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La bienal de Venecia

La 55a edición de esta muestra presenta obras de más de 80 países y estará abierta al público hasta el 24 de noviembre

El salvadoreño Simón Vega mostró su nave tercermundista producida con objetos encontrados en las playas de El Salvador.
El salvadoreño Simón Vega mostró su nave tercermundista producida con objetos encontrados en las playas de El Salvador.

Por Mario Cader escena@elsalvador.com

Jun 07, 2013- 19:00

La Bienal de Venecia cumple 118 años de existir, volviéndola el evento artístico más prestigioso de la orbe. Aquí exhibieron Klimt, Picasso y Rauschenberg cuando ellos presentaban obras vanguardistas representando su país natal.

El pasado sábado uno de junio abrió sus puertas por 55ª vez para mostrar obras procedentes de más de 80 países. Este evento equivalente a las Olimpiadas o Copa Mundial del Arte. Estará abierto al público hasta el 24 de noviembre del 2013.

Massimiliano Gioni, director artístico de la 55ª Exposición Internacional de Arte “La Bienal de Venecia”, además de ser la cara diplomática e institucional del evento tuvo que organizar una gigantesca exhibición que recibirá a más de 500,000 visitantes, dividida en dos áreas principales: El Jardín de la Bienal, donde se encuentran unos 25 pabellones nacionales con estructuras permanentes, incluyendo a Estados Unidos, Brasil, España, Francia, Corea, Venezuela y Rusia, entre otros.

El Arsenal, una antigua fábrica y bodega naval, es donde exhiben otros países, y el Pabellón Latinoamericano que alberga a los países de la región sin pabellón individual.

Algunos países como México, Argentina y Costa Rica rentan espacios disponibles alrededor de Venecia y los vuelven en sus pabellones nacionales durante los cinco meses que dura la bienal.

Los países que tienen su propios pabellones trabajan directamente con el director artístico y sus co-curadores haciendo propuestas que estén alineadas con la temática de la bienal. En esta edición, Gioni definió la temática como “El Palacio Enciclopédico”, apropiándose del nombre de una maqueta arquitectónica de los años 50 que fue símbolo del futurismo: la visión de un edificio de 136 pisos que estaría destinado a guardar todos los conocimientos del mundo, ubicado en Washington D.C.

La temática refleja la amplitud de este evento internacional y la imposibilidad de capturar la enormidad del mundo del arte hoy.

Los países de Latinoamérica tienen la opción de trabajar con el Instituto Italo-Latino Americano, el cual está a cargo de realizar el Pabellón Latinoamericano. La comisaria fue Sylvia Irrazábal y los co-curadores, Alfons Hug y Paz Guevara, y son quienes se encargan de invitar artistas a que envíen propuestas para su consideración. La temática del Pabellón Latinoamericano es “El Atlas del Imperio”.

Más de 80 países tienen representación oficial, algunos con presupuestos extravagantes como los Estados Unidos (mas de un millón de dólares), el Vaticano (700 mil euros) y España (400 mil euros). Los países que no tienen un fondo cultural gubernamental para tener representación oficial en la bienal, así como es el caso de El Salvador, el artista tiene que gestionar apoyo del sector privado, becas y mecenas del arte.

La tendencia visible durante la bienal fue el uso de materiales encontrados, descartados o cotidianos para crear instalaciones y esculturas. Como también de “volcar o invertir” pabellones.

La artista Sarah Sze, de los Estados Unidos, le dio “vuelta” al pabellón Americano haciendo entrar a los visitantes por la puerta de atrás. Mostrando una serie de tres gigantescas instalaciones tituladas “Triple Punto” construidas meticulosamente con objetos encontrados, comprados o usados durante su estadía en Venecia. Desde los billetes del bato-bus, pasta y palillos de dientes, fotografías producidas in-situ, bolas de disco, etc. Su exhibición es sobre la “orientación y desorientación” y los objetos en las instalaciones cuestionan al observador: cuáles objetos en sus vidas tienen valor y cómo se crea este valor. Su intención era mostrar objetos que se encuentran al fondo de las carteras o de los pantries como residuos de emociones. Haberle dado “vuelta” al pabellón, que fue construido con una simetría estricta al estilo Palladio, fue intencional para reflejar el título de su obra.

Además la artista produjo pequeñas instalaciones por toda la ciudad: se encontraban en escaparates de artículos turísticos, encima de kioscos de ventas de periódicos, en lobbies de hoteles, hasta en vitrinas de negocios de marcas de lujo. No produjo un mapa para encontrar estas esculturas, sino que había que andar vigilante por la ciudad para encontrárselas de sorpresa.

El artista Simón Vega, de El Salvador, mostró el aterrizaje forzoso de una cápsula tercermundista inspirada en el Sputnik (artefacto puesto en órbita por el Programa Espacial Soviético durante los años 60) mezclando sofisticados vehículos de una alta tecnología, pero construidos con técnicas improvisadas e informales, típica de los países del Tercer Mundo. Con humor y a propósito, la réplica no es idéntica al Sputnik ruso, está hecha para observar los polos opuestos de la tecnología y necesidad, de los países ricos y pobres. La obra mide 140 x 400 centímetros y fue producida con objetos encontrados en las playas de El Salvador y productos descartados, volviéndola así en algo casero y futurístico a la vez.

La artista Lara Almercegui, de España, tuvo mucha crítica por usar el presupuesto de 400 mil euros para mostrar un volcán compuesto de arena de cemento, ladrillo y hierro, equivalente al material que se utilizó para construir el pabellón de España en 1922. El volcán lo mostró adentro del pabellón nacional, así invirtiendo el edificio, bloqueando la entrada principal y forzando a los visitantes a entrar por los lados. Su cumbre tocaba el techo y la falda del volcán hasta las paredes.

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