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75 aniversario mortal

León Sigüenza, fabulista y diplomático

La literatura, la diplomacia y la política formaron el trinomio vital de León Sigüenza (1895-1942), quien desde su natal Cojutepeque llegó a formar parte de importantes hechos de la historia mundial.

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Por Carlos Cañas Dinarte

Dic 02, 2017- 19:14

Nacido en la ciudad de Cojutepeque, departamento de Cuscatlán, el 31 de octubre de 1895, León Sigüenza fue el primogénito del matrimonio compuesto por Margarita Mineros de Sigüenza y Antonio Sigüenza (nacido en 1865 en San Pedro Perulapán, en 1886 se doctoró en abogacía y escribanía pública en la Universidad de El Salvador. Alcalde municipal de Cojutepeque, en 1917, fue quinto magistrado propietario de la Corte Suprema de Justicia entre el 9 de abril de 1929 y el 20 de abril de 1931. Falleció en San Salvador, en la noche de 27 de mayo de 1942).

León Sigüenza y Mineros -como le gustaba autonombrarse- realizó estudios en instituciones capitalinas y de su localidad natal. En 1909 estudiaba en el cojutepecano Instituto Municipal de Varones.

Debido a la destrucción de la ciudad de San Salvador por los terremotos y erupción volcánica del Jueves de Corpus Christi (7 de junio) de 1917, la Escuela Normal de Varones fue trasladada a Cojutepeque. En ese local y en uno de los parques de la localidad, los intelectuales Manuel Andino, Juan Ramón Uriarte, Carlos Bustamante y Enrique Lardé Arthés sostenían tertulias literarias, a las que solían acudir los estudiantes normalistas Camilo Campos y Miguel Ángel Espino, así como León Sigüenza, quien les confiaba la lectura de algunas de sus primeras fábulas y poemas satíricos.

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Se desempeñó como gerente de una sucursal bancaria, para luego fungir como regidor (1918) dentro del concejo local cojutepecano. Fue secretario del consulado salvadoreño en New York (1919-1923), colaborador de la revista La semana (San Salvador, diciembre de 1924), residente en San Francisco (California, 1925) y corresponsal en Estados Unidos de los periódicos nacionales La Prensa (1922), Diario del Salvador y El Día (1923).

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En la primera semana de junio de 1927, en las páginas del vespertino capitalino El Día publicó cuatro deliciosas narraciones de tipo fabulesco y de profunda crítica política, las que tituló Don Zapato, Don Calcetín, Doña Liga y Miss Corbata.

Desde diciembre de 1924 fue postulado para el cargo de cónsul general de El Salvador en Tokio (Japón), ciudad que fuera devastada, junto con Yokohama, por el violento terremoto de septiembre de 1923. Mediante la patente consular número 13, fechada el 15 de agosto de 1927, fue autorizado para desempeñar ese cargo diplomático, gracias a una disposición gubernamental fechada el 15 de agosto de ese año. El gobierno salvadoreño le asignó un sueldo anual de 4,800 colones.

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En la primera semana de noviembre de 1927 llegó a Tokio, donde se estableció en el Hotel Imperial como residencia particular, mientras que las oficinas las trasladó, en enero de 1929, a la casa número 4 de Yamashiro-cho, Kiobashi-ku de la misma localidad, dos meses después de que Sigüenza asistiera a la ceremonia de coronación del emperador Hirohito, desarrollada el 10 de noviembre de 1928. De sus actividades, remitió sendos detallados informes en mayo de 1928 y enero de 1929, los cuales fueron publicados en la capital salvadoreña por el Diario Oficial.

En junio de 1930, esa sede diplomática fue suprimida por disposición de la Asamblea Legislativa de El Salvador, que alegó que su funcionamiento era improductivo para el erario nacional, por cuanto se gastaba 550 dólares mensuales en su mantenimiento (300 para sueldo del cónsul, 60 en pago de intérprete, 150 en pago de alquiler del local) y que, por el contrario, solo generaba un promedio de ingresos por 494.30 dólares mensuales. Sin embargo, su contrato consular permaneció vigente hasta el 31 de julio de 1931, cuando fue suprimida dicha plaza por los recortes establecidos dentro del Presupuesto General de la Nación para el año administrativo 1931-1932.

Afincado de nuevo en suelo salvadoreño desde 1932, a partir de febrero de 1933 representó a su departamento natal como diputado de la Asamblea Nacional, donde fue electo presidente de la Comisión Legislativa de Relaciones Exteriores, Gracia y Justicia. Desde su curul, lanzó la iniciativa para que a los empleados municipales encargados de la recolección de fondos o impuestos se les exigiera una fianza hipotecaria previa a asumir sus cargos, para así evitar los altos niveles de malversación y corrupción existentes. Además, fue uno de los diputados que, en la sesión matutina del 29 de marzo de 1933, votó a favor de la nueva Ley de Imprenta propuesta por el gobierno del brigadier Maximiliano Hernández Martínez, la cual causó un amplio revuelo y protestas en los dueños de medios impresos y el gremio periodístico nacional.

Según el periodista y escritor tecleño Manuel Barba Salinas, Sigüenza era “un hombre alto, cuidadoso en su atavío personal, charlador grato, con maneras y cortesía de oriental. Era poeta a lo [Óscar] Wilde, amante de la vida y la belleza y, como Wilde, quiso hacer de su vida una obra de arte, sin lograr nunca matar del todo, aun en medio de las risas del festín, cierta torturante tristeza gris que no pueden borrar de su rostro los hombres de fe atormentada o vacilante que siguen un ideal de belleza sin alcanzarlo jamás”. (Continuará).

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