familia le gustaría ver a su hijo en peligro y ése es el caso de don Jesús, padre del capitán de corveta Miguel Ángel Castillo, destacado en Iraq.

Don Jesús se declara un enemigo de las guerras, pero reconoce que su hijo se ha marchado a lejanas tierras para ayudar a su reconstrucción y no a su destrucción.

Recostado en una haragana en su negocio de compraventa de libros, don Jesús recuerda el día en que Miguel Ángel llegó al mundo.

“Yo estaba casualmente en los Estados Unidos cuando me avisaron que mi primer hijo acababa de nacer. Fue una experiencia inolvidable”, rememoró.

El padre del soldado destacado en la Brigada Plus Ultra dijo que su hijo siempre mostró inquietud por ayudar a los demás.

Miguel Ángel estudió su bachillerato el Externado de San José, en San Salvador, y posteriormente viajó a Estados Unidos a trabajar.

En Norteamérica vivió en las ciudades de Los Ángeles, San Francisco y Washington.
“Pensé que se me haría revolucionario cuando estudiaba, porque era muy inquieto”, dijo don Jesús.

Al ejército

Agregó que al regresar al país, Miguel Ángel ingresó a la Escuela Militar y se graduó como oficial de la Fuerza Armada en 1981. A partir de ese entonces fue destacado a la Fuerza Naval Salvadoreña

“No me agradan las guerras, pero mi hijo es un soldado con disciplina y se ha preparado para ello. Yo le dije que si podía evitar ir a Iraq, que lo hiciera, pero él deseaba hacerlo”, manifestó.

Lo que sí le ha advertido en las dos ocasiones que se ha comunicado con él, es “que sea precavido y que trate de mantenerse vivo”.

“Mi hijo es uno de los militares más capaces del ejército. Por eso fue llamado como parte de las fuerzas especiales que partieron a Iraq”, dijo.

Robert apenas cumplió cinco años, pero sabe que su padre se encuentra en Iraq.
El niño se siente orgulloso de que su papa haya partido para “ayudar a los demás” como le ha dicho su madre, Lucy.

Robert juega con los reconocimientos que su progenitor ha obtenido a lo largo de su carrera de armas.

El que más le gusta es uno que tiene un camello y un mapa. Se trata de un diploma otorgado por las Naciones Unidas por haber participado como el primer Casco Azul salvadoreño.

En la casa de Miguel Ángel penden muchos recuerdos sobre su estancia en tierras de África del Norte.

En sus paredes cuelgan papiros y objetos que recuerdan los lugares que ha visitado.
Doña Lucy, esposa de Miguel Ángel, muestra con orgullo una botella en la que hay arena del desierto del Sahara.

“Es un orgullo para mi esposo tener esta botella. Es un recuerdo de sus misiones”, dice.
En un álbum doña Lucy muestra fotografías donde se ve a Miguel Ángel montado en un camello o a bordo de mecanizados de combate en el desierto del Sahara.

El hijo mayor de Miguel Ángel, que se llama igual, a sus 14 años refleja su patriotismo. En una de las ventanas de la casa ha colocado la bandera de El Salvador.

 



 

 
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