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Fiesta y pesar en despedida
Misión Iraq. El Presidente
Francisco Flores entregó el estandarte militar
al contingente - Unas diez mujeres se desvanecieron,
quizá por la emoción, o tal vez por insolación.
Jorge Beltrán
El Diario de Hoy
La Base Aérea Militar
de Comalapa vivió ayer una suerte de fiesta y
dolor. Decenas de salvadoreños acudieron a despedir
a sus parientes, los 380 soldados salvadoreños
que conforman el segundo contingente comisionado a Iraq.
El Presidente Francisco Flores se les unió.
Desde muy temprano, las caravanas de automóviles
invadieron el perímetro militar, adyacente al
Aeropuerto Internacional. Acudieron en pick ups, microbuses
y autobuses.
Llegaron de todos los rincones del país. Las
cestas y canastos con olor a comida, daban la impresión
de que se trataba de un colectivo día de campo.
Pero no era así. Es que el madrugón les
impuso desayunarse en el trayecto o bien a orillas de
la pista.
Hubo quienes tuvieron que salir a las tres de la madrugada
de sus casas, para estar a tiempo, como María
Mercado y su pequeño Fernando, de 3 años.
Ambos llegaron a despedir al cabo Antonio Ayala.
Él fue uno de los últimos en abordar el
avión.
Se le ha dicho, pero no comprende muy bien que
su papá se va, decía entre sollozos
la mujer, tal vez envidiando la serenidad de su primogénito.
En la pista, el gigantesco avión blanco era precedido
por la parada militar. Frente a la formación
estaba el Presidente Flores, militares de alto rango
y los invitados especiales.
Al filo de las 8:00 a.m., Flores arengó a la
tropa. Les pidió que se comportaran con profesionalismo
y responsabilidad.
Luego del mensaje presidencial, 271 soldados rompieron
filas y se echaron la mochila a la espalda y enfilaron
hacia el avión comercial. Los restantes 109,
lo harán hoy.
El sol y el calor ya incomodaban a pesar de que aún
era media mañana. Los legionarios parecían
optimistas. La camaradería militar se hacía
sentir. No importaba el rango. Un apretón de
manos o una palmada en el hombro la evidenciaba.
La puerta se cerró tras el coronel Hugo Calidonio,
el comandante. Atrás, el llanto.
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Parte el segundo contingente
de soldados salvadoreños
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A Kuwait
El destacamento volará
hasta Kuwait, de donde saldrá, vía
terrestre, hacia An Najaf, donde se ubica el campamento
de los soldados salvadoreños. |
Antes de
partir
El soldado Carlos H. Rodríguez,
antes de abordar, junto a su esposa y su hijo, Carlos
Alfredo, de 4 años. |
La insignia
Francisco Flores entrega
el estandarte al coronel Hugo Calidonio, jefe del
Batallón Cuscatlán. |
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!Adiós, papito!
Claudia
Elizabeth García, de 5 años, despidió
con abundantes lágrimas a su padre, el
sargento Manuel García Doño. La
acompaña su madre, Marina García.
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La guitarra y el fusil
Walter Aragón,
que profesa el Evangelio, además del fusil
va armado con una guitarra para matar la tristeza
y la nostalgia, dijo, cantándole alabanzas
a Dios. Otro soldado también |
Mañana de desmayos,
lágrimas y bromas en Comalapa
Temprano, las madres y mujeres
de los soldados se deshacían en abrazos, las
unas, y en palabras de consuelo, ellos. Todo parecía
bien.
La mayoría de niños, aunque hubo excepciones,
disfrutaba viendo de cerquita los aviones
que aterrizaban o alzaban vuelo.
El ruido de los motores era imponente. Unos pequeños
hasta especulaban con la tecnología espacial.
Ese avión ha de tener unas cinco velocidades
para que se levante, comentaba, con semblante
severo, un niño que aparentaba unos diez años,
a otro más chico.
Luego la tristeza invadió de lleno las orillas
de la pista. Para cuando la puerta del avión
se cerró, los ojos de las mujeres estaban hinchados
de lágrimas.
Pero lo peor estaba por venir. Cuando el avión
pasó por encima de la multitud, unas diez mujeres
cayeron desmayadas.
Las camillas de campaña se habrían campo
entre la gente, un tanto dispersa ya. La primera en
caer fue Felipa Figueroa. La mujer resentía la
partida de su yerno, Manuel Regalado.
Las demás cayeron como por contagio. Los paramédicos
no sabían si se desmayaron por la emoción
o por insolación.
Al final, vinieron las bromas entre los mismos soldados:
Ojalá yo tuviera una suegra así,
Si yo me fuera mi suegra, gracias a Dios diera
y otras de igual calibre.
Al filo de las diez, la caravana de carros abandonó
el recinto. Una banda de música militar, despidió
a los parientes.
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